DICCIONARIO MÉDICO
Leucemia
La leucemia es un grupo de cánceres hematológicos que se originan en la médula ósea y alteran la producción normal de las células de la sangre. Se clasifican según la velocidad de progresión —agudas o crónicas— y según la línea celular afectada —linfoide o mieloide—, lo que da lugar a cuatro grandes tipos. En España se diagnostican cada año alrededor de 6.000 nuevos casos. En medicina, la leucemia designa un conjunto de neoplasias malignas en las que una célula precursora de la sangre sufre una alteración genética que le confiere la capacidad de proliferar sin control dentro de la médula ósea. Esa población clonal de células anómalas invade progresivamente el espacio medular, desplaza a las células madre sanas y, en muchos casos, pasa al torrente sanguíneo y puede infiltrar otros órganos —bazo, hígado, ganglios linfáticos, sistema nervioso central—. Etimológicamente, «leucemia» procede del griego λευκός (leukós, "blanco") y αἷμα (haîma, "sangre"): literalmente, "sangre blanca". El nombre alude a la observación de los primeros investigadores que, al examinar la sangre de estos pacientes, encontraban un aspecto lechoso o blanquecino por la enorme cantidad de leucocitos inmaduros. El término fue acuñado por Rudolf Virchow en 1845, en un artículo publicado en los Medicinische Zeitung de Berlín. Casi simultáneamente, John Hughes Bennett describía en Edimburgo un caso que denominó «leucocitemia» (leucocythemia), argumentando que el nombre debía reflejar el exceso de glóbulos blancos y no el color de la sangre. La disputa entre ambos —Virchow defendiendo que la alteración era primariamente medular y Bennett insistiendo en la manifestación sanguínea— se prolongó durante años y constituye uno de los episodios más conocidos de la historia de la hematología. Conviene precisar que, pese a su nombre, la leucemia no siempre cursa con leucocitos elevados en sangre periférica. Existe una forma llamada leucemia aleucémica en la que el recuento de glóbulos blancos es normal o incluso bajo, porque las células malignas permanecen confinadas en la médula ósea sin verterse al torrente sanguíneo. Para entender qué ocurre en la leucemia hay que conocer, al menos de forma esquemática, cómo se produce la sangre. La hematopoyesis es el proceso por el que las células madre hematopoyéticas de la médula ósea se dividen, maduran y se diferencian en las tres grandes series de células sanguíneas: la serie roja (eritrocitos, encargados del transporte de oxígeno), la serie blanca (leucocitos, responsables de la defensa inmunitaria) y las plaquetas (que participan en la coagulación). Todo el proceso está finamente regulado por señales moleculares que determinan cuántas células se producen, a qué ritmo maduran y cuándo deben morir de forma programada. En la leucemia, una mutación genética en una célula precursora rompe ese equilibrio. La célula alterada adquiere ventajas: se divide más deprisa, evade los mecanismos de muerte celular programada y, en las formas agudas, pierde la capacidad de madurar. El resultado es la acumulación de células inmaduras —llamadas blastos— que llenan la médula ósea y dejan cada vez menos espacio para la producción de glóbulos rojos, leucocitos funcionales y plaquetas. De ahí que las consecuencias clínicas de la leucemia afecten a las tres series, aunque el nombre solo haga referencia a una de ellas. Las leucemias se clasifican a lo largo de dos ejes que, combinados, definen cuatro grandes categorías. El primer eje es la velocidad de progresión. Las leucemias agudas se caracterizan por la proliferación rápida de células muy inmaduras (blastos) que no consiguen completar su proceso de maduración; sin intervención, progresan en semanas. Las leucemias crónicas están formadas por células que conservan cierto grado de maduración y funcionalidad; su evolución se extiende durante meses o años, y algunas se detectan de forma casual en una analítica rutinaria. El segundo eje es la estirpe celular afectada. Si la célula que se transforma pertenece a la línea linfoide —la que da lugar a los linfocitos—, hablamos de leucemias linfoblásticas o linfocíticas. Si pertenece a la línea mieloide —la que origina neutrófilos, monocitos, eosinófilos, basófilos, eritrocitos y plaquetas—, hablamos de leucemias mieloides o mieloblásticas. De la combinación de ambos ejes resultan los cuatro tipos principales: Leucemia linfoblástica aguda (LLA). Es la leucemia más frecuente en la infancia, con un pico de incidencia entre los 2 y los 5 años. También puede presentarse en adultos, aunque con menor frecuencia y, en general, peor pronóstico que en niños. Leucemia mieloide aguda (LMA). Es la leucemia aguda más frecuente en adultos. La clasificación Franco-Americana-Británica (FAB) estableció los subtipos M0 a M7 según la morfología celular; la clasificación de la OMS incorpora además datos genéticos y moleculares. Un subtipo de particular importancia clínica