DICCIONARIO MÉDICO
Inmunodeficiencia común variable
La inmunodeficiencia común variable es la inmunodeficiencia primaria sintomática más frecuente en el adulto. Se caracteriza por un descenso de las inmunoglobulinas en sangre: los linfocitos B existen, pero no llegan a madurar hasta las células que fabrican anticuerpos. El resultado es una defensa humoral empobrecida, con infecciones de repetición y, en muchos pacientes, fenómenos de autoinmunidad. El nombre describe con bastante fidelidad la enfermedad. Es «común» porque, entre las inmunodeficiencias primarias que dan síntomas, es la que con más frecuencia se diagnostica en la edad adulta. Y es «variable» por partida doble: varía la edad a la que se manifiesta, varía la forma de presentarse de un paciente a otro y varían también las causas genéticas que la producen. Bajo una misma etiqueta se esconde, en realidad, un grupo heterogéneo de trastornos que comparten un rasgo de laboratorio: la hipogammaglobulinemia. Ese descenso afecta siempre a la IgG y se acompaña de una IgA baja, de una IgM baja, o de ambas. No basta, sin embargo, con tener las inmunoglobulinas por debajo de lo normal: para hablar de esta entidad hace falta además que el paciente responda mal a las vacunas, es decir, que su sistema no genere anticuerpos protectores cuando se le estimula. Aquí reside la diferencia con otras deficiencias de anticuerpos. Los linfocitos B están presentes en número normal o casi normal; lo que falla es el último tramo de su desarrollo, el paso a células plasmáticas capaces de segregar inmunoglobulinas en cantidad. Es como tener la fábrica montada pero sin la cadena final de producción. Qué avería concreta lo provoca sigue siendo, en la mayoría de los casos, una incógnita. Más del 90 % de los pacientes no tiene una mutación única identificable, y la enfermedad aparece de forma esporádica, sin antecedentes familiares. En una minoría sí se han hallado defectos en genes concretos que participan en la activación del linfocito B. La investigación de los últimos años apunta a que lo que llamamos inmunodeficiencia común variable es probablemente la vía final de muchos caminos genéticos distintos. Sería un error verla solo como una enfermedad de infecciones. En una proporción notable de pacientes, la primera manifestación no es un proceso infeccioso, sino una alteración de la regulación inmunitaria: citopenias autoinmunes en las que el organismo destruye sus propias plaquetas o glóbulos rojos, inflamación granulomatosa en distintos órganos, crecimiento del bazo y los ganglios. Existe además un riesgo aumentado de ciertos linfomas. Ese doble rostro, defensa insuficiente frente a los microbios y, a la vez, respuestas dirigidas contra uno mismo, es una de las señas de identidad del cuadro. La edad de presentación es amplia. Se describen casos en la infancia y casos que no se reconocen hasta la sexta o la séptima década, con dos picos de frecuencia, uno en torno a los diez años y otro entre los veinte y los treinta y pocos. Entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico suelen transcurrir varios años, a veces más de un lustro, porque las molestias iniciales se atribuyen a otras causas. El diagnóstico es de exclusión. Los criterios de la Sociedad Europea de Inmunodeficiencias (ESID) exigen establecerlo a partir de los cuatro años de edad (antes es difícil separarlo de una hipogammaglobulinemia transitoria de la lactancia) y obligan a descartar las causas secundarias de descenso de las inmunoglobulinas. Frente a la agammaglobulinemia se distingue en que aquí los linfocitos B sí están presentes; frente al déficit selectivo de IgA, en que el descenso no se limita a un solo isotipo, sino que alcanza siempre a la IgG. Sí. IDCV (inmunodeficiencia común variable) e IDVC (inmunodeficiencia variable común) son dos ordenaciones del mismo nombre en español, ambas presentes en la literatura. En inglés la sigla es CVID, de common variable immunodeficiency. Las tres designan exactamente la misma entidad. Porque sus primeras manifestaciones son inespecíficas. Infecciones respiratorias que se repiten, alguna citopenia, molestias digestivas: cada una por separado tiene muchas explicaciones más probables. Solo cuando alguien cuantifica las inmunoglobulinas y encuentra el descenso se orienta el cuadro. De ahí que el retraso diagnóstico llegue a varios años. En la mayoría de los casos, no de forma reconocible: más del 90 % son esporádicos, sin familiares afectados. Existen agrupaciones familiares y una minoría con defectos genéticos identificados, pero no es la norma. Curiosamente, en algunas familias coexiste con el déficit selectivo de IgA, con el que comparte parentesco. No. Aunque el nombre subraye su frecuencia en el adulto, también hay formas infantiles. Lo que ocurre es que el diagnóstico formal no se establece antes de los cuatro años, para no confundirla con la hipogammaglobulinemia transitoria propia de los primeros meses de vida. Si desea profundizar en conceptos asociados a la inmunodeficiencia común variable, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la inmunodeficiencia común variable
Un fallo en la maduración de los linfocitos B
Más que infecciones: autoinmunidad y linfoproliferación
Cuándo aparece y cómo se distingue de otras
Preguntas frecuentes
¿IDCV, IDVC y CVID son lo mismo?
¿Por qué se tarda tanto en diagnosticarla?
¿Se hereda?
¿Es solo una enfermedad de adultos?
Referencias
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