DICCIONARIO MÉDICO
Anticuerpo
Un anticuerpo es una glucoproteína producida por los linfocitos B y sus derivados, las células plasmáticas, cuya función consiste en reconocer y unirse a sustancias que el organismo identifica como ajenas (antígenos). Esa unión pone en marcha distintos mecanismos de la respuesta inmunitaria que facilitan la eliminación del agente extraño. Los anticuerpos constituyen la base molecular de la inmunidad humoral. En el lenguaje médico, "anticuerpo" designa una proteína soluble capaz de reconocer con alta especificidad una estructura molecular concreta (el antígeno) y desencadenar una respuesta defensiva. Cada anticuerpo se fabrica para un antígeno determinado: el organismo puede generar miles de millones de variantes distintas, lo que le permite responder a una diversidad enorme de microorganismos, toxinas y otras sustancias potencialmente dañinas. La palabra procede del alemán Antikörper, literalmente "cuerpo opuesto" o "cuerpo contra". Se acuñó a finales del siglo XIX en el entorno de los laboratorios que investigaban la inmunidad sérica, y entró en español como calco directo. La RAE lo recoge con la acepción de "sustancia producida en el organismo animal por la presencia de un antígeno, contra cuya acción reacciona específicamente". Conviene señalar que "anticuerpo" e "inmunoglobulina" nombran la misma molécula, pero desde perspectivas distintas: el primer término subraya la función defensiva; el segundo describe su naturaleza bioquímica como proteína globular perteneciente a la fracción gamma del suero sanguíneo. El concepto de anticuerpo nació de un experimento publicado en 1890. Emil von Behring y Shibasaburo Kitasato demostraron que el suero de animales inmunizados contra la difteria contenía una "antitoxina" capaz de neutralizar la toxina diftérica cuando se transfería a un animal no inmunizado. Era la primera prueba de que la sangre podía transportar factores protectores específicos, y abrió las puertas a la seroterapia. Behring recibió por este trabajo el primer Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1901. Poco después, Paul Ehrlich propuso su teoría de las cadenas laterales para explicar cómo las células producían esas sustancias protectoras. Ehrlich imaginaba receptores preformados en la superficie celular que, al unirse a una toxina, se desprendían y se liberaban al suero como anticuerpos circulantes. La teoría contenía errores de detalle (los anticuerpos no se "despegan" de la célula de ese modo), pero anticipó con notable intuición el principio de la diversidad y la especificidad que la inmunología tardó décadas en confirmar molecularmente. Vista al microscopio electrónico, la molécula de anticuerpo tiene forma de Y. Cada unidad básica consta de cuatro cadenas polipeptídicas: dos cadenas pesadas idénticas y dos cadenas ligeras idénticas, unidas entre sí por puentes disulfuro. Los extremos de los brazos de la Y constituyen la región variable (Fab, del inglés fragment antigen-binding), responsable de reconocer al antígeno con una precisión que se ha comparado, quizá con demasiada frecuencia, con la de una llave y su cerradura. El tronco de la Y es la región constante (Fc, fragment crystallizable), que determina qué mecanismo efector se activa una vez que el anticuerpo se ha unido a su diana. Según la estructura de la región Fc, los anticuerpos se clasifican en cinco clases o isotipos (IgG, IgA, IgM, IgD e IgE), cada una con propiedades y distribución tisular distintas. La entrada inmunoglobulina del diccionario desarrolla en detalle esa clasificación bioquímica; aquí basta con señalar que la clase del anticuerpo condiciona si actúa preferentemente en el suero, en las mucosas, en la leche materna o en la superficie del linfocito B antes de que este se active. Algunos anticuerpos bloquean directamente la capacidad del patógeno para infectar. Un anticuerpo neutralizante, por ejemplo, se une a la proteína que un virus necesita para entrar en la célula huésped y le impide el acceso. Las antitoxinas que describieron Behring y Kitasato funcionaban precisamente así: se adherían a la toxina diftérica y la inactivaban antes de que pudiera dañar los tejidos. Pero la neutralización directa solo es una parte del repertorio. Cuando un anticuerpo recubre la superficie de una bacteria, su región Fc queda expuesta y sirve de señal de reconocimiento para los fagocitos: macrófagos y neutrófilos se adhieren a esa región Fc mediante receptores específicos y engullen al patógeno con mayor eficacia. Este proceso recibe el nombre de opsonización, del griego opsōnein, "preparar la comida". Otra vía pasa por la activación del complemento, un sistema de proteínas plasmáticas que, al ser reclutado por los complejos antígeno-anticuerpo, genera poros en la membrana del microorganismo y acaba por lisarlo. Y existe todavía un cuarto mecanismo, la citotoxicidad celular dependiente de anticuerpos (ADCC), en el que células como los linfocitos NK reconocen la Fc del anticuerpo unido a la célula diana y la destruyen liberando gránulos citotóxicos. No todos los anticuerpos