DICCIONARIO MÉDICO
Inmunoglobulina E
La inmunoglobulina E (IgE) es el isotipo de anticuerpo responsable de las reacciones de hipersensibilidad inmediata y de la defensa frente a parásitos. Es la inmunoglobulina menos abundante en el suero —representa menos del 0,01 % del total— y la de vida media libre más corta, pero su capacidad de unirse a mastocitos y basófilos le confiere un papel biológico importante respecto a su concentración. La inmunoglobulina E es una glucoproteína de aproximadamente 190 kDa que pertenece a la familia de las inmunoglobulinas, las proteínas solubles producidas por los linfocitos B y sus descendientes diferenciados, las células plasmáticas. Dentro de los cinco isotipos de inmunoglobulina humana —IgG, IgA, IgM, IgD e IgE—, la IgE ocupa un lugar singular: es la menos concentrada en sangre circulante (entre 0,05 y 0,4 μg/mL en un adulto no atópico), pero la que desencadena las respuestas inflamatorias agudas más rápidas e intensas. El nombre "inmunoglobulina" es un compuesto moderno acuñado en inglés (immunoglobulin) a partir del latín immūnis, "exento de carga u obligación" —de donde deriva el sentido de "protegido frente a la enfermedad"—, y del latín científico globulina, diminutivo de globulus, "esferilla", que designaba las proteínas séricas de forma más o menos esférica. La letra E corresponde a la cadena pesada épsilon (ε), según la nomenclatura adoptada por la OMS en 1968 para clasificar los isotipos por el tipo de cadena pesada que incorporan. Antes de esa clasificación, la molécula que hoy llamamos IgE se conocía como "reagina", término acuñado a principios del siglo XX para designar el factor transferible que mediaba las reacciones cutáneas de hipersensibilidad. Como toda inmunoglobulina, la IgE consta de cuatro cadenas polipeptídicas: dos cadenas pesadas épsilon (Cε) y dos cadenas ligeras, que pueden ser de tipo kappa (κ) o lambda (λ). Lo que la distingue estructuralmente de la IgG, la IgA o la IgD es que sus cadenas pesadas contienen cuatro dominios constantes (Cε1 a Cε4) en lugar de tres, y carecen de la región bisagra flexible que sí poseen esos otros isotipos. El dominio extra y la ausencia de bisagra le dan a la molécula una conformación más rígida y alargada, y son precisamente los dominios Cε3 y Cε4 los que interactúan con los receptores celulares de alta afinidad. En suero, la IgE circula como monómero. Su vida media libre es muy breve —unos dos días—, la más corta de las cinco inmunoglobulinas. Sin embargo, una vez unida al receptor FcεRI en la superficie de un mastocito o de un basófilo, puede permanecer funcional durante semanas o incluso meses, lista para reconocer el antígeno que disparará la degranulación. La función biológica de la IgE depende de su interacción con dos tipos de receptores Fc. El receptor de alta afinidad, FcεRI, se expresa sobre todo en mastocitos y basófilos. Cada una de estas células puede alojar entre 100 000 y 500 000 moléculas de IgE ancladas a sus receptores de superficie, formando un arsenal preparado para detectar antígenos específicos. Cuando un antígeno multivalente —un alérgeno, por ejemplo— se une simultáneamente a dos o más moléculas de IgE adyacentes, provoca su entrecruzamiento y desencadena una cascada de señalización intracelular que culmina en la liberación masiva de histamina, leucotrienos, prostaglandinas y citocinas proinflamatorias. Todo el proceso puede completarse en cuestión de segundos. El receptor de baja afinidad, FcεRII (también conocido como CD23), se encuentra en linfocitos B, monocitos, eosinófilos y células dendríticas. Su papel es más regulador: participa en la modulación de la síntesis de IgE y en la presentación de antígenos. A diferencia del FcεRI, el CD23 no interviene directamente en la degranulación. El papel más conocido de la IgE es su participación en la hipersensibilidad de tipo I (inmediata), el mecanismo que subyace a las reacciones alérgicas. En individuos con predisposición atópica, la exposición repetida a alérgenos ambientales —pólenes, ácaros, epitelios de animales, determinados alimentos— induce un cambio de clase en los linfocitos B que favorece la producción de IgE específica frente a esos alérgenos. La IgE producida se fija a los mastocitos tisulares y a los basófilos circulantes, y en exposiciones posteriores, el alérgeno desencadena la degranulación que origina los cuadros de rinitis, asma, urticaria, eccema atópico o, en los casos más graves, anafilaxia. Pero la IgE no existe para causar alergia. Evolutivamente, su función primaria parece ser la defensa contra parásitos multicelulares —helmintos, sobre todo—, organismos demasiado grandes para ser fagocitados por un macrófago. La IgE se une al parásito y recluta eosinófilos, que liberan el contenido tóxico de sus gránulos directamente sobre la superficie del helminto. Esta función explica por qué las concentraciones séricas de IgE están fisiológicamente elevadas en poblaciones con alta carga parasitaria, y por qué en sociedades con baja exposición a helmintos la IgE tiende a reorientarse hacia antígenos ambientales inocuos —la llamada hipótesis higiénica, que propone