DICCIONARIO MÉDICO
Pulso arterial
El pulso arterial es la onda de distensión que recorre las arterias cada vez que el ventrículo izquierdo del corazón eyecta sangre durante la sístole. Se palpa con facilidad en varios puntos del cuerpo y constituye uno de los signos físicos más utilizados en la exploración clínica para valorar la función cardiovascular. Este artículo trata sobre el pulso arterial como signo semiológico; para la diferencia entre presión sistólica y diastólica, véase presión de pulso. Cada vez que el ventrículo izquierdo se contrae y expulsa un volumen de sangre hacia la aorta, se genera una onda de presión que se transmite a lo largo de todo el árbol arterial. Esa onda viaja mucho más deprisa que la propia sangre: mientras la sangre avanza a unos 20 o 30 cm por segundo, la onda de pulso se propaga a entre 4 y 12 metros por segundo según la rigidez de la pared arterial. Lo que el explorador palpa al colocar los dedos sobre una arteria superficial es la distensión momentánea de la pared al paso de esa onda, no el desplazamiento directo de la sangre. "Pulso" proviene del latín pulsus, participio pasado del verbo pellere, "empujar" o "golpear". La imagen es precisa: cada latido empuja la columna de sangre y produce un golpe palpable en la periferia. El término aparece ya en los escritos hipocráticos, y fue Galeno quien sistematizó su estudio en el siglo II, con un tratado, De pulsibus, en el que describía hasta veintisiete variedades de pulso según su frecuencia, su fuerza y su ritmo. Conviene tener clara una distinción desde el principio: el pulso no es lo mismo que la frecuencia cardíaca. La frecuencia cardíaca es el número real de contracciones del corazón por minuto. El pulso es su reflejo periférico, la onda que cada contracción deja sentir en las arterias. En condiciones normales ambas cifras coinciden, pero cuando existe una arritmia (la fibrilación auricular es el ejemplo más frecuente), algunos latidos son demasiado débiles para generar una onda palpable, y aparece lo que se denomina déficit de pulso. El pulso se puede detectar en cualquier arteria que discurra lo bastante cerca de la piel y sobre un plano óseo que permita comprimirla con los dedos. Estos son los puntos clásicos de la exploración. En la cara anterolateral de la muñeca, entre el tendón del flexor radial del carpo y la apófisis estiloides del radio, se palpa el pulso radial: es el punto de toma más utilizado en la práctica diaria por su accesibilidad, y permite al paciente mantenerse sentado o de pie sin preparación alguna. Distinto es el caso del pulso carotídeo, que se localiza en el cuello, en el surco entre la tráquea y el músculo esternocleidomastoideo, sobre la arteria carótida común. Es el pulso central de referencia en reanimación cardiopulmonar, porque persiste cuando los pulsos periféricos ya no se palpan en situaciones de bajo gasto. Existe una precaución elemental al explorarlo: nunca deben palparse ambas carótidas a la vez, porque la compresión bilateral puede reducir el flujo cerebral y provocar un síncope. Otros dos puntos completan la exploración de los miembros. El pulso femoral se encuentra en el pliegue inguinal, a medio camino entre la espina ilíaca anterosuperior y la sínfisis del pubis. El pulso braquial, o humeral, se palpa en la cara medial del brazo, justo por encima del pliegue del codo, y es el que se ausculta al tomar la presión arterial con un esfigmomanómetro. El pulso poplíteo se busca en el hueco posterior de la rodilla, flexionando ligeramente la pierna del paciente. Queda además el pulso apical, con una particularidad frente a todos los anteriores: no es propiamente un pulso arterial, sino el impulso mecánico que genera la punta del corazón contra la pared torácica al contraerse. Se percibe en el quinto espacio intercostal izquierdo, coincide con el latido de la punta y sirve para evaluar el tamaño y la posición del ventrículo izquierdo. Completan el mapa el pulso temporal (en la sien), el pulso tibial posterior (detrás del maléolo interno del tobillo), el pulso pedio (en el dorso del pie) y el pulso cubital (en la cara medial de la muñeca). En la exploración clínica, el pulso se evalúa atendiendo a varias propiedades. La frecuencia es la más obvia: el número de ondas palpables por minuto, que en condiciones normales equivale a la frecuencia cardíaca. El ritmo indica si los intervalos entre pulsaciones son regulares o irregulares: un pulso regular sugiere un ritmo sinusal; uno irregularmente irregular apunta a fibrilación auricular. La amplitud refleja la diferencia entre la presión sistólica y la diastólica dentro de la arteria, y depende del volumen de eyección del ventrículo izquierdo, de la distensibilidad arterial y de las resistencias periféricas. Un pulso amplio aparece cuando la presión diferencial es grande (insuficiencia aórtica, estados hipercinéticos); uno pequeño o débil, cuando el gasto cardíaco está reducido. El contorno o morfología de la onda aporta información adicional: un ascenso lento