DICCIONARIO MÉDICO
Síndrome mieloproliferativo crónico
Los síndromes mieloproliferativos crónicos, hoy llamados neoplasias mieloproliferativas, son un grupo de trastornos clonales de la médula ósea en los que una célula madre alterada produce en exceso una o varias líneas de células sanguíneas maduras. A diferencia del síndrome mielodisplásico, aquí el problema no es una maduración defectuosa, sino una proliferación descontrolada de células que sí llegan a funcionar. El nombre combina mielo (médula ósea) y proliferativo (que se multiplica en exceso). El término lo acuñó en 1951 el hematólogo estadounidense William Dameshek, quien observó que varias enfermedades de la sangre hasta entonces consideradas independientes (la leucemia mieloide crónica, la policitemia vera, la trombocitemia esencial y la mielofibrosis primaria) compartían un mismo mecanismo de fondo: la expansión clonal de una célula madre hematopoyética. Esa intuición se confirmó por partes. En 1960, Peter Nowell y David Hungerford identificaron una anomalía cromosómica constante en la leucemia mieloide crónica, el llamado cromosoma Filadelfia, que separó a esta entidad del resto del grupo por tener una causa genética propia y bien definida. Desde entonces, las neoplasias mieloproliferativas suelen dividirse en dos grandes bloques: la leucemia mieloide crónica, con cromosoma Filadelfia positivo, y el resto de entidades, agrupadas como neoplasias mieloproliferativas con cromosoma Filadelfia negativo. Dentro del grupo Filadelfia negativo, las tres neoplasias clásicas son la policitemia vera, caracterizada por un exceso de glóbulos rojos; la trombocitemia esencial, con producción excesiva de plaquetas, y la mielofibrosis primaria, en la que la proliferación celular se acompaña de una progresiva sustitución de la médula por tejido fibroso. La clasificación de la Organización Mundial de la Salud añade a este grupo otras entidades menos frecuentes, como la leucemia neutrofílica crónica y la leucemia eosinofílica crónica. Todas ellas afectan a fases avanzadas de la diferenciación de los precursores mieloides. Ahí radica su diferencia con las leucemias agudas, en las que el bloqueo madurativo ocurre en fases mucho más tempranas y las células se acumulan sin llegar a funcionar. Durante décadas, el diagnóstico de estas entidades fue puramente clínico y morfológico. Eso cambió en 2005, cuando varios grupos de investigación describieron de forma casi simultánea una mutación puntual en el gen JAK2 (JAK2 V617F), presente en más del 90% de los pacientes con policitemia vera y en aproximadamente la mitad de los casos de trombocitemia esencial y mielofibrosis primaria. La proteína JAK2 forma parte de la vía de señalización que activan los receptores de eritropoyetina y trombopoyetina; la mutación la mantiene activada de forma permanente, incluso en ausencia de la hormona que normalmente la dispara. Ese hallazgo molecular tuvo una consecuencia terminológica directa. La Organización Mundial de la Salud sustituyó en su clasificación de 2008 el término "síndromes mieloproliferativos crónicos" por "neoplasias mieloproliferativas", para subrayar que se trata de auténticos procesos neoplásicos clonales y no de una simple reacción proliferativa benigna de la médula. El nombre clásico sigue usándose con frecuencia en la práctica asistencial. Conviene distinguir este grupo del síndrome mielodisplásico, con el que comparte el origen en una célula madre clonal de la médula ósea. La diferencia está en el resultado: en las neoplasias mieloproliferativas la médula fabrica células maduras en exceso, mientras que en el síndrome mielodisplásico esas células mueren antes de madurar y el resultado es justo el contrario, una citopenia. Existe un grupo intermedio de solapamiento, las neoplasias mielodisplásicas/mieloproliferativas, en las que coexisten citopenias de alguna serie con proliferación de otra. Son enfermedades poco frecuentes en conjunto, aunque su incidencia exacta varía notablemente según la entidad. La policitemia vera y la trombocitemia esencial afectan sobre todo a personas mayores de 60 años, con una incidencia estimada de menos de tres casos por cada 100.000 habitantes al año. La mielofibrosis primaria es la más rara de las tres entidades clásicas Filadelfia negativas, y también la de peor pronóstico funcional por la sustitución progresiva de la médula por tejido fibroso. Porque su curso es lento y progresivo, a diferencia de las leucemias agudas, que evolucionan en semanas. Esa cronicidad es también lo que permite a muchos pacientes convivir con la enfermedad durante años, e incluso décadas, antes de que aparezcan complicaciones relevantes. No. La leucemia mieloide crónica se define por el cromosoma Filadelfia y el gen de fusión BCR-ABL1. Las otras tres entidades clásicas no tienen esa alteración; en ellas, la más frecuente es la mutación JAK2 V617F, descrita en 2005, aunque una minoría de casos presenta mutaciones en los genes CALR o MPL. Se refieren al mismo grupo de enfermedades. "Síndrome mieloproliferativo crónico" es el nombre clásico, acuñado por Dameshek en 1951; "neoplasia mieloproliferativa" es la denominación adoptada por la Organización Mundial de la Salud en 2008 para reflejar mejor su naturaleza clonal. Sí, aunque en una minoría de casos. Con el tiempo, algunas neoplasias mieloproliferativas pueden progresar hacia una fase con exceso de blastos que equivale a una leucemia mieloide aguda. El riesgo varía mucho según la entidad de origen y es mayor en la mielofibrosis primaria que en la trombocitemia esencial.Qué son las neoplasias mieloproliferativas crónicas
Clasificación: qué entidades incluye
Mecanismo: la mutación JAK2 y el cambio de nombre
Diferenciación con las neoplasias mielodisplásicas
Epidemiología
Preguntas frecuentes
¿Por qué se llaman "crónicas"?
¿Todas comparten la misma mutación genética?
¿Es lo mismo un síndrome mieloproliferativo que una neoplasia mieloproliferativa?
¿Pueden transformarse en leucemia?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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