recurren a los cuatro mecanismos: cuál se activa depende del isotipo, de la concentración y del contexto tisular. Fuera del cuerpo, los anticuerpos se han convertido en reactivos de laboratorio y en agentes terapéuticos. Los anticuerpos monoclonales, producidos a partir de un único clon de linfocito B, reconocen un solo epítopo con una uniformidad que los anticuerpos policlonales (mezcla heterogénea obtenida del suero) no alcanzan. Desde que César Milstein y Georges Köhler desarrollaron la técnica del hibridoma en 1975, los monoclonales han transformado el panorama terapéutico en oncología, reumatología y enfermedades inflamatorias. En el laboratorio, la capacidad de un anticuerpo para unirse selectivamente a su antígeno se aprovecha en técnicas como el ELISA, la inmunofluorescencia o la inmunohistoquímica. El concepto de anticuerpo marcado se refiere precisamente a anticuerpos conjugados con una molécula trazadora (fluorescente, radiactiva o enzimática) que permite visualizar o cuantificar la presencia del antígeno en una muestra biológica. El sistema inmunitario dispone de mecanismos de tolerancia que, en condiciones normales, impiden que los linfocitos B produzcan anticuerpos contra componentes del propio organismo. Cuando esos mecanismos fallan, aparecen los autoanticuerpos: anticuerpos dirigidos contra antígenos propios. Su presencia es característica de numerosas enfermedades autoinmunes y ha dado lugar a toda una familia de marcadores serológicos (los anticuerpos antinucleares, los antifosfolípidos, los antitiroideos, entre muchos otros) cuya detección en el laboratorio contribuye a orientar el estudio clínico de estos trastornos. Ambos términos nombran la misma molécula. La distinción es de perspectiva, no de sustancia. "Anticuerpo" se emplea cuando interesa subrayar la función: el reconocimiento del antígeno y la activación de la respuesta inmunitaria. "Inmunoglobulina" se usa cuando se quiere hablar de la molécula desde el punto de vista bioquímico (estructura cuaternaria, isotipos, dominios constantes y variables, recombinación V(D)J). En la práctica clínica ambos se intercambian sin que nadie se confunda, pero en un texto de referencia conviene saber que la Organización Mundial de la Salud adoptó en 1964 la nomenclatura unificada "inmunoglobulina" (Ig) para la clasificación de estas proteínas por clases y subclases. Del alemán Antikörper, compuesto por anti- (del griego ἀντί, "contra") y Körper ("cuerpo"). Se acuñó en los laboratorios de inmunología sérica de finales del siglo XIX, cuando Behring y Kitasato describieron sustancias protectoras en el suero de animales inmunizados. El español lo adoptó como calco directo del alemán, y la RAE lo registra en su acepción biológica y médica. Sí, designan la misma molécula. La diferencia es de enfoque: "anticuerpo" pone el acento en la función defensiva; "inmunoglobulina" describe la naturaleza bioquímica de la proteína. En la analítica de un paciente puede encontrar ambos términos indistintamente. Una IgM positiva frente a un microorganismo suele indicar infección reciente o activa, porque la IgM es el primer anticuerpo que produce el organismo ante un contacto nuevo. La IgG positiva con IgM negativa sugiere, en general, infección pasada o vacunación previa: el sistema inmunitario ya respondió y mantiene anticuerpos de memoria. Sin embargo, la interpretación exacta depende del microorganismo, del contexto clínico y de los valores cuantitativos, por lo que siempre la realiza un profesional sanitario. Porque los mecanismos de tolerancia inmunológica (deleción clonal, anergia, regulación periférica) pueden fallar por causas genéticas, ambientales o una combinación de ambas. Cuando eso ocurre, los linfocitos B generan autoanticuerpos que atacan tejidos propios. Es el principio de las enfermedades autoinmunes. Del orden de miles de millones. La diversidad se genera mediante un proceso llamado recombinación V(D)J, en el que segmentos génicos se recombinan al azar en cada linfocito B durante su maduración. A esa variabilidad combinatoria se suman la hipermutación somática y otros mecanismos que amplifican aún más el repertorio. Es una cifra tan grande que, en la práctica, el sistema inmunitario puede fabricar un anticuerpo para casi cualquier estructura molecular que encuentre. Si desea profundizar en conceptos asociados al anticuerpo, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es un anticuerpo
Behring, Kitasato y el nacimiento de la seroterapia
Estructura molecular del anticuerpo
Cómo actúan los anticuerpos
Anticuerpos como herramientas clínicas
Cuando el anticuerpo se dirige contra lo propio
Diferenciación con la inmunoglobulina
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "anticuerpo"?
¿Es lo mismo anticuerpo que inmunoglobulina?
¿Qué diferencia hay entre IgG positiva e IgM positiva en una analítica?
¿Por qué a veces el organismo produce anticuerpos contra sí mismo?
¿Cuántos anticuerpos distintos puede fabricar una persona?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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