sugiere estenosis aórtica, mientras que un ascenso rápido con descenso igualmente brusco es propio del pulso de Corrigan. Por último está la simetría bilateral: comparar los pulsos de ambos miembros permite detectar obstrucciones arteriales unilaterales o una coartación aórtica. La semiología clásica ha dado nombre a los patrones de pulso que se asocian de forma característica a determinadas situaciones clínicas. El pulso paradójico no es un pulso que desaparezca, sino uno cuya amplitud disminuye de forma exagerada durante la inspiración, con una caída de la presión sistólica superior a 10 mmHg. El pulso filiforme, por su parte, es un pulso rápido, de amplitud mínima y apenas perceptible al tacto, propio de los estados de shock y de la hipovolemia grave. El pulso de Corrigan debe su nombre a Dominic Corrigan, médico irlandés que lo describió en 1832 en pacientes con insuficiencia aórtica: un ascenso rápido y amplio seguido de un colapso brusco, reflejo de la regurgitación de sangre hacia el ventrículo durante la diástole. El término pulso saltón se emplea a menudo como sinónimo, aunque este último engloba también causas hipercinéticas ajenas a la insuficiencia valvular. Otros tres patrones completan el cuadro clásico. El pulso alternante presenta una alternancia regular de un latido fuerte y uno débil, sin que varíe el intervalo entre ellos: es un signo de disfunción sistólica grave del ventrículo izquierdo. El pulso dícroto muestra dos picos palpables por ciclo, uno de percusión y otro de marea, un fenómeno que se acentúa cuando el tono arterial está muy disminuido. Y el pulso bigémino refleja la alternancia de un latido sinusal normal con una extrasístole, de modo que se palpan parejas de pulsaciones separadas por pausas más largas. No todo pulso es arterial. El pulso venoso es un fenómeno distinto: las ondas que se observan en la vena yugular interna no proceden de la eyección ventricular, sino de los cambios de presión en la aurícula derecha que se transmiten en sentido retrógrado. La morfología de ese pulso yugular, con sus ondas a, c y v, aporta información valiosa sobre la hemodinámica del corazón derecho, aunque su análisis pertenece a un capítulo distinto de la exploración cardiovascular. La técnica es sencilla. Se colocan los dedos índice y medio (nunca el pulgar, que tiene pulso propio y puede inducir a error) sobre el punto elegido, y se comprime la arteria con suavidad hasta percibir la onda. Para obtener la frecuencia cardíaca se cuentan los latidos durante 60 segundos. Cuando el pulso es regular, muchos clínicos cuentan durante 15 segundos y multiplican por cuatro, lo cual ahorra tiempo; en un pulso irregular, sin embargo, esa abreviatura puede dar cifras poco fiables, y conviene completar el minuto entero. El paciente debe estar en reposo desde al menos cinco minutos antes, sentado o en decúbito. Los estímulos previos (ejercicio, cafeína, estrés) pueden elevar la frecuencia de forma transitoria y falsear la lectura basal. En urgencias y en cuidados intensivos, la monitorización continua mediante pulsioximetría o electrocardiograma ha sustituido en buena medida a la palpación manual. Con todo, la toma del pulso con los dedos sigue siendo la primera maniobra que se enseña al estudiante de medicina, y la que primero se ejecuta cuando no se dispone de tecnología. Del latín pulsus, participio pasado de pellere, "empujar" o "golpear". La metáfora describe con exactitud lo que ocurre: cada latido del corazón empuja la sangre y produce un golpe perceptible en las arterias. Galeno le dedicó un tratado entero en el siglo II. No. La frecuencia cardíaca es el número real de contracciones del corazón por minuto. El pulso es la onda que cada contracción genera en las arterias periféricas. Normalmente coinciden, pero en arritmias como la fibrilación auricular pueden diferir, porque no todos los latidos producen un pulso palpable. En la muñeca, con los dedos índice y medio sobre la cara anterolateral, justo debajo de la base del pulgar. En situaciones de emergencia, o cuando los pulsos periféricos son débiles, se prefiere el pulso carotídeo, en el cuello. No. Son conceptos distintos que comparten raíz léxica. El pulso es la onda de distensión que se palpa en una arteria. La presión de pulso es una magnitud numérica, la diferencia entre la presión arterial sistólica y la diastólica: un adulto con una presión de 120/80 mmHg tiene una presión de pulso de 40 mmHg. Si desea profundizar en conceptos asociados al pulso arterial, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es el pulso arterial
Puntos de palpación del pulso
Características semiológicas del pulso
Tipos clínicos del pulso
El pulso venoso
Cómo se toma el pulso
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "pulso"?
¿Es lo mismo el pulso que la frecuencia cardíaca?
¿Dónde se toma el pulso con más facilidad?
¿El pulso es lo mismo que la presión de pulso?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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