DICCIONARIO MÉDICO
Microadenoma hipofisario
El microadenoma hipofisario es un tumor benigno de la adenohipófisis cuyo diámetro máximo no supera los 10 mm. Se clasifica como funcionante cuando secreta una o varias hormonas hipofisarias en exceso, y como no funcionante en caso contrario. Series de autopsia lo identifican hasta en un 20 % de la población adulta, lo que lo convierte en una de las lesiones intracraneales más frecuentes. El microadenoma hipofisario es una neoplasia benigna que se origina en las células del lóbulo anterior de la hipófisis y cuyo diámetro no rebasa los 10 mm. La voz hipófisis procede del griego ὑπόφυσις (hypóphysis), literalmente «excrecencia por debajo», compuesta de ὑπό (hypó, «debajo») y φύειν (phýein, «crecer, brotar»). El anatomista Samuel Thomas von Sömmerring empleó el término en latín (hypophysis cerebri) a finales del siglo XVIII para nombrar esta pequeña glándula suspendida bajo el cerebro por un tallo vascular, y la forma castellana hipófisis aparece ya documentada en tratados médicos del XIX. Fue el neurocirujano canadiense Jules Hardy quien, en 1969, propuso el umbral de 10 mm como frontera entre el microadenoma y el macroadenoma. Hardy trabajaba en el Hôpital Notre-Dame de Montreal y desarrolló la primera clasificación operatoria sistemática de los adenomas hipofisarios al tiempo que perfeccionaba el abordaje quirúrgico a través del hueso esfenoides con microscopio. Su esquema distinguía grados según el tamaño del tumor y su extensión fuera de la silla turca, y fijó el centímetro como línea divisoria. Ese criterio no ha cambiado. Rara vez un microadenoma comprime estructuras vecinas como el quiasma óptico o los senos cavernosos, porque su volumen no basta para expandir la silla turca de forma significativa. Eso no significa que carezca de repercusión: un microadenoma funcionante puede producir cantidades de hormona suficientes para generar alteraciones endocrinas detectables en sangre, incluso con tamaños de apenas 3 o 4 milímetros. Los microadenomas hipofisarios se dividen en dos grandes categorías según su comportamiento secretor, y la distinción tiene consecuencias clínicas muy diferentes. Entre los funcionantes, el prolactinoma (secretor de prolactina) es con diferencia el más frecuente; cuando mide menos de 10 mm recibe también el nombre de microprolactinoma. Le siguen en frecuencia los microadenomas corticotropos, que secretan ACTH y pueden poner en marcha la enfermedad de Cushing incluso con tamaños de 3 o 4 mm, a veces tan pequeños que la resonancia magnética de 1,5 Tesla no consigue visualizarlos y es necesario recurrir a equipos de 3 Tesla o a técnicas dinámicas con contraste. Los somatotropos, productores de GH, resultan menos habituales en el rango del microadenoma porque suelen diagnosticarse cuando ya han alcanzado un tamaño mayor y producido manifestaciones de gigantismo (en la infancia) o acromegalia (en el adulto). Los tirotropos, secretores de TSH, son muy infrecuentes y representan menos del 1 % de todos los adenomas hipofisarios. Cuando el microadenoma no secreta hormonas activas en cantidades detectables se denomina no funcionante. Muchos proceden de células gonadotropas, pero su producción de FSH o LH es tan baja o fragmentaria que no se traduce en ningún efecto endocrino medible. La mayoría permanecen estables durante años y se descubren por casualidad en una resonancia magnética solicitada por otro motivo, lo que los convierte en incidentalomas hipofisarios en sentido estricto. La frecuencia real de los microadenomas hipofisarios es difícil de precisar porque la mayoría no producen ningún efecto clínico y pasan desapercibidos. Las series de autopsias clásicas, realizadas desde los años treinta del siglo pasado en hospitales de Europa y Norteamérica, sitúan la prevalencia entre el 10 % y el 22 % de la población adulta. La cifra resulta llamativa. Revisiones más recientes basadas en estudios de imagen poblacionales han confirmado cifras en el mismo rango, lo que sugiere que al menos una de cada diez personas convive