una asociación entre la reducción de infecciones parasitarias y el aumento de las enfermedades alérgicas. La producción de IgE requiere un evento molecular concreto: el cambio de clase (o class switch) del linfocito B, que pasa de sintetizar IgM a sintetizar IgE. Este cambio está regulado principalmente por dos interleucinas secretadas por los linfocitos T cooperadores de tipo 2 (Th2): la IL-4 y la IL-13. Sin la señal de la IL-4, el linfocito B no reorienta su maquinaria genética hacia la producción de cadenas pesadas épsilon, y la IgE no se sintetiza. Por eso la respuesta Th2 —asociada a alergia y a infecciones parasitarias— es la gran impulsora de la producción de IgE, mientras que la respuesta Th1 —asociada a infecciones intracelulares— la inhibe a través del interferón gamma (IFN-γ). Aunque este artículo describe la molécula y no las pruebas en profundidad, conviene mencionar que la IgE se cuantifica en la práctica clínica mediante varias determinaciones que responden a preguntas distintas. La IgE total mide la suma de toda la IgE circulante, sin distinguir contra qué antígeno va dirigida; la IgE específica identifica la IgE dirigida contra un alérgeno concreto, y el phadiatop funciona como cribado rápido de sensibilización respiratoria. Todas estas pruebas se realizan hoy mayoritariamente con la tecnología de InmunoCAP. Para la interpretación clínica de un resultado de IgE en una analítica, puede consultarse la entrada IgE, orientada al paciente. La historia de la IgE arranca mucho antes de que se aislara químicamente. En 1921, Carl Prausnitz y Heinz Küstner demostraron que el suero de un individuo alérgico podía transferir la reactividad cutánea a un individuo no alérgico mediante inyección intradérmica —el célebre experimento de Prausnitz-Küstner—. El factor responsable de esa transferencia se denominó "reagina", pero su naturaleza química permaneció desconocida durante más de cuatro décadas. En 1966-1967, dos grupos independientes identificaron la molécula casi de forma simultánea. Kimishige e Teruko Ishizaka, en Denver, demostraron que la reagina era una inmunoglobulina distinta de la IgG y la IgA, y la denominaron γE (gammaE). Poco después, S.G.O. Johansson y Hans Bennich, en Uppsala, aislaron una proteína de mieloma de cadena pesada hasta entonces no clasificada y la identificaron como el mismo isotipo. La OMS unificó ambos hallazgos en 1968 bajo la denominación oficial de inmunoglobulina E, y el descubrimiento marcó el inicio de la alergología de laboratorio moderna, al proporcionar por primera vez un marcador sérico cuantificable de la respuesta alérgica. "Inmunoglobulina" combina el latín immūnis ("exento", y por extensión "protegido frente a la enfermedad") con globulina, diminutivo de globulus ("esferilla"), aplicado a las proteínas séricas de forma globular. La E designa la cadena pesada épsilon (ε), la quinta en la serie alfabética griega adoptada por la OMS en 1968 para nombrar los isotipos (α para IgA, γ para IgG, δ para IgD, ε para IgE, μ para IgM). Históricamente, sí: "reagina" fue el nombre con el que se conoció durante décadas al factor sérico capaz de transferir la reactividad alérgica cutánea, hasta que Ishizaka y Johansson demostraron que se trataba de una inmunoglobulina nueva. Conviene no confundir esta acepción con la "reagina sifilítica", un anticuerpo anticardiolipina que se detecta en pruebas como el VDRL o el RPR y que nada tiene que ver con la IgE. Porque la IgE no actúa en el suero sino en los tejidos. En cuanto se produce, se fija a los receptores FcεRI de los mastocitos tisulares, donde permanece anclada durante semanas o meses. Lo que mide la analítica es la fracción libre que queda en circulación, que es mínima. La verdadera "reserva" de IgE funcional está en la superficie de las células efectoras, distribuida en la piel, las mucosas respiratorias y el tubo digestivo. No necesariamente. La IgE total puede estar elevada por causas distintas de la alergia: parasitosis, ciertos síndromes de inmunodeficiencia (como el síndrome de hiper-IgE) o procesos inflamatorios crónicos. Y al revés: un paciente alérgico puede tener IgE total normal si la sensibilización es muy localizada. Lo que confirma la alergia es la presencia de IgE específica frente al alérgeno relevante junto con clínica compatible. Para más detalle sobre la interpretación de un resultado elevado, puede consultarse la entrada IgE alta. Si desea profundizar en conceptos asociados a la inmunoglobulina E, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la inmunoglobulina E
Estructura molecular
Unión a receptores y mecanismo de degranulación
Función biológica: alergia y defensa antiparasitaria
Producción y regulación del cambio de clase
La IgE en la práctica clínica: cuándo y cómo se mide
Ishizaka, Johansson y el descubrimiento de la IgE
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene el nombre "inmunoglobulina E"?
¿Es lo mismo inmunoglobulina E que reagina?
¿Por qué la IgE es tan escasa en sangre si tiene un papel tan relevante?
¿Tener IgE elevada significa ser alérgico?
Referencias
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