es la leucemia promielocítica aguda (M3), cuyo pronóstico ha mejorado de forma excepcional en las últimas décadas. Leucemia linfocítica crónica (LLC). Es la forma más común de leucemia en los países occidentales, con una incidencia que aumenta claramente con la edad. Afecta a los linfocitos B maduros y tiene un curso clínico muy variable: desde formas indolentes que no requieren intervención durante años hasta formas que progresan y necesitan atención temprana. Leucemia mieloide crónica (LMC). Está asociada en la gran mayoría de los casos a una alteración genética específica, el cromosoma Filadelfia, resultado de una translocación entre los cromosomas 9 y 22. Presenta una fase crónica inicial que, sin control, puede evolucionar a una fase acelerada y finalmente a una crisis blástica, en la que la enfermedad se comporta como una leucemia aguda. Más allá de estos cuatro tipos principales, existen formas menos frecuentes que dificultan la clasificación limpia: leucemias de estirpe ambigua (que expresan marcadores de más de una línea celular), leucemias de células especializadas como la leucemia de células peludas o la leucemia de células plasmáticas, y formas fronterizas con los síndromes mielodisplásicos y los síndromes mieloproliferativos crónicos. La leucemia se distingue del linfoma, aunque ambas sean neoplasias del sistema hematopoyético. En el linfoma, la proliferación maligna se origina y se manifiesta predominantemente en los ganglios linfáticos y otros tejidos linfoides, mientras que en la leucemia el foco primario es la médula ósea y la afectación de la sangre periférica es característica. Ahora bien, la frontera no siempre es nítida: ciertos linfomas pueden «leucemizarse» cuando las células linfomatosas invaden la sangre, y hay entidades como la leucemia/linfoma T del adulto que comparten rasgos de ambas categorías. Tampoco debe confundirse la leucemia con los síndromes mielodisplásicos, en los que la médula ósea produce células sanguíneas anómalas pero sin alcanzar el umbral de proliferación clonal que define a una leucemia franca. Un porcentaje de los síndromes mielodisplásicos —entre el 30 y el 40 % según las series— evoluciona con el tiempo hacia una leucemia mieloide aguda. Y, por último, la leucocitosis —es decir, un recuento elevado de glóbulos blancos en sangre— no implica por sí sola una leucemia: causas infecciosas, inflamatorias, farmacológicas o por estrés físico pueden elevar la cifra de leucocitos sin que exista ningún proceso neoplásico subyacente. Del griego λευκός (leukós, "blanco") y αἷμα (haîma, "sangre"). Rudolf Virchow acuñó el término en 1845 al observar que la sangre de ciertos pacientes tenía un aspecto blanquecino por la cantidad masiva de glóbulos blancos inmaduros. Bennett, desde Edimburgo, prefirió «leucocitemia», pero acabó imponiéndose la forma de Virchow. No exactamente. «Cáncer de sangre» es una expresión coloquial que engloba leucemias, linfomas y mielomas. La leucemia es solo una de las categorías de neoplasias hematológicas, la que se origina en la médula ósea y afecta de forma característica a la sangre periférica. Es un mito frecuente. Aunque la LLA es la neoplasia más común de la infancia —y eso le da gran visibilidad—, más del 90 % de todos los casos de leucemia se diagnostican en adultos. La LLC y la LMA tienen medianas de edad al diagnóstico por encima de los 60 años. La diferencia esencial está en el grado de maduración de las células malignas. En las formas agudas se acumulan células muy inmaduras (blastos) y la progresión es rápida. En las crónicas, las células conservan cierta madurez y funcionalidad, por lo que la enfermedad avanza con lentitud e incluso puede no requerir intervención inmediata. Sí. Eso es precisamente lo que ocurre en la llamada leucemia aleucémica, en la que los blastos permanecen confinados en la médula ósea sin pasar a la sangre periférica. Un hemograma aparentemente normal no descarta por sí solo una leucemia. Consulte también la información clínica completa sobre las leucemias Si busca información sobre causas, manifestaciones clínicas, métodos de diagnóstico y opciones de atención, puede consultar la página completa sobre leucemia del Área de Cáncer Hematológico del Cancer Center de la Clínica Universidad de Navarra. Si desea profundizar en conceptos asociados a la leucemia, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la leucemia
De la célula madre a la célula leucémica: la hematopoyesis alterada
Clasificación: el eje aguda/crónica y linfoide/mieloide
Diferenciación con entidades hematológicas relacionadas
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra «leucemia»?
¿Leucemia y cáncer de sangre son lo mismo?
¿Es una enfermedad infantil?
¿Qué diferencia hay entre leucemia aguda y crónica?
¿Puede una leucemia cursar con leucocitos normales o bajos?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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