DICCIONARIO MÉDICO
Imagen
La palabra imagen designa en medicina dos realidades que conviene no confundir. Una es mental: la representación que el cerebro forma de un objeto o de una escena, esté presente o no. La otra es física: la representación visual del interior del cuerpo que obtienen la radiografía, la tomografía, la resonancia o la ecografía. Ambas descienden del latín imago, imaginis. Esta entrada funciona como puerta de acceso a los distintos tipos de imagen recogidos en el diccionario. El término procede del latín imago, imaginis, que significaba retrato, efigie o copia, y que los romanos emparentaban con imitari, imitar. Una imagen era, en su origen, la reproducción de algo ausente: la máscara de cera de un antepasado, la efigie grabada en una moneda, el reflejo temblando en el agua. De esa raíz nacieron también imaginar e imaginación. La medicina heredó la palabra sin resolver su ambigüedad, y por eso hoy la emplea en dos sentidos que apenas se rozan. En uno, la imagen vive dentro de la cabeza. Es la figura que evocamos al recordar un rostro, la que se cuela justo antes de dormirnos, la que un pintor asegura «ver» antes de tocar el lienzo. En el otro, la imagen se imprime fuera: en una placa, en un monitor, en un archivo informático. Es lo que aparece cuando un aparato atraviesa el cuerpo con rayos X o lo recorre con ultrasonidos. Los dos sentidos conviven en los diccionarios médicos, y de cada uno cuelga una familia entera de términos. Cierre los ojos y piense en la fachada de su casa. Esa figura que aparece, sin nada delante de los ojos, es una imagen mental. La percepción necesita un estímulo presente; la imagen mental prescinde de él. Puede brotar del recuerdo, de la fantasía o de esos estados fronterizos entre la vigilia y el sueño, y su viveza cambia muchísimo de una persona a otra (hay quien apenas visualiza nada y quien reconstruye una escena con todo lujo de detalle). La psicología ha ido poniendo nombre a cada variedad según su origen y su intensidad. La imagen mnémica es la que recupera la memoria. La imagen eidética, mucho más rara, conserva el detalle de una escena como si aún se estuviera contemplando. En el paso hacia el sueño surgen la imagen hipnagógica y, al despertar, la imagen hipnopómpica. Y en el límite con lo patológico se sitúa la imagen alucinoide, que remeda a la alucinación aunque quien la vive sabe que no es real. Todavía hay más nombres en el repertorio. La imagen consecutiva es la huella que deja en la retina una luz intensa; la imagen parásita, la que se entromete sin haber sido llamada; la imagen corporal, la representación que cada uno se hace de su propio cuerpo. Comparten un rasgo. Ninguna necesita que el objeto esté ahí. La segunda familia nació casi con fecha exacta. En 1895 Wilhelm Röntgen obtuvo la primera radiografía y mostró los huesos de una mano a través de la piel, algo que hasta entonces reservaba la disección. Desde ese día la medicina puede fabricar imágenes del interior del cuerpo sin abrirlo. El conjunto de técnicas que lo consiguen se agrupa bajo el nombre de diagnóstico por imagen. Según cómo se registre la información, la imagen resultante puede ser analógica, grabada sobre una película sensible, o digital, codificada como una matriz de números. La tomografía computarizada, la imagen por resonancia magnética y la ecografía nacen ya, de origen, en el terreno digital. Al describir lo que ve, el radiólogo recurre a un vocabulario propio, muy plástico. Un contorno que se rellena de contraste y sobresale de la pared es una imagen de adición; un defecto que desplaza ese contraste, una imagen de sustracción. Otras se bautizan por su parecido con objetos cotidianos, como la imagen en donuts, la imagen en ojo de buey o la imagen en nevada. Cuando un hallazgo carece de forma reconocible, se le llama imagen amorfa. Tres palabras que el lenguaje corriente usa casi como sinónimas conviene separarlas aquí. La percepción registra un estímulo que existe y está presente. La imagen, en su acepción mental, se salta esa presencia: reconstruye o inventa. La ilusión, en cambio, deforma un estímulo que sí está ahí, y la alucinación fabrica una percepción sin ningún estímulo detrás. La imagen mental se distingue de esta última en un punto que el propio sujeto reconoce: sabe que lo que aparece procede de su interior, no del mundo. Por la etimología. Imago significaba en latín «reproducción de algo ausente», y esa idea sirve tanto para la figura que evoca la mente como para la que dibuja un aparato del interior del cuerpo. El castellano conservó el término único y la medicina lo aprovechó en sus dos campos sin verse obligada a inventar dos palabras distintas. No exactamente. Imaginar suele implicar componer algo nuevo o hipotético, mientras que una imagen mental puede ser también el simple recuerdo visual de algo ya percibido. Ambas actividades, eso sí, comparten raíz y maquinaria cerebral. No. Mientras la persona sepa que esa figura nace de su mente y no de una percepción real, se trata de una imagen. La alucinación se caracteriza justo por lo contrario: se vive con la certeza de una percepción verdadera, sin conciencia de su origen interno. Desde 1895, cuando Röntgen registró la primera radiografía. Aquella placa inauguró una disciplina que después sumó la ecografía, la tomografía computarizada, la resonancia magnética y la medicina nuclear, cada una con su manera de traducir el interior del cuerpo en una imagen.Qué es una imagen
La imagen como representación mental
La imagen como representación diagnóstica
Imagen, percepción e ilusión
Preguntas frecuentes
¿Por qué la misma palabra nombra una imagen mental y una radiografía?
¿Formar una imagen mental es lo mismo que imaginar?
¿Ver algo con los ojos cerrados es una alucinación?
¿Desde cuándo existe la imagen médica?
Referencias
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