DICCIONARIO MÉDICO
Fiebre
La fiebre es la elevación regulada de la temperatura corporal por encima del rango habitual, resultado de un ajuste al alza del termostato hipotalámico mediado por pirógenos. Se distingue de la hipertermia, en la que la temperatura sube sin intervención del centro termorregulador. Constituye uno de los signos clínicos más antiguos y universales de la medicina. El término procede del latín febris, con el significado directo de "calor" o "estado febril", documentado ya en textos médicos romanos. En la tradición griega el concepto se expresaba como pyretós (πυρετός), derivado de pŷr (πῦρ, "fuego"), de donde la medicina moderna tomó el sinónimo pirexia y toda la familia de palabras asociada: pirógeno, antipirético, apirexia. El castellano conserva además la voz coloquial "calentura", cuyo uso aparece ya en tratados médicos del siglo XVI. Desde un punto de vista fisiológico, la fiebre no es un fallo del sistema de termorregulación: es su reprogramación deliberada. El organismo sigue regulando la temperatura con la misma precisión que en condiciones normales, pero lo hace en torno a un valor más alto. Es una distinción que no siempre se aprecia en el lenguaje cotidiano, donde "tener fiebre" y "estar caliente" se usan como sinónimos, cuando en realidad el primer concepto implica un cambio activo en el centro de control y el segundo puede obedecer a causas muy distintas. El centro termorregulador se localiza en el área preóptica del hipotálamo anterior. Cuando determinadas sustancias, los pirógenos exógenos (componentes bacterianos, toxinas, partículas virales), alcanzan el organismo, las células del sistema inmunitario, sobre todo macrófagos y monocitos, responden liberando citocinas con actividad pirógena: interleucina-1 (IL-1), interleucina-6 (IL-6) y factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α). Estas citocinas, llamadas pirógenos endógenos, viajan por el torrente sanguíneo hasta el órgano vascular de la lámina terminal (OVLT), una estructura que carece de barrera hematoencefálica y permite el paso de señales al hipotálamo. Allí se desencadena la síntesis de prostaglandina E2 (PGE2), la molécula que realmente eleva el punto de ajuste térmico. Una vez que el termostato queda fijado, por ejemplo, en 39 °C, el organismo "interpreta" que su temperatura actual (los 37 °C habituales) es demasiado baja y pone en marcha los mecanismos de generación de calor: vasoconstricción cutánea, piloerección, escalofríos y aumento de la actividad metabólica. El paciente siente frío precisamente porque su cuerpo percibe una diferencia entre la temperatura real y la nueva temperatura de referencia. Cuando el estímulo pirógeno cesa, el proceso se invierte: vasodilatación, sudoración, sensación de calor. La fiebre baja. En la hipertermia, la temperatura corporal se eleva porque la producción de calor supera la capacidad de disiparlo o porque los mecanismos de pérdida están bloqueados (golpe de calor, ejercicio extremo, ciertos fármacos), pero el termostato hipotalámico no se ha movido. El cuerpo no "quiere" estar más caliente; simplemente no puede enfriarse. Esa diferencia tiene consecuencias prácticas directas: los antipiréticos, que actúan inhibiendo la síntesis de PGE2, son útiles frente a la fiebre y carecen de efecto en la hipertermia, porque en esta última la prostaglandina no interviene. La hipertermia maligna, una reacción farmacogenética grave desencadenada por anestésicos halogenados, es el ejemplo más conocido de esta segunda categoría. Antes de la era de los antibióticos y de las pruebas de laboratorio modernas, la curva térmica era una herramienta diagnóstica de primer orden. Los clínicos del siglo XIX dedicaban páginas enteras a describir los patrones de la fiebre, y algunos de aquellos términos siguen vigentes. En la fiebre continua la temperatura se mantiene elevada con oscilaciones menores de un grado a lo largo del día. La fiebre remitente oscila más de un grado pero sin llegar a normalizarse. La fiebre intermitente alterna picos febriles con períodos de temperatura normal, un patrón que, cuando se repite con periodicidad regular (cada 48 o 72 horas), resulta característico del paludismo por Plasmodium. Existe también la fiebre de origen desconocido, un concepto nosológico definido por la persistencia de la fiebre durante al menos tres semanas sin causa aparente tras un estudio clínico adecuado. Conviene recordar que la temperatura corporal no es un valor fijo. Varía con el ritmo circadiano (es más baja por la mañana y más alta al final de la tarde), con la fase del ciclo menstrual, con la edad y con el lugar de medición. En personas mayores, la respuesta febril puede estar atenuada, de modo que una infección grave curse con una elevación térmica discreta o incluso sin ella. En la tradición médica, la palabra "fiebre" se ha usado no solo para designar el signo clínico, sino también para nombrar enfermedades infecciosas en las que la elevación térmica es el rasgo más llamativo. La fiebre amarilla, la fiebre tifoidea, la fiebre reumática, la fiebre de Lassa o la fiebre de Malta son ejemplos bien conocidos. Cada una de ellas tiene una entrada propia en este diccionario, porque el añadido que acompaña a la palabra "fiebre" (un color, un topónimo, un adjetivo) define una enfermedad concreta con etiología, mecanismo y pronóstico propios. No se trata de variedades de fiebre, sino de enfermedades diferentes que comparten un signo común. Del latín febris, que significaba simplemente "calor". El sinónimo médico pirexia tiene raíz griega: procede de pyretós (πυρετός, "estado febril"), a su vez derivado de pŷr (πῦρ), "fuego". Son dos ramas lingüísticas distintas para un mismo concepto, y ambas perviven en la terminología actual: decimos "febril" con la voz latina y "antipirético" con la griega. No hay un umbral universal. La cifra más citada en la literatura médica es 38 °C de temperatura central, pero varía según el lugar de medición (axilar, oral, rectal, timpánica) y la hora del día. Por debajo de ese límite y por encima del rango normal (aproximadamente 37,5 °C) se habla de febrícula. Depende. Dentro de límites moderados (hasta 39-40 °C en adultos), la fiebre parece formar parte de la defensa del organismo frente a la infección: mejora la eficacia de ciertas respuestas inmunitarias y dificulta la replicación de algunos microorganismos. La fiebre por encima de 41 °C requiere atención médica urgente, y la hiperpirexia extrema (por encima de 42 °C) puede producir daño tisular, incluido el neurológico. La febrícula designa una elevación térmica de escasa magnitud, generalmente por debajo de 38 °C, que se prolonga en el tiempo. Técnicamente, sigue siendo fiebre (el mecanismo pirógeno es el mismo), pero la tradición clínica reserva el nombre para los cuadros de bajo grado y duración prolongada, a menudo de causa no inmediatamente evidente. No. Los antipiréticos inhiben la síntesis de prostaglandina E2 y, con ello, descienden el punto de ajuste del termostato hipotalámico, lo que reduce la temperatura. Actúan sobre el signo, no sobre la causa de la fiebre. Por eso la fiebre reaparece cuando el efecto del fármaco desaparece, mientras la causa subyacente persista. Consulte también la información clínica completa sobre la fiebre Si busca información sobre las causas, los tipos de fiebre y su manejo clínico, puede consultar la página sobre la fiebre elaborada por la Clínica Universidad de Navarra.Qué es la fiebre
Cómo se produce la fiebre
Fiebre e hipertermia: por qué no son lo mismo
Patrones febriles y su significado
La fiebre como nombre de enfermedad
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "fiebre"?
¿A partir de qué temperatura se considera fiebre?
¿La fiebre es perjudicial?
¿Qué diferencia hay entre fiebre y febrícula?
¿Los antipiréticos "curan" la fiebre?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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