DICCIONARIO MÉDICO

Inmunidad pasiva

Un recién nacido llega al mundo con un repertorio de anticuerpos que no ha fabricado él: se los ha transferido su madre a través de la placenta durante el tercer trimestre de gestación. Esos anticuerpos lo protegen frente a infecciones durante las primeras semanas de vida, mientras su propio sistema inmunitario termina de madurar. Es el ejemplo más natural de inmunidad pasiva: una protección inmediata, eficaz y temporal que no implica ningún trabajo por parte del sistema inmunitario del receptor.

Qué es la inmunidad pasiva

A diferencia de la inmunidad activa, en la que el organismo fabrica sus propios anticuerpos y células de memoria tras enfrentarse a un antígeno, la inmunidad pasiva consiste en recibir anticuerpos ya formados por otro individuo —humano o animal—. El receptor no monta una respuesta inmunitaria propia: no activa linfocitos, no expande clones, no genera memoria. Por eso la protección es inmediata (no hay que esperar días ni semanas) pero efímera: cuando los anticuerpos transferidos se degradan, la inmunidad desaparece con ellos.

La idea de transferir anticuerpos con fines terapéuticos tiene más de un siglo de historia. En 1890, Emil von Behring y Shibasaburo Kitasato demostraron que el suero de animales inmunizados contra la toxina diftérica protegía a animales no inmunizados: era la primera prueba experimental de que algo presente en el suero —lo que hoy llamamos anticuerpos— podía conferir protección sin necesidad de que el receptor hubiera tenido contacto previo con el patógeno. Behring recibió por este hallazgo el primer Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1901, y la seroterapia se convirtió en el primer tratamiento específico contra las enfermedades infecciosas.

Natural y artificial: dos formas de recibirla

La inmunidad pasiva natural se produce sin intervención médica. El caso más importante es la transferencia de IgG materna al feto a través de la placenta, sobre todo durante el tercer trimestre. Esa IgG confiere al neonato protección frente a muchos de los patógenos a los que la madre ha estado expuesta o contra los que ha sido vacunada. Tras el nacimiento, la lactancia aporta IgA secretora a través del calostro y la leche materna, que protege las mucosas del tubo digestivo y las vías respiratorias del lactante. Ambas formas de protección son transitorias: los anticuerpos maternos se degradan durante los primeros seis a doce meses de vida.

La inmunidad pasiva artificial se obtiene administrando preparados de anticuerpos. Las inmunoglobulinas humanas polivalentes (gammaglobulinas intravenosas o subcutáneas) se usan para suplir la producción deficiente de anticuerpos en las inmunodeficiencias humorales. Las inmunoglobulinas hiperinmunes específicas —anti-hepatitis B, anti-rabia, anti-tétanos, anti-Rh(D)— aportan anticuerpos dirigidos contra un antígeno concreto en situaciones de riesgo inmediato. Y los sueros heterólogos (de origen animal), como los antivenenos de serpiente, siguen siendo la única opción frente a ciertas intoxicaciones, aunque conllevan mayor riesgo de reacciones de hipersensibilidad.

Lo que gana y lo que pierde

La gran ventaja de la inmunidad pasiva es la inmediatez. Cuando un paciente ha sido mordido por un animal potencialmente rabioso, no puede esperar semanas a que una vacuna genere anticuerpos; necesita anticuerpos antitóxicos ahora. Lo mismo ocurre con la profilaxis posexposición al virus de la hepatitis B o con la administración de inmunoglobulina anti-Rh(D) a una gestante Rh negativa para prevenir la enfermedad hemolítica del recién nacido.

La contrapartida es la falta de memoria. Al no haberse activado los linfocitos B ni los T del receptor, no se generan células de memoria. Los anticuerpos transferidos tienen una vida media finita —unas tres semanas para la IgG en el adulto— y, cuando se eliminan, la protección se acaba. Por eso, en la mayoría de las situaciones clínicas, la inmunidad pasiva se acompaña de una vacunación simultánea o posterior que inicie una respuesta activa y genere protección a largo plazo.

Preguntas frecuentes

¿Los anticuerpos que pasan por la placenta protegen contra todo?

No. Solo se transfiere IgG, y únicamente frente a los patógenos contra los que la madre tiene anticuerpos —ya sea por infecciones previas o por vacunación—. La IgM, que es demasiado grande para cruzar la placenta, no se transfiere. Por eso el neonato es vulnerable a patógenos frente a los que la madre no tiene inmunidad y a los que requieren otros isotipos para su eliminación.

¿La leche materna confiere inmunidad pasiva?

Sí, sobre todo el calostro de los primeros días, que es especialmente rico en IgA secretora. Esta inmunoglobulina recubre las mucosas del intestino y las vías respiratorias del lactante, creando una barrera frente a infecciones entéricas y respiratorias. No es una protección sistémica (la IgA no pasa a la sangre del bebé en cantidades apreciables), sino local y mucosa.

¿La inmunidad pasiva puede causar reacciones adversas?

Las inmunoglobulinas humanas son en general muy seguras. Los sueros de origen animal, en cambio, pueden provocar reacciones de hipersensibilidad —incluida la enfermedad del suero, que es una reacción de hipersensibilidad tipo III— al contener proteínas extrañas al organismo humano. Es el precio de la inmediatez cuando no hay alternativa humana disponible.

Referencias

  1. Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. Respuesta inmunitaria. MedlinePlus, enciclopedia médica en español.
  2. Manual MSD, versión para profesionales. Inmunización pasiva.
  3. Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. Sistema inmunitario y sus enfermedades. MedlinePlus en español.
  4. Real Academia Española. Inmunidad. Diccionario de la lengua española.

Entradas relacionadas en el diccionario

Si desea profundizar en conceptos asociados a la inmunidad pasiva, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:

  • Inmunidad activa: la que el organismo genera por sí mismo tras infección o vacunación.
  • Inmunidad: el concepto general y los tipos de inmunidad.
  • Seroterapia: la administración terapéutica de sueros con anticuerpos, forma clásica de inmunidad pasiva artificial.
  • Inmunización pasiva: el proceso de inducir inmunidad pasiva mediante la administración de anticuerpos.
  • Inmunoglobulina G: el isotipo que cruza la placenta y protagoniza la transferencia pasiva natural.
  • Inmunoglobulina A: el isotipo secretor que protege las mucosas del lactante a través de la leche materna.
  • Calostro: la primera secreción mamaria, rica en IgA secretora.
  • Antitoxina: anticuerpo dirigido contra una toxina, base de los sueros terapéuticos.
  • Enfermedad hemolítica del recién nacido: cuadro que la inmunoglobulina anti-Rh(D) puede prevenir.
  • Hipersensibilidad tipo III: riesgo de la enfermedad del suero tras administración de proteínas heterólogas.

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