DICCIONARIO MÉDICO
Yodo
El yodo (símbolo I, número atómico 53), también escrito iodo en su forma culta, es un elemento químico halógeno y un oligoelemento necesario para el organismo humano. Su papel biológico principal es servir de componente estructural de las hormonas tiroideas, sin las cuales no son posibles el metabolismo normal ni el desarrollo neurológico fetal e infantil. En medicina tiene además usos como antiséptico tópico, como medio de contraste radiológico y, en forma de yodo radiactivo, aplicaciones diagnósticas y terapéuticas en patología tiroidea. Para la forma iónica del yodo, las sales medicinales y la profilaxis frente al yodo radiactivo, véase yoduro; para el parámetro analítico tiroideo hoy en desuso, véase yodo proteico. El yodo es un elemento químico del grupo de los halógenos (grupo VIIA de la tabla periódica), junto con el flúor, el cloro y el bromo. En su forma pura se presenta como un sólido cristalino de color violeta oscuro casi negro, con brillo metálico, que tiene la particularidad de sublimar con facilidad: pasa directamente de sólido a vapor violáceo característico sin licuarse, fenómeno que se aprovecha en química analítica y que está en el origen de su nombre. La palabra "yodo" procede del griego ἰοειδής (ioeidḗs), "de color violeta", acuñada en 1813 por el químico francés Joseph Louis Gay-Lussac al caracterizar el nuevo elemento aislado dos años antes por Bernard Courtois a partir de cenizas de algas marinas. En la naturaleza el yodo es escaso. La corteza terrestre lo contiene en cantidades muy pequeñas; donde abunda es en el agua de mar y, por tanto, en las algas, los pescados marinos y los suelos costeros. Las zonas alejadas del mar, los valles de interior y las regiones montañosas tienden al déficit endémico. El yodo aparece en tres formas químicas relevantes en medicina: como yodo molecular (I₂, la forma con actividad antiséptica), como yoduro (I⁻, el anión, presente en el agua, los alimentos y los suplementos, y la forma que absorbe el organismo), y como parte de moléculas orgánicas yodadas (las propias hormonas tiroideas, la amiodarona, los medios de contraste radiológicos). Datos básicos para usos escolares: símbolo I, número atómico 53, masa atómica 126,9 u, descubierto en 1811. Sin yodo no hay hormona tiroidea posible. La glándula tiroides capta yoduro de la sangre mediante una proteína transportadora llamada simportador sodio-yoduro (NIS), lo oxida y lo incorpora a residuos del aminoácido tirosina presentes en la tiroglobulina. El acoplamiento posterior de esas tirosinas yodadas da lugar a las dos hormonas tiroideas activas: la tiroxina (T4), con cuatro átomos de yodo, y la triyodotironina (T3), con tres. Las funciones biológicas dependientes de las hormonas tiroideas son muchas y atraviesan prácticamente todos los sistemas: regulación del metabolismo basal y del gasto energético, mantenimiento de la temperatura corporal, función cardiovascular, fertilidad, crecimiento óseo y, de forma especialmente crítica, desarrollo del sistema nervioso central durante el embarazo y los primeros años de vida. Por eso un déficit de yodo en la madre durante la gestación puede tener consecuencias neurológicas irreversibles en el hijo, mientras que en el adulto los efectos del déficit, aun siendo importantes, son más reversibles. La ingesta diaria recomendada de yodo en adultos es de aproximadamente 150 µg, según la Organización Mundial de la Salud. Aumenta a 220-250 µg en el embarazo y a 250-290 µg en la lactancia, dado el incremento de las necesidades hormonales y el aporte que la madre debe transferir al feto y al lactante. El organismo no fabrica yodo ni lo almacena en cantidades importantes a largo plazo: debe aportarse de forma continua con la dieta. El déficit de yodo es, según la OMS, la causa prevenible más frecuente de retraso mental en el mundo, y sigue siendo problema de salud pública en zonas montañosas, valles interiores y regiones alejadas del mar de varios continentes. En el adulto, el déficit crónico se manifiesta principalmente como bocio endémico (la glándula tiroides aumenta de tamaño en un intento de captar más yodo de una sangre que lo contiene en cantidad insuficiente) y, si el déficit es grave, como hipotiroidismo con todas sus manifestaciones (cansancio, intolerancia al frío, lentitud cognitiva, aumento de peso). Donde las consecuencias son verdaderamente graves es en el embarazo y la primera infancia. El déficit grave de yodo materno se asocia con aborto espontáneo, mortalidad perinatal