DICCIONARIO MÉDICO
Inmunodeficiencia combinada severa
La inmunodeficiencia combinada grave es la forma más grave de inmunodeficiencia primaria: un defecto genético deja al recién nacido casi sin defensas, porque fallan a la vez las dos ramas de la inmunidad adaptativa, la de los linfocitos T y la de los linfocitos B. Sin tratamiento precoz, resulta mortal en los primeros meses de vida. Se conoce también por su sigla inglesa, SCID. El término «combinada» es la clave del cuadro. En la mayoría de las inmunodeficiencias falla una pieza concreta del sistema: los anticuerpos, o los fagocitos, o el complemento. Aquí el defecto alcanza a la vez a los linfocitos T y, de forma directa o indirecta, a los linfocitos B, las dos células que sostienen la inmunidad específica. El organismo se queda sin memoria inmunitaria y sin capacidad de montar una respuesta dirigida. Es, en la práctica, una indefensión casi total. Sobre el nombre conviene una aclaración. En español la forma preferida es «grave»; «severa» es un calco del inglés severe que se ha asentado en el uso médico, de modo que ambas denominaciones se refieren a la misma entidad. La sigla IDCG corresponde al español (inmunodeficiencia combinada grave) y SCID al inglés (severe combined immunodeficiency). En la literatura y en las asociaciones de pacientes se emplean indistintamente. Cuando la inmunidad celular y la humoral caen juntas, no queda barrera frente a casi ningún microorganismo. Los lactantes afectados nacen aparentemente sanos, protegidos aún por los anticuerpos que la madre les transmitió, pero hacia los tres a seis meses empiezan las infecciones: neumonías que no ceden, diarrea que no se detiene, hongos en la boca, gérmenes oportunistas que en un niño sano apenas darían molestias. El crecimiento se estanca. Sin una intervención que reconstruya el sistema inmunitario, la gran mayoría no supera el primer o el segundo año de vida. De ahí que se considere una urgencia pediátrica: cada semana cuenta. Bajo el mismo nombre se agrupan más de una docena de defectos genéticos distintos. Para ordenarlos, los inmunólogos se fijan en qué poblaciones de linfocitos faltan, y hablan de formas T-B+ (sin linfocitos T pero con linfocitos B presentes) y T-B- (sin ninguna de las dos estirpes), matizadas a su vez según haya o no células NK. La variante más común en los países occidentales es la ligada al cromosoma X, una forma T-B+ causada por mutaciones en el gen IL2RG. Ese gen fabrica la cadena gamma común, una pieza compartida por los receptores de varias interleucinas (IL-2, IL-4, IL-7, IL-9, IL-15 e IL-21); sin ella, las señales que ordenan madurar a los linfocitos T en el timo nunca llegan. Los linfocitos B están, pero sin la ayuda de los T no producen anticuerpos útiles. Representa alrededor del 30 % de los casos y, al residir el gen en el cromosoma X, afecta casi solo a varones. Las formas T-B- responden a otra lógica. Unas se deben a mutaciones en los genes RAG1 y RAG2, que impiden reorganizar el ADN necesario para generar la enorme variedad de receptores de antígeno. Otras son metabólicas: en el déficit de adenosina desaminasa se acumulan sustancias tóxicas que envenenan a los precursores de los linfocitos antes de que lleguen a madurar. Poner nombre exacto a la mutación importa, porque cada forma tiene su propio pronóstico. Esta enfermedad tiene un rostro en la memoria colectiva. En los años setenta, el caso del estadounidense David Vetter, que vivió unos doce años dentro de una burbuja de plástico estéril para aislarlo de cualquier microbio, le valió el sobrenombre de «enfermedad del niño burbuja». Aquella imagen resume bien lo que significa nacer sin defensas. El panorama ha cambiado. Desde hace algo más de una década existe una prueba de cribado neonatal que detecta la enfermedad antes de que aparezca la primera infección: se buscan en unas gotas de sangre del talón los TREC, unos pequeños círculos de ADN que se generan cuando el timo produce linfocitos T y que están ausentes o casi ausentes en estos niños. La detección precoz lo cambia todo, porque permite actuar cuando el sistema inmunitario aún puede reconstruirse, por ejemplo mediante un trasplante de médula ósea. Este cribado se ha ido incorporando a los programas de muchos países. Sí. «Severa» es un calco del inglés severe, mientras que «grave» es la forma que prefieren la Real Academia y muchos clínicos hispanohablantes. Ambas nombran exactamente el mismo cuadro. Corresponde al inglés severe combined immunodeficiency. Su equivalente español es IDCG, de inmunodeficiencia combinada grave. Las dos siglas designan la misma enfermedad. Porque la forma más frecuente está ligada al cromosoma X. Los varones tienen una sola copia de ese cromosoma, así que una mutación basta para que la enfermedad se manifieste. En las formas autosómicas, en cambio, ambos sexos pueden verse afectados por igual. Sí, y ese es el mayor avance de los últimos años. La prueba de los TREC, integrada en el cribado neonatal de muchos programas, identifica a los recién nacidos con un número muy bajo de linfocitos T antes de la primera infección, lo que abre una ventana decisiva para tratar a tiempo. Si desea profundizar en conceptos asociados a la inmunodeficiencia combinada grave, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la inmunodeficiencia combinada grave
Por qué es la más grave del grupo
Formas y causas genéticas
Del niño burbuja al cribado neonatal
Preguntas frecuentes
¿Es lo mismo «inmunodeficiencia combinada severa» que «combinada grave»?
¿Qué significa la sigla SCID?
¿Por qué afecta sobre todo a varones?
¿Se puede detectar antes de que el bebé enferme?
Referencias
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