DICCIONARIO MÉDICO
Fiebre de Lassa
La fiebre de Lassa es una fiebre hemorrágica viral causada por el virus de Lassa, un arenavirus cuyo reservorio es una rata. Es endémica en África Occidental, donde se estiman cientos de miles de infecciones cada año. La mayoría de los casos son leves, pero una fracción evoluciona a una forma grave; entre quienes se recuperan, la sordera es una secuela característica. Es una enfermedad infecciosa aguda producida por el virus de Lassa, un virus de ARN de la familia Arenaviridae, dentro del grupo de los arenavirus del Viejo Mundo. El nombre no tiene raíz griega ni latina: procede del topónimo de la aldea de Lassa, en el estado de Borno, al noreste de Nigeria, donde se identificó el primer caso humano. Es, en este sentido, un nombre geográfico, como ocurre con el ébola o con el virus de Marburg. La enfermedad figura entre las prioridades de investigación de la Organización Mundial de la Salud por su carga en África Occidental y su potencial epidémico. El episodio que dio nombre a la enfermedad está bien documentado. En 1969, una enfermera misionera, Laura Wine, enfermó de un cuadro febril desconocido mientras trabajaba en una clínica rural cerca de la aldea de Lassa. Fue trasladada a la ciudad de Jos, donde murió. El virus se aisló ese mismo año en un laboratorio estadounidense a partir de muestras relacionadas con aquel brote, y la enfermedad tomó el nombre del lugar. Conviene una matización que algunas fuentes pasan por alto: la enfermedad ya se había observado clínicamente en la década anterior; lo que ocurrió en 1969 fue la identificación y el aislamiento del virus, no la primera aparición del cuadro. El reservorio natural es la rata multimamada (Mastomys natalensis), conocida como rata común africana, muy extendida por África Occidental y frecuente en el entorno doméstico y en las zonas de almacenamiento de alimentos. Estas ratas no enferman, pero eliminan el virus por la orina y las heces. El contagio humano se produce al inhalar aerosoles de polvo contaminado, al consumir alimentos o utensilios contaminados o por contacto directo. Existe además transmisión de persona a persona, poco frecuente pero relevante en el medio sanitario cuando faltan medidas de control: el contagio ocurre por contacto con sangre y fluidos de pacientes. Es una zoonosis de transmisión ambiental, sin vector artrópodo. Alrededor del 80 % de las infecciones son asintomáticas o leves. Cuando hay síntomas, el inicio es gradual, tras una incubación de 2 a 21 días, con fiebre, astenia y malestar general; después pueden añadirse cefalea, faringitis, dolor torácico y abdominal y molestias digestivas. Una de cada cinco infecciones progresa a enfermedad grave, con afectación de varios órganos y, en algunos casos, manifestaciones hemorrágicas. Hay un dato que distingue a esta fiebre de las demás del grupo: en torno a una cuarta parte de los pacientes desarrolla sordera neurosensorial —una hipoacusia que puede ser permanente y que no se correlaciona con la gravedad del cuadro agudo—. Es la secuela más característica de la enfermedad. La infección es especialmente grave en el tercer trimestre del embarazo, con elevada pérdida fetal. La letalidad global ronda el 1 %, pero entre los pacientes hospitalizados graves asciende al 15 % o más; la convalecencia puede ser prolongada. Clínicamente, la fiebre de Lassa puede confundirse al inicio con el paludismo, la fiebre tifoidea u otras infecciones tropicales mucho más frecuentes, lo que dificulta su sospecha. Frente al ébola y al virus de Marburg —filovirus de letalidad muy alta—, la de Lassa es mayoritariamente leve y rara vez produce el sangrado masivo de aquellos. A diferencia de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, que se transmite por garrapatas, el reservorio aquí es un roedor y la transmisión es ambiental. La sordera como secuela es un rasgo propio que ayuda a orientar el diagnóstico retrospectivo. De la aldea de Lassa, en el estado de Borno, al noreste de Nigeria, donde en 1969 enfermó la primera persona en la que se identificó el virus, la enfermera Laura Wine. Es un nombre geográfico, sin etimología griega ni latina, igual que el del ébola o el del virus de Marburg. Sobre todo por contacto con orina o heces de la rata Mastomys, al inhalar polvo contaminado o al consumir alimentos en mal estado. También puede transmitirse de persona a persona por contacto con sangre o fluidos de un enfermo, sobre todo en hospitales sin medidas de control adecuadas. No se transmite por contacto casual. La sordera neurosensorial es la secuela más típica de la fiebre de Lassa: afecta aproximadamente a uno de cada cuatro pacientes y puede ser permanente. Llama la atención que aparece con independencia de lo grave que haya sido la fase aguda, incluso tras formas leves. El mecanismo no está del todo aclarado y se relaciona con la respuesta inmunitaria frente al virus. No, en términos generales. La mayoría de las infecciones por el virus de Lassa son leves o asintomáticas, mientras que el ébola es grave en la mayor parte de los casos. Ahora bien, la fiebre de Lassa causa muchas más infecciones cada año por su carácter endémico, y sus formas graves tienen una letalidad apreciable, sobre todo en el embarazo. No hay, por el momento, vacuna aprobada frente a la fiebre de Lassa, aunque es una de las enfermedades prioritarias para el desarrollo de vacunas a nivel internacional. La prevención se basa en el control de roedores, el almacenamiento seguro de alimentos y las medidas de protección en el ámbito sanitario. Si desea profundizar en conceptos asociados a la fiebre de Lassa, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la fiebre de Lassa
El brote de 1969 y el origen del nombre
Reservorio y transmisión
Curso clínico y secuelas
Diferenciación con otras fiebres hemorrágicas
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene el nombre "Lassa"?
¿Cómo se contagia la fiebre de Lassa?
¿Por qué algunos pacientes se quedan sordos?
¿Es tan grave como el ébola?
¿Existe vacuna?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
© Clínica Universidad de Navarra 2026