DICCIONARIO MÉDICO
Respuesta inmunitaria innata
La respuesta inmunitaria innata agrupa las defensas con las que el organismo cuenta desde el nacimiento para hacer frente a cualquier agente patógeno, sin necesidad de haberlo encontrado antes. Actúa en minutos u horas y no genera memoria: responde con la misma intensidad cada vez que se produce una agresión. Es la primera barrera frente a la infección y, al mismo tiempo, la señal que pone en marcha la respuesta adaptativa. La respuesta inmunitaria innata —también denominada natural, nativa o inespecífica— comprende el conjunto de mecanismos de defensa que operan desde las primeras horas de vida y que no requieren un reconocimiento previo del invasor. Estos mecanismos están codificados en la línea germinal: no se reorganizan ni se perfeccionan con la experiencia, a diferencia de los receptores de la respuesta adaptativa. "Innata" procede del latín innatus, participio de innasci ("nacer en, nacer con"), y subraya que esta defensa viene dada genéticamente. Su sinónimo "natural" —del latín naturalis, "relativo a la naturaleza"— destaca el mismo matiz: se trata de algo propio de la especie, no aprendido. La inmunología moderna ha consolidado "innata" como término preferente, pero "natural" sigue apareciendo en textos clásicos y es sinónimo pleno en el uso académico. ¿Por qué importa tanto si apenas dura unas horas? Porque en ese plazo contiene la mayor parte de las agresiones y, cuando no lo consigue, genera las señales inflamatorias y las citoquinas que instruyen a los linfocitos sobre el tipo de respuesta adaptativa que conviene montar. Sin esa instrucción, la adaptativa reaccionaría más tarde y peor. Dicho de otro modo, la innata no es solo un muro de contención: es también un sistema de inteligencia. La primera capa de protección no implica células inmunitarias propiamente dichas, sino estructuras anatómicas y secreciones que impiden la entrada de microorganismos. La piel —con su barrera cutánea de queratina, ácidos grasos y pH ácido— cubre la superficie externa del cuerpo. Las mucosas recubren las cavidades internas: el moco atrapa partículas, el epitelio ciliado de las vías respiratorias las arrastra hacia el exterior y los ácidos gástricos destruyen buena parte de los microorganismos ingeridos. A este arsenal se suman sustancias solubles con actividad antimicrobiana directa. La lisozima, presente en la lágrima, la saliva y las secreciones nasales, rompe la pared de determinadas bacterias. Los péptidos antimicrobianos —defensinas y catelicidinas— perforan las membranas de bacterias y hongos. Y la flora comensal compite con los patógenos por nutrientes y espacio, un mecanismo de resistencia a la colonización que se pierde, por ejemplo, tras una antibioterapia prolongada. Cuando un patógeno consigue atravesar las barreras, un repertorio de células se encarga de detectarlo y eliminarlo. Los neutrófilos son los primeros en llegar al foco infeccioso —migran desde la sangre atraídos por señales químicas— y fagocitan el microorganismo. Los macrófagos, que residen ya en los tejidos, combinan fagocitosis con la secreción de citoquinas que amplifican la inflamación. Las células dendríticas capturan antígenos, los procesan y migran a los ganglios linfáticos para presentarlos a los linfocitos T: son el eslabón que conecta la respuesta innata con la adaptativa. Las células NK (natural killer) patrullan la sangre y los tejidos en busca de células propias que hayan dejado de expresar las moléculas de histocompatibilidad de clase I en su superficie, algo que ocurre con frecuencia en células infectadas por virus o en células tumorales. Su mecanismo de destrucción es citotóxico directo, sin necesidad de reconocimiento antigénico previo. Los eosinófilos, los basófilos y los mastocitos participan sobre todo en la defensa frente a parásitos y en las reacciones de hipersensibilidad. Las células innatas distinguen lo propio de lo extraño mediante receptores de reconocimiento de patrones (PRR, por sus siglas en inglés). Estos receptores no reconocen un antígeno concreto —como sí hace un linfocito—, sino motivos