DICCIONARIO MÉDICO
Inmunidad
Inmunidad es la capacidad del organismo para reconocer sustancias extrañas —microorganismos, toxinas, células ajenas— y eliminarlas sin que se produzca enfermedad. Esa capacidad puede ser innata (presente desde el nacimiento y compartida por todos los individuos de una especie) o adaptativa (adquirida tras el contacto con un antígeno concreto, específica y dotada de memoria). El conjunto de órganos, células y moléculas que la hacen posible recibe el nombre de sistema inmunitario. La palabra procede del latín immunitas, que en el derecho romano designaba la exención de cargas públicas y procesos judiciales de que disfrutaban ciertos ciudadanos —sobre todo senadores y magistrados— mientras ejercían su cargo. La medicina adoptó el término por analogía: un organismo "inmune" es aquel que está exento de padecer una enfermedad, del mismo modo que un senador estaba exento de comparecer ante un tribunal. En su sentido médico actual, inmunidad designa el estado de resistencia de un organismo frente a agentes potencialmente patógenos. No es un mecanismo único, sino un sistema de capas superpuestas: barreras físicas y químicas, células capaces de fagocitar o destruir al invasor, proteínas solubles que lo neutralizan y linfocitos que recuerdan al enemigo y lo reconocen si reaparece. El resultado es que la mayoría de las infecciones a las que nos exponemos a diario no llegan a producir enfermedad. La primera gran división del concepto separa dos ramas que colaboran estrechamente pero tienen lógicas distintas. La inmunidad innata (también llamada natural o inespecífica) es la que el individuo posee desde el nacimiento, sin necesidad de haber estado expuesto previamente a ningún patógeno. Incluye las barreras cutáneas y mucosas, el sistema del complemento, células como los macrófagos, los neutrófilos y las células NK, y mediadores como las citocinas y los interferones. Su respuesta es rápida —minutos a horas— pero no se adapta: reacciona igual ante un patógeno la primera vez que ante la centésima. La inmunidad adaptativa (adquirida o específica) se desarrolla tras el contacto con un antígeno. Es más lenta en activarse —días a semanas la primera vez—, pero posee dos propiedades que la innata no tiene: especificidad (cada linfocito B o linfocito T reconoce un solo antígeno) y memoria (si el antígeno reaparece, la respuesta es mucho más rápida y eficaz). Es la base de la vacunación y la razón de que muchas enfermedades infecciosas solo se padezcan una vez. Dentro de la inmunidad adaptativa se distinguen a su vez dos brazos. La inmunidad humoral está mediada por anticuerpos (inmunoglobulinas) producidos por los linfocitos B y las células plasmáticas. Los anticuerpos circulan por la sangre y los líquidos corporales, neutralizan toxinas, opsonizan patógenos para facilitar su fagocitosis y activan el complemento. Son el principal mecanismo de defensa contra patógenos extracelulares: bacterias encapsuladas, virus en fase extracelular, toxinas bacterianas. La inmunidad celular, en cambio, depende de los linfocitos T. Los T CD4+ (ayudadores) coordinan la respuesta liberando citocinas, y los T CD8+ (citotóxicos) destruyen directamente las células infectadas por virus o las células tumorales. Es el brazo que se ocupa de los patógenos intracelulares —virus, micobacterias, hongos, protozoos— y del rechazo de tejidos trasplantados. Aunque la distinción entre humoral y celular resulta didácticamente útil, en la práctica ambos brazos se necesitan mutuamente: los linfocitos T ayudan a los B a producir anticuerpos de alta afinidad, y los anticuerpos facilitan funciones que ejecutan células. Otra forma de clasificar la inmunidad atiende a cómo se adquiere. En la inmunidad activa, el propio organismo genera la respuesta: fabrica anticuerpos y linfocitos de memoria tras exponerse al antígeno, ya sea por infección natural o por vacunación. Su ventaja es que puede durar años, décadas o toda la vida, porque las células de memoria persisten. Su inconveniente es que tarda días o semanas en establecerse. En la inmunidad pasiva, el organismo recibe anticuerpos ya fabricados por otro individuo. El ejemplo natural más claro es la transferencia de IgG materna al feto a través de la placenta y de IgA al lactante a través del calostro. Artificialmente, la inmunidad pasiva se logra administrando inmunoglobulinas o sueros heterólogos. La protección es inmediata pero efímera, porque el receptor no ha generado células de memoria propias: cuando los anticuerpos transferidos se degradan, la inmunidad desaparece. Estas clasificaciones no se excluyen entre sí; se superponen. La inmunidad puede ser activa y natural a la vez (la que se adquiere tras superar una infección), activa y artificial (la que confiere una vacuna), pasiva y natural (la que recibe el neonato de su madre) o pasiva y artificial (la que se obtiene con una inyección de gammaglobulinas). Entender estas cuatro combinaciones es imprescindible para orientarse en el vocabulario de la inmunización. Un sistema inmunitario que funciona bien protege sin causar daño colateral. Pero no siempre es así. Las inmunodeficiencias —primarias (genéticas) o secundarias (adquiridas, como la causada por el VIH)— dejan al organismo desprotegido frente a infecciones que en condiciones normales serían triviales. En el extremo opuesto, la hipersensibilidad es una inmunidad excesiva o mal dirigida que, en lugar de proteger, causa lesión tisular: desde una alergia hasta una enfermedad autoinmune. Y la autoinmunidad propiamente dicha es un fallo de los mecanismos de tolerancia que permite al sistema inmunitario atacar componentes del propio organismo. Del latín immunitas, literalmente "exención de cargas". En Roma, ciertos cargos públicos gozaban de immunitas: no podían ser procesados mientras ejercían su función. La medicina adoptó la metáfora en el siglo XIX para referirse al organismo que está "exento" de padecer una enfermedad. No. Inmunidad es el estado de protección; sistema inmunitario es el aparato (órganos, células, moléculas) que lo produce. La relación es parecida a la que existe entre "visión" y "ojo": el ojo es el órgano; la visión, la capacidad que ese órgano hace posible. Depende del patógeno. Tras el sarampión, la inmunidad suele ser de por vida. Tras la gripe, no: el virus muta con tal rapidez que los anticuerpos generados una temporada pueden no reconocer la cepa del año siguiente. Y hay infecciones, como la gonorrea, que no dejan inmunidad duradera en absoluto. Activa. La vacuna introduce un antígeno (atenuado, inactivado o fragmentado) que obliga al sistema inmunitario a fabricar sus propios anticuerpos y linfocitos de memoria. La protección tarda unos días en establecerse, pero puede durar años. Administrar inmunoglobulinas, en cambio, es inmunidad pasiva: la protección es inmediata pero temporal. Si desea profundizar en conceptos asociados a la inmunidad, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la inmunidad
Inmunidad innata e inmunidad adaptativa
Los dos brazos de la adaptativa: humoral y celular
Inmunidad activa e inmunidad pasiva
Combinaciones que ayudan a entender el concepto
Cuando la inmunidad falla o se desvía
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra inmunidad?
¿Es lo mismo inmunidad que sistema inmunitario?
¿La inmunidad tras una infección dura toda la vida?
¿Vacunarse es inmunidad activa o pasiva?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
© Clínica Universidad de Navarra 2026