DICCIONARIO MÉDICO
Hipersensibilidad
En inmunología, la hipersensibilidad designa una respuesta inmunitaria exagerada o mal dirigida que, en lugar de proteger al organismo, acaba dañando sus propios tejidos. La clasificación clásica de Gell y Coombs, publicada en 1963, distingue cuatro tipos según el mecanismo que produce la lesión: el tipo I (inmediato, mediado por IgE), el tipo II (citotóxico, mediado por IgG e IgM), el tipo III (por inmunocomplejos) y el tipo IV (retardado, mediado por linfocitos T). Se habla de hipersensibilidad, en sentido médico estricto, cuando el sistema inmunitario reacciona de forma desproporcionada frente a un antígeno, propio o ajeno, y termina lesionando los tejidos del propio organismo. La diferencia con una respuesta inmunitaria normal no es solo de intensidad: el mecanismo que causa el daño es el mismo que en circunstancias normales defiende, pero aquí está desregulado o apunta a dianas que no representan ninguna amenaza. El término combina el prefijo griego ὑπέρ (hypér), "por encima de", con el latín sensibilitas, "capacidad de sentir". Su acepción inmunológica se consolidó a comienzos del siglo XX. En 1902, Charles Richet y Paul Portier observaron que unos perros a los que habían inyectado una toxina de anémona de mar morían al recibir una segunda dosis pequeña, en lugar de quedar protegidos. Richet bautizó el fenómeno como anaphylaxie, literalmente "sin protección", para dejar clara la paradoja: la reexposición, que debía haber inmunizado, resultaba letal. Desde entonces, la palabra hipersensibilidad fue quedando reservada para el conjunto más amplio de reacciones inmunitarias dañinas, del que la anafilaxia es solo el caso más extremo. Hay un requisito común a todas ellas: la sensibilización previa. El organismo necesita haber encontrado el antígeno al menos una vez y haber fabricado una respuesta inmunitaria específica frente a él, sean anticuerpos o linfocitos T de memoria, antes de que una segunda exposición desate el daño. Ese primer encuentro suele pasar inadvertido. En 1963, los inmunólogos británicos Philip Gell y Robin Coombs propusieron, en el manual Clinical Aspects of Immunology, una forma de ordenar estas reacciones que ha sobrevivido más de seis décadas. Su acierto fue elegir un criterio único y claro: el tipo de mecanismo que produce la lesión. De ahí salieron cuatro categorías, numeradas con cifras romanas. Cada una dispone de entrada propia en este diccionario, donde se detalla su mecanismo; aquí se resumen para situar el conjunto. Tipo I (inmediata). La media la IgE. Basta con que un alérgeno ya conocido reaparezca para que mastocitos y basófilos liberen histamina y otros mediadores en cuestión de minutos. Es el mecanismo de la alergia clásica, de la rinitis y la urticaria alérgicas y, en su forma más grave, de la reacción anafiláctica. Tipo II (citotóxica). La causan anticuerpos IgG o IgM que se fijan a antígenos de la superficie de células propias y las marcan para su destrucción, con la ayuda del complemento. Bajo este patrón se agrupan la anemia hemolítica autoinmune, las reacciones por incompatibilidad de grupo sanguíneo, la miastenia gravis o la enfermedad de Graves. Tipo III (por inmunocomplejos). Aquí el daño no lo hace el anticuerpo aislado, sino el complejo inmune que forma con el antígeno cuando se produce en exceso y no se elimina bien. Esos complejos se depositan en vasos pequeños, riñón, articulaciones o piel y encienden la inflamación; es lo que sucede en la enfermedad del suero, la glomerulonefritis posestreptocócica o parte del lupus eritematoso sistémico. Tipo IV (retardada). Es la única que no depende de anticuerpos, sino de los linfocitos T. Por eso tarda: el daño no aparece hasta 24 o 72 horas después del contacto. La dermatitis de contacto por níquel, la lectura de la prueba de la tuberculina (reacción de Mantoux) o el