moleculares conservados en grandes grupos de microorganismos: los llamados PAMP (pathogen-associated molecular patterns). El lipopolisacárido de las bacterias gramnegativas, el peptidoglicano de las grampositivas, el ARN bicatenario de ciertos virus o los β-glucanos de los hongos son ejemplos clásicos. Entre los PRR, los receptores tipo Toll (TLR) fueron los primeros en describirse y siguen siendo los más estudiados. El ser humano posee diez tipos (TLR1 a TLR10), cada uno especializado en un grupo de PAMP. Cuando un TLR reconoce su ligando, activa cascadas de señalización intracelular que culminan en la producción de citoquinas proinflamatorias, interferones y quimioquinas. El resultado neto es doble: reclutamiento de más células al foco y activación de las células presentadoras de antígeno que pondrán en marcha la respuesta adaptativa. El sistema del complemento es una cascada de unas treinta proteínas plasmáticas que se activan en cadena. Sus efectos son tres: opsonización (recubrimiento del patógeno para facilitar la fagocitosis), reclutamiento de leucocitos mediante anafilotoxinas y lisis directa de la membrana del microorganismo a través del complejo de ataque a membrana. Parte de esta cascada también conecta con la respuesta adaptativa, porque los fragmentos de complemento amplifican la activación de los linfocitos B. Los interferones de tipo I (IFN-α e IFN-β) constituyen la respuesta más rápida contra los virus: inducen en las células vecinas un estado antiviral que limita la replicación del patógeno intracelular. Las proteínas de fase aguda —entre ellas la proteína C reactiva— aumentan drásticamente en sangre durante las infecciones agudas y actúan como opsoninas y activadores del complemento. La fiebre, mediada por pirógenos endógenos como la interleucina 1, es otro mecanismo innato que dificulta la replicación de algunos microorganismos y acelera la migración leucocitaria. Las dos palabras son sinónimas en este contexto. "Innata" viene del latín innatus ("nacido con") y "natural" de naturalis ("propio de la naturaleza"). La inmunología contemporánea ha preferido "innata" porque evita la ambigüedad que "natural" genera en otros contextos (por ejemplo, "células natural killer" o "inmunidad natural pasiva"), pero ambos términos se siguen usando indistintamente en la bibliografía médica. En sentido clásico, no. No genera clones de memoria como hacen los linfocitos. Sin embargo, en la última década se ha descrito un fenómeno llamado "inmunidad entrenada" (trained immunity): ciertos estímulos —como la vacuna BCG— modifican epigenéticamente a los monocitos y macrófagos, de modo que responden con mayor intensidad ante infecciones posteriores no relacionadas. Es un concepto en evolución y no equivale a la memoria de la respuesta adaptativa. Las deficiencias congénitas de componentes innatos —por ejemplo, del complemento o de la función fagocítica— predisponen a infecciones bacterianas graves y recurrentes desde los primeros meses de vida. Son inmunodeficiencias menos frecuentes que las del brazo adaptativo, pero clínicamente muy relevantes. Sí. Una activación excesiva o descontrolada produce inflamación sistémica que puede lesionar tejidos propios. La llamada "tormenta de citoquinas" es un ejemplo extremo: una liberación masiva de mediadores inflamatorios que daña órganos a distancia y puede resultar mortal, como se ha documentado en formas graves de sepsis y de infecciones respiratorias virales. Si desea profundizar en conceptos asociados a la respuesta inmunitaria innata, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la respuesta inmunitaria innata
Barreras físicas y químicas
Células de la respuesta innata
Reconocimiento de patrones moleculares
Moléculas solubles: complemento, interferones, proteínas de fase aguda
Preguntas frecuentes
¿Por qué se llama "innata" y no "natural"?
¿Tiene memoria la respuesta innata?
¿Qué ocurre si la respuesta innata es deficiente?
¿Puede la respuesta innata causar daño al propio organismo?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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