aumentada y, en el caso extremo, cretinismo endémico en el niño: retraso mental grave, sordomudez, talla baja e hipotiroidismo congénito. En grados menores y subclínicos, el déficit gestacional se ha asociado con peor rendimiento cognitivo y escolar de los hijos años después. Esta es la razón por la que la yodación universal de la sal, recomendada por la OMS desde los años noventa, se considera una de las intervenciones de salud pública con mejor relación coste-beneficio del siglo XX. La sal yodada es sal común (cloruro sódico) a la que se añade un compuesto de yodo, habitualmente yoduro potásico o yodato potásico, en cantidades del orden de 15-30 mg de yodo por kilogramo de sal. Cada gramo de sal yodada aporta entre 60 y 100 µg de yodo, de modo que el consumo normal de sal en la alimentación diaria cubre con holgura las necesidades de un adulto. Es la medida de prevención del déficit recomendada por la OMS y adoptada con normativa específica por la mayoría de los países hispanohablantes. Una pregunta frecuente, sobre todo desde la moda de las sales "gourmet", es si la sal del Himalaya y la sal marina aportan yodo suficiente. La respuesta es no. La sal del Himalaya contiene cantidades muy pequeñas de yodo natural, insuficientes para cubrir las necesidades nutricionales; quien la consuma como sal principal sin otro aporte está expuesto a déficit. La sal marina, pese a su origen, tampoco aporta yodo en cantidades significativas: el proceso de evaporación elimina la mayor parte. Ninguna de las dos es sustituto de la sal yodada, por bien intencionada que sea la elección. En el otro extremo está la sal sin yodo (a veces denominada "yodo blanco" en farmacias hispanoamericanas), que es sal común sin fortificar. No es una sal "mejor" ni "más natural"; es una sal indicada solo en situaciones médicas concretas, sobre todo cuando se prepara una gammagrafía tiroidea o una terapia con yodo radiactivo, en las que se requiere una dieta baja en yodo durante unos días para que la prueba o el tratamiento funcionen. Fuera de esa indicación, no aporta beneficio. El déficit es, con diferencia, el problema más extendido en el mundo. Pero el exceso de yodo también puede alterar la función tiroidea, y los contextos en que aparece son cada vez más frecuentes en la práctica clínica: administración de medios de contraste yodado en pruebas radiológicas, tratamiento con amiodarona, aplicación de povidona yodada en grandes superficies cutáneas o mucosas, y consumo crónico de algas marinas concentradas (kombu, wakame) o de suplementos a base de algas. Dos fenómenos opuestos explican la mayor parte de la repercusión clínica del exceso. El efecto Wolff-Chaikoff consiste en la inhibición transitoria de la síntesis hormonal cuando la tiroides recibe una sobrecarga aguda de yodo, mecanismo que el propio cuerpo utiliza como autoprotección y que se aprovecha farmacológicamente con el yoduro potásico (véase yoduro). El fenómeno de Jod-Basedow, en cambio, describe el escenario contrario: en tiroides con autonomía funcional previa (nódulos autónomos, bocio multinodular, autoinmunidad latente), el aporte brusco de yodo puede desencadenar hipertiroidismo. El mensaje práctico es sencillo: "más yodo" no equivale a "más salud tiroidea", y las personas con patología tiroidea conocida deben consultar antes de tomar suplementos con yodo o algas concentradas. El yodo tiene, más allá de su papel nutricional, cuatro usos médicos clásicos que se resumen aquí, con enlace al desarrollo completo de cada uno. El yodo molecular y, sobre todo, sus complejos con polímeros como la povidona yodada (comercializada como Betadine y otras marcas), tienen acción antiséptica de amplio espectro frente a bacterias, virus, hongos y protozoos. Se utiliza para desinfección de piel intacta, limpieza de heridas, antisepsia preoperatoria y desinfección de mucosas en presentaciones específicas (solución, gel, espuma, jabón quirúrgico, formulación bucofaríngea). Históricamente se emplearon también la tintura de yodo (alcohólica) y la solución de Lugol (acuosa). Para indicaciones, contraindicaciones y modo de empleo, véase la entrada de medicamento. En radiología, las moléculas yodadas hidrosolubles se utilizan como medios de contraste yodado para opacificar vasos y órganos en pruebas de imagen como la TAC con contraste, la angiografía y la urografía. Los contrastes modernos son mayoritariamente no iónicos de baja osmolaridad, con un perfil de seguridad muy mejorado respecto a los iónicos clásicos. Las reacciones