rechazo de un injerto responden a este ritmo. Antes de que Gell y Coombs ordenaran el campo, la distinción de uso corriente era puramente temporal: reacciones inmediatas frente a reacciones retardadas. En las inmediatas, la respuesta surge en segundos o minutos, porque los mediadores que la provocan, la histamina entre ellos, ya están almacenados en los gránulos del mastocito, listos para salir en cuanto el antígeno reaparece. La retardada juega con otros tiempos. No hay nada preformado que liberar; la reacción necesita que los linfocitos T lleguen al tejido, se activen y se multipliquen, y ese trabajo celular no se hace en un instante, de modo que las lesiones tardan horas o días en verse. Esa dicotomía sigue teniendo utilidad en la práctica, pero la clasificación de Gell y Coombs afina más, porque separa mecanismos que el reloj no distingue. La inmediata se corresponde con el tipo I y la retardada con el tipo IV. Los tipos II y III, mediados ambos por anticuerpos aunque con dianas y consecuencias distintas, quedaban en una zona intermedia que la vieja división temporal era incapaz de nombrar. Fuera de la inmunología, la palabra hipersensibilidad viaja por territorios muy distintos. En odontología, la hipersensibilidad dentinaria es ese dolor breve y agudo que provoca un helado o una bebida fría cuando la dentina queda expuesta; su origen es hidráulico, no inmunitario, y nada tiene que ver con Gell y Coombs. En el estudio del dolor crónico se habla de sensibilización central para describir un sistema nervioso que responde de forma exagerada a estímulos que no deberían doler. Y en psicología, la hipersensibilidad emocional o sensorial alude a un rasgo del temperamento, no a una enfermedad. Ninguno de esos usos comparte el mecanismo inmunitario del que trata esta entrada. Del griego ὑπέρ (hypér), "por encima de", y del latín sensibilitas, "capacidad de sentir". Su uso inmunológico se afianzó a comienzos del siglo XX, tras los trabajos de Richet y Portier sobre la anafilaxia en 1902. La alergia es una forma de hipersensibilidad, no un sinónimo. Designa sobre todo las reacciones de tipo I, las mediadas por IgE, y por extensión algunas otras respuestas alérgicas. La hipersensibilidad es el paraguas que cubre además los tipos II, III y IV, que rara vez se llaman "alergia" en la clínica. Toda alergia es hipersensibilidad; no toda hipersensibilidad es alergia. Porque funciona. Cada reacción de hipersensibilidad encaja en al menos uno de los cuatro tipos y las categorías se solapan poco entre sí, que es justo lo que se le pide a una buena clasificación. Se han propuesto retoques, como la subdivisión del tipo IV en cuatro subgrupos (de IVa a IVd) que planteó Pichler, pero el esqueleto de cuatro tipos sigue en pie en los manuales y en la práctica diaria. No. En la autoinmunidad, el sistema inmunitario se vuelve contra antígenos del propio cuerpo; en la hipersensibilidad, el antígeno que dispara el daño puede ser propio o venir de fuera, como un polen, un metal o un fármaco. Los dos terrenos se pisan, porque buena parte de las enfermedades autoinmunes actúa a través de mecanismos de hipersensibilidad de tipo II o III. Pero no son la misma cosa. Una alergia al polen es hipersensibilidad sin nada de autoinmunidad. Si desea profundizar en conceptos asociados a la hipersensibilidad, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la hipersensibilidad
La clasificación de Gell y Coombs
Hipersensibilidad inmediata y retardada: el criterio temporal
Otras acepciones del término hipersensibilidad
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra hipersensibilidad?
¿Es lo mismo hipersensibilidad que alergia?
¿Por qué se sigue usando una clasificación de 1963?
¿Es lo mismo hipersensibilidad que autoinmunidad?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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