con un microadenoma hipofisario sin saberlo. De esos microadenomas silenciosos, solo una pequeña fracción llegará a crecer. Seguimientos prolongados con resonancia magnética muestran que entre el 90 % y el 95 % de los no funcionantes mantienen un tamaño estable a lo largo de los años. Esta estabilidad natural es un dato relevante a la hora de valorar el significado clínico de un hallazgo casual en una prueba de imagen: la presencia de un microadenoma no equivale, por sí sola, a un problema que requiera intervención. La frontera entre microadenoma y macroadenoma es, en principio, numérica: 10 mm. Pero las implicaciones clínicas van más allá de la cifra. El macroadenoma puede expandir la silla turca, comprimir el quiasma óptico (con la consiguiente pérdida del campo visual lateral, lo que se conoce como hemianopsia bitemporal) y erosionar las estructuras óseas circundantes. El microadenoma, salvo excepciones muy puntuales, permanece confinado dentro de la glándula sin alterar la anatomía de su entorno. Existe además un sesgo en la forma de presentación. Los microadenomas que se diagnostican en vida suelen ser funcionantes, porque dan la cara a través de una alteración hormonal detectable en analítica (la hiperprolactinemia de un microprolactinoma, por ejemplo). Entre los macroadenomas, en cambio, predominan los no funcionantes, que se manifiestan por el efecto mecánico sobre las estructuras vecinas. Esa distribución diferente no refleja una biología tumoral distinta, sino el modo en que cada rango de tamaño tiende a hacerse visible para el clínico. El adjetivo deriva de hipófisis, y esta a su vez del griego ὑπόφυσις (hypóphysis), que Galeno utilizaba para referirse a una excrecencia situada debajo del cerebro. La traducción literal es «lo que crece por debajo». En castellano se usa como sinónimo de glándula pituitaria, aunque etimológicamente pituitaria procede del latín pituita («moco, flema»), un error conceptual que se arrastra desde el siglo XVII: se creía que la glándula producía el moco nasal. El nombre perduró a pesar del error. Estrictamente, no. La hipófisis es una glándula endocrina, no tejido nervioso. Los adenomas hipofisarios se originan en el epitelio glandular de la adenohipófisis y no son tumores del sistema nervioso central en sentido histológico. Sin embargo, su localización dentro de la silla turca, en la base del cráneo y en vecindad inmediata del cerebro, hace que muchas estadísticas los incluyan entre los tumores intracraneales. Representan entre el 10 % y el 15 % de todas las neoplasias de esa región. No. Una proporción considerable son no funcionantes y no alteran las cifras hormonales en sangre. La mayoría de los que aparecen como hallazgos incidentales pertenecen precisamente a esta categoría. Hay casos documentados de involución espontánea, sobre todo en microprolactinomas durante la menopausia, cuando la demanda estrogénica sobre las células lactotropas disminuye y el estímulo proliferativo se reduce. No es lo habitual. Son conceptos relacionados pero no intercambiables. El microprolactinoma es un tipo concreto de microadenoma hipofisario: aquel que secreta prolactina. Existen otros subtipos funcionantes (corticotropos, somatotropos, tirotropos) y una amplia categoría de no funcionantes que nada tienen que ver con la prolactina. Si desea profundizar en conceptos asociados al microadenoma hipofisario, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es el microadenoma hipofisario
Clasificación por actividad hormonal
Prevalencia y contexto del hallazgo incidental
Diferenciación con el macroadenoma hipofisario
Preguntas frecuentes
¿Qué significa exactamente «hipofisario»?
¿Un microadenoma hipofisario es un tumor cerebral?
¿Todos los microadenomas hipofisarios producen hormonas?
¿Puede desaparecer un microadenoma hipofisario por sí solo?
¿Es lo mismo un microprolactinoma que un microadenoma hipofisario?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
Infografías realizadas con https://BioRender.com
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