DICCIONARIO MÉDICO
Inmunodeficiencia
Una inmunodeficiencia es un estado en el que el sistema inmunitario no cumple de forma adecuada su función de defensa, de modo que el organismo queda más expuesto a las infecciones y, en algunos casos, a ciertos tumores o a fenómenos de autoinmunidad. Según su origen se distinguen dos grandes grupos: las inmunodeficiencias primarias, de causa genética, y las secundarias, adquiridas a lo largo de la vida. El sistema inmunitario es la red de células, órganos y moléculas que protege al organismo frente a bacterias, virus, hongos y parásitos, y que también vigila la aparición de células tumorales. Cuando una de las piezas de esa red falta o funciona mal, la protección se debilita. A ese fallo, sea del tipo que sea, lo llamamos inmunodeficiencia. La palabra reúne dos raíces latinas. «Inmuno-» procede de immūnis, término que en la Roma clásica designaba a quien quedaba libre de un tributo o de una carga pública (de in-, «sin», y mūnus, «carga u obligación»); de ahí derivó immunitas, la exención, que la medicina tomó prestada para nombrar el estado de protección frente a una enfermedad. «Deficiencia» viene de deficĕre, faltar. Una inmunodeficiencia es, si se leen las raíces al pie de la letra, una protección que falla. Todos estos cuadros comparten un rasgo: una mayor vulnerabilidad frente a los microorganismos. Esa vulnerabilidad puede ser leve (algún catarro de más al año, sin mayor trascendencia) o poner en riesgo la vida ante gérmenes que apenas molestan a una persona sana. Entre esos dos extremos cabe casi todo. No hay una sola manera de estar inmunodeprimido, porque la defensa del organismo no es un bloque único sino un conjunto de brazos que colaboran. Clasificar una inmunodeficiencia empieza casi siempre por identificar cuál de esos brazos está afectado. El brazo humoral depende de los linfocitos B y de los anticuerpos que fabrican. Cuando falla, escasean las inmunoglobulinas y el paciente sufre sobre todo infecciones bacterianas de repetición en los oídos, los senos y los pulmones. Es, con diferencia, el grupo más numeroso. La inmunidad celular corre a cargo de los linfocitos T. Su fallo abre la puerta a virus, hongos y microorganismos oportunistas, esos que solo causan enfermedad cuando encuentran las defensas bajas. Un tercer frente lo forman los fagocitos, las células que engullen y destruyen a los invasores; y un cuarto, el sistema del complemento, un grupo de proteínas del plasma que marcan y perforan a los gérmenes. Cada uno protege de amenazas distintas, y por eso el patrón de infecciones orienta sobre dónde está el defecto. Al margen de qué brazo esté dañado, la distinción de mayor peso práctico es la que atiende al origen del problema. Las inmunodeficiencias primarias nacen con la persona: un defecto genético altera el desarrollo o el funcionamiento de algún componente inmunitario. Suelen manifestarse en la infancia, aunque hay formas que no se reconocen hasta la edad adulta. Las inmunodeficiencias secundarias, en cambio, aparecen sobre un sistema que funcionaba con normalidad y que se deteriora por una causa externa: un fármaco, una infección, un tumor, la desnutrición. Son mucho más frecuentes que las primarias. La frontera no siempre es nítida. Una hipogammaglobulinemia, el descenso de anticuerpos en sangre, puede obedecer tanto a un defecto congénito como a una pérdida de proteínas por el riñón o el intestino. Distinguir una cosa de la otra es el primer paso ante cualquier sospecha. Conviene separar el concepto de otros con los que se confunde. La inmunosupresión es la reducción deliberada de las defensas que se busca, por ejemplo, tras un trasplante para evitar el rechazo; ahí la inmunodeficiencia es un efecto pretendido, no una enfermedad en sí. La autoinmunidad es casi lo contrario: un sistema que ataca por error a los propios tejidos. Y las alergias reflejan una respuesta desmedida frente a sustancias inofensivas. En los tres casos el problema es de regulación, no de falta de defensas. La inmunodeficiencia se define, precisamente, por el defecto. Del latín immunitas, que designaba la exención de impuestos o de cargas públicas. La medicina reutilizó el término para el estado de estar «exento» de una enfermedad. La inmunodeficiencia es la ausencia o el fallo de esa protección. No. Solo lo son las primarias, de base genética. Las secundarias se adquieren y, de hecho, constituyen la inmensa mayoría de los casos: infecciones como la del VIH, tratamientos con glucocorticoides o quimioterapia, tumores de la sangre o cuadros de malnutrición pueden deprimir un sistema inmunitario que había funcionado bien. Casi nunca. Los niños pequeños y sanos pueden encadenar varios procesos respiratorios al año, sobre todo cuando empiezan la guardería, sin que exista defecto alguno. Lo que hace sospechar una inmunodeficiencia no es el número de infecciones, sino su gravedad, su localización inusual o los gérmenes poco habituales que las causan. No exactamente. El sida es una inmunodeficiencia secundaria concreta, la que provoca el VIH al destruir los linfocitos T CD4. Es un ejemplo, quizá el más conocido, dentro de una categoría mucho más amplia. Si desea profundizar en conceptos asociados a la inmunodeficiencia, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es una inmunodeficiencia
Qué parte del sistema inmunitario falla
Tipos: inmunodeficiencias primarias y secundarias
Qué no es una inmunodeficiencia
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra «inmunidad»?
¿Son hereditarias todas las inmunodeficiencias?
¿Tener infecciones frecuentes significa tener una inmunodeficiencia?
¿Una inmunodeficiencia y el sida son lo mismo?
Referencias
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