adversas posibles, desde leves (sofocos, náusea) hasta graves (anafilaxia), son hoy poco frecuentes, y la principal precaución específica es la nefrotoxicidad por contraste en pacientes con función renal previamente alterada. Determinados isótopos radiactivos del yodo, principalmente el I-131 y el I-123, se utilizan en medicina nuclear. El I-131 tiene aplicación terapéutica: ablación del tejido tiroideo hiperfuncionante en la enfermedad de Graves-Basedow y en otras formas de hipertiroidismo, y eliminación de restos tiroideos tras tiroidectomía en el cáncer diferenciado de tiroides. El I-123 se emplea en diagnóstico para la gammagrafía tiroidea y los estudios de captación. El yodo estable de la dieta y el yodo molecular antiséptico no emiten radiación; el yodo radiactivo sí, y por eso se administra exclusivamente en centros de medicina nuclear autorizados, bajo protocolos estrictos. Para el desarrollo completo, véase radioiodo. En el mercado existen presentaciones muy variadas: yodo naciente, yodo coloidal, solución de Lugol en formato nutricional, comprimidos de yoduro potásico, multivitamínicos con yodo, suplementos a base de algas. El mensaje médico de partida es claro: la mayoría de la población hispanohablante con acceso a sal yodada y a una dieta variada no necesita suplementos de yodo. La suplementación está indicada en situaciones concretas (embarazo y lactancia, sobre todo, donde la mayoría de las guías recomiendan 200 µg de yoduro potásico bajo prescripción ginecológica) y debe ser pautada siempre por un médico. Tomar suplementos de yodo de forma indiscriminada, sobre todo en personas con patología tiroidea preexistente, puede precipitar disfunción. El yodo forma parte de moléculas orgánicas más allá de las hormonas: las iodotirosinas y las iodotironinas son los precursores y los productos intermedios de la síntesis hormonal en la tiroides. Una fracción importante del yodo que circula en sangre lo hace unido a proteínas plasmáticas, lo que dio lugar al parámetro analítico clásico llamado yodo proteico o PBI, hoy en desuso clínico, sustituido por la medición directa de T4 libre y TSH. Fuera de la medicina, el yodo aparece en química industrial, en fotografía clásica (yoduro de plata, usado en emulsiones fotosensibles y en siembra de nubes para inducir precipitación) y en química orgánica como reactivo en reacciones de alquilación (yoduro de metilo, yoduro de propilo). Del griego ioeidḗs, "de color violeta". El químico francés Joseph Louis Gay-Lussac acuñó el término en 1813 para describir el vapor violáceo que desprende el elemento al sublimar. Dos años antes, Bernard Courtois lo había aislado por primera vez a partir de cenizas de algas marinas. No. El yodo es el elemento químico, con el yodo molecular (I₂) como una de sus formas; el yoduro es su forma iónica (I⁻), la que el organismo capta de la dieta y utiliza para fabricar hormonas tiroideas. Solo comparten el nombre del elemento. El yodo de la sal yodada es yodo estable, no emite radiación y se incorpora a las hormonas tiroideas como cualquier otro yodo de la dieta. El yodo radiactivo empleado en medicina nuclear corresponde a isótopos concretos, principalmente el I-131 y el I-123, que sí emiten radiación y se administran en dosis controladas, exclusivamente en centros autorizados. La sal yodada ya cubre las necesidades de la mayoría de los adultos con una dieta variada. Los suplementos solo están indicados en situaciones concretas, como el embarazo y la lactancia, y su pauta corresponde siempre a un médico. No. Ambas contienen cantidades de yodo demasiado pequeñas para cubrir las necesidades diarias. Quien las use como única sal de la dieta, sin otra fuente de yodo, está expuesto a un déficit.Qué es el yodo
Para qué sirve el yodo: papel biológico
Déficit de yodo: consecuencias
Sal yodada: la principal fuente alimentaria de yodo
Exceso de yodo: cuándo se vuelve un problema
Usos médicos del yodo
Yodo como antiséptico tópico
Yodo como medio de contraste radiológico
Yodo radiactivo: diagnóstico y terapia
Yodo en suplementos: cuándo tiene sentido
Otras presencias del yodo en el organismo y en química
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "yodo"?
¿Es lo mismo yodo que yoduro?
¿Es el mismo yodo el de la sal de mesa y el que se usa en medicina nuclear?
¿Hace falta tomar suplementos de yodo si ya se consume sal yodada?
¿La sal marina o la sal del Himalaya aportan suficiente yodo?
Referencias
Entradas relacionadas
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026