DICCIONARIO MÉDICO
Antiepiléptico
Un antiepiléptico es un fármaco diseñado para prevenir o reducir la frecuencia de las crisis epilépticas mediante la modulación de la actividad eléctrica cerebral. Se trata de una clase farmacológica heterogénea que agrupa más de veinte moléculas con mecanismos de acción diversos, todas dirigidas a controlar la hiperexcitabilidad de las neuronas. El término designa cualquier sustancia farmacológica capaz de reducir la probabilidad de que se desencadene una crisis epiléptica. No se refiere a un solo compuesto, sino a un grupo amplio de fármacos que comparten esa finalidad, aunque difieren notablemente en su estructura química y en la forma en que actúan sobre el tejido nervioso. Etimológicamente, la voz procede de la combinación del prefijo griego ἀντί (antí, "contra") con el adjetivo ἐπιληπτικός (epilēptikós), derivado a su vez del verbo ἐπιλαμβάνειν (epilambanein), que significa "apoderarse de" o "atrapar". La epilepsia era concebida en la Antigüedad como una fuerza que se apresaba del enfermo, y el antiepiléptico, literalmente, es aquello que se opone a esa captura. En español, la voz se documenta por primera vez en 1729, en la obra Escrutinio febrilogio de Manuel Pellaz y Espinosa, según los registros del Diccionario Histórico de la Lengua Española de la RAE. Para entender cómo actúa un antiepiléptico conviene recordar que la actividad eléctrica del cerebro depende del equilibrio entre señales excitadoras e inhibidoras. Cuando las neuronas reciben un estímulo excesivo o cuando la inhibición resulta insuficiente, se produce una descarga eléctrica anómala que puede propagarse y generar una crisis. Los antiepilépticos intervienen en ese equilibrio por vías distintas. Algunos bloquean canales iónicos de sodio o de calcio dependientes de voltaje, lo que dificulta la generación y propagación de los potenciales de acción repetitivos. Otros refuerzan la acción del GABA, el principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso central (ya sea potenciando su unión al receptor, impidiendo su recaptación o retrasando su degradación). Existe también un grupo que actúa sobre la neurotransmisión mediada por glutamato, reduciendo la excitación. La realidad, no obstante, es que la mayoría de las moléculas disponibles tienen más de una diana farmacológica, y en varios casos no se conocen todas con precisión. Ninguno de los antiepilépticos disponibles en la actualidad cura la epilepsia; su función es suprimir la actividad eléctrica anormal mientras se mantiene la administración del fármaco. Esa distinción es relevante. La historia de esta clase farmacológica arranca en 1857, cuando el ginecólogo británico Sir Charles Locock comunicó ante la Royal Medical and Chirurgical Society de Londres que el bromuro de potasio reducía las crisis en mujeres con epilepsia catamenial. No era un hallazgo buscado con método: Locock partía de la hipótesis, errónea, de que las crisis tenían un origen sexual, y el bromuro se empleaba entonces como sedante general. Los resultados, con todo, eran reales, y los bromuros se convirtieron durante medio siglo en la única herramienta farmacológica disponible. En 1912, el médico alemán Alfred Hauptmann observó que el fenobarbital, un barbitúrico utilizado como hipnótico, también reducía la frecuencia de las crisis epilépticas en sus pacientes. El fenobarbital tenía un margen terapéutico algo más favorable que el de los bromuros (que, aun así, distaba de ser amplio). Durante décadas siguió siendo la referencia. Un giro conceptual llegó en 1938, cuando Houston Merritt y Tracy Putnam, en Boston, utilizaron por primera vez un modelo de electroshock en gatos para evaluar de forma sistemática compuestos con posible actividad anticonvulsiva. Identificaron la difenilhidantoína (fenitoína), que controlaba las crisis sin producir la sedación profunda de los barbitúricos. Fue la primera vez que un antiepiléptico se descubrió mediante cribado farmacológico, no por accidente clínico. A partir de la década de 1960 se fueron incorporando nuevas moléculas. Las producidas antes de 1993 suelen denominarse de primera generación; las aprobadas entre 1993 y comienzos de los años 2000, de segunda; y las posteriores, de tercera. Cada oleada ha aportado perfiles farmacocinéticos más predecibles y, en general, un menor potencial de interacciones con otros medicamentos, lo que tiene repercusión directa sobre la calidad de vida de los pacientes. Ambos términos se utilizan a menudo como sinónimos y, de hecho, la mayor parte de la literatura médica los intercambia sin mayor explicación. Existe, sin embargo, un matiz que conviene conocer. "Anticonvulsivante" alude específicamente a la capacidad de suprimir convulsiones, que son la manifestación motora de algunas crisis epilépticas, pero no de todas: las crisis de ausencia, por ejemplo, cursan sin movimientos convulsivos. "Antiepiléptico", en rigor, abarca un espectro más amplio, puesto que se refiere a la prevención de cualquier tipo de crisis epiléptica, con o sin componente motor. La Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) ha preferido en los últimos años la denominación "anticrisis" (anti-seizure medication, ASM), que evita sugerir que estos fármacos curan la epilepsia como enfermedad. En la práctica clínica cotidiana, las tres designaciones coexisten sin provocar confusión relevante. Del griego ἀντί (antí, "contra") y ἐπιληπτικός (epilēptikós, "que se apodera de alguien"), derivado del verbo ἐπιλαμβάνειν. En español aparece documentada desde 1729. No. Los antiepilépticos controlan la actividad eléctrica anormal del cerebro mientras se mantiene su administración, pero no actúan sobre los mecanismos que originan la enfermedad. Si se retira el fármaco, las crisis pueden reaparecer. La ILAE, de hecho, ha propuesto sustituir el término por "medicamento anticrisis" para evitar esa confusión. En 1857. Sir Charles Locock presentó ante la Royal Medical and Chirurgical Society de Londres los resultados obtenidos con bromuro de potasio en mujeres epilépticas, aunque su hipótesis sobre el mecanismo era incorrecta. Antes de esa fecha no existía ningún recurso farmacológico específico contra las crisis. Depende del contexto. En la práctica, ambos términos se usan indistintamente. Si se quiere ser preciso, "antiepiléptico" cubre todos los tipos de crisis (incluidas las que no producen convulsiones), mientras que "anticonvulsivante" se refiere específicamente a las manifestaciones motoras. La tendencia actual es usar "medicamento anticrisis", una denominación más neutra promovida por la ILAE. Si desea profundizar en conceptos asociados a los antiepilépticos, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es un antiepiléptico
Excitabilidad neuronal y modulación farmacológica
De los bromuros a las moléculas de tercera generación
Diferenciación entre antiepiléptico y anticonvulsivante
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra antiepiléptico?
¿Un antiepiléptico cura la epilepsia?
¿Cuándo se utilizó por primera vez un fármaco con actividad antiepiléptica?
¿Es lo mismo antiepiléptico que anticonvulsivante?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026