DICCIONARIO MÉDICO
Yodo proteico
El yodo proteico (PBI) es el yodo unido a proteínas en la sangre, principalmente a las hormonas tiroideas T4 y T3. Su medición fue la primera prueba de laboratorio para evaluar la función del tiroides, hoy sustituida por métodos más precisos. La evaluación de la función de la glándula tiroides es uno de los procedimientos más habituales en la práctica clínica, ya que las hormonas tiroideas influyen en el funcionamiento de prácticamente todos los órganos y sistemas del cuerpo humano. Antes de que existieran las técnicas modernas de análisis hormonal, los médicos disponían de un método pionero para estimar la cantidad de hormona tiroidea circulante en sangre: la determinación del yodo proteico, también conocido como PBI (del inglés protein-bound iodine). Comprender qué es el yodo proteico, por qué fue importante en la historia de la medicina y cómo se evalúa actualmente la función tiroidea resulta de utilidad para los pacientes que se someten a analíticas de control tiroideo o que desean profundizar en el significado de sus pruebas de laboratorio. El yodo proteico se define como la cantidad de yodo que se encuentra unida a las proteínas del suero sanguíneo. En condiciones fisiológicas normales, la práctica totalidad del yodo unido a proteínas en la sangre corresponde al yodo presente en las hormonas tiroideas circulantes: la tiroxina (T4) y, en menor proporción, la triyodotironina (T3). Las hormonas tiroideas contienen yodo como parte integral de su estructura molecular: la T4 contiene cuatro átomos de yodo y la T3 contiene tres átomos de yodo. Cuando estas hormonas se liberan al torrente sanguíneo, viajan unidas a proteínas transportadoras —principalmente la globulina fijadora de tiroxina (TBG), pero también la transtiretina (prealbúmina) y la albúmina— que las protegen de la degradación y las transportan hasta los tejidos donde ejercen su acción. Solo una fracción mínima de las hormonas tiroideas circula en forma libre (no unida a proteínas): apenas el 0,03 % de la T4 y el 0,3 % de la T3. Es precisamente esta fracción libre la que es biológicamente activa. Por tanto, el yodo proteico es un reflejo indirecto de la concentración de hormonas tiroideas en la sangre. Dado que aproximadamente el 90 % del yodo unido a proteínas séricas corresponde a la T4, la determinación del yodo proteico proporcionaba una estimación razonable, aunque imperfecta, de los niveles de hormona tiroidea circulante. La determinación del yodo proteico sérico fue la primera prueba de laboratorio utilizada de forma rutinaria para evaluar la función tiroidea. Se desarrolló a mediados del siglo XX, cuando los conocimientos sobre la bioquímica de las hormonas tiroideas eran todavía limitados y no se disponía de las sofisticadas técnicas de inmunoensayo que existen en la actualidad. El procedimiento para medir el yodo proteico consistía en precipitar las proteínas del suero sanguíneo, eliminar el yodo inorgánico libre (no unido a proteínas) y, a continuación, incinerar las proteínas precipitadas para liberar el yodo que contenían. El yodo liberado se cuantificaba mediante una reacción colorimétrica y se comparaba con estándares de concentración conocida. El resultado se expresaba en microgramos de yodo por decilitro de suero (μg/dL). Los valores de referencia considerados normales para el yodo proteico se situaban entre 4 y 8 μg/dL. Valores superiores a 8 μg/dL sugerían hipertiroidismo, y valores inferiores a 4 μg/dL orientaban hacia un hipotiroidismo. Aunque la prueba del yodo proteico representó un avance significativo en su momento, presentaba limitaciones importantes que fueron las responsables de su abandono progresivo: A partir de la década de 1970, el desarrollo de las técnicas de radioinmunoensayo (RIA) permitió medir directamente las concentraciones de T4 y T3 en suero con mayor precisión, especificidad y menor interferencia por sustancias externas. Este avance supuso una revolución en la endocrinología, ya que por primera vez era posible cuantificar de forma directa la hormona tiroidea en sangre, sin las interferencias que limitaban la utilidad del yodo proteico. Posteriormente, la introducción de los inmunoensayos no isotópicos automatizados, que son los que se utilizan hoy en la mayoría de los laboratorios, perfeccionó aún más la medición y permitió procesar grandes volúmenes de muestras con rapidez y fiabilidad. En la década de 1980, el desarrollo de los ensayos de TSH ultrasensibles (de segunda y tercera generación) añadió otra herramienta fundamental, capaz de detectar tanto elevaciones como supresiones de la TSH con gran precisión, lo que convirtió a la TSH en la prueba de cribado más utilizada para la evaluación inicial de la función tiroidea. En la actualidad, las pruebas de laboratorio para evaluar la función tiroidea incluyen la determinación de TSH, T4 libre (FT4), T3 libre (FT3) y, en situaciones específicas, anticuerpos antitiroideos y tiroglobulina, entre otras. La prueba del yodo proteico ha quedado completamente obsoleta en la práctica clínica, aunque conserva un valor histórico indiscutible como la técnica que inició la era de la evaluación bioquímica de la función tiroidea y sentó las bases para el desarrollo de los ensayos hormonales modernos que hoy permiten diagnosticar y tratar con eficacia millones de casos de disfunción tiroidea en todo el mundo. Para comprender plenamente el concepto de yodo proteico es necesario conocer cómo el yodo se integra en la estructura de las hormonas tiroideas. La glándula tiroides capta el yoduro (I⁻) de la sangre mediante un mecanismo de transporte activo (cotransportador sodio-yoduro, NIS). Una vez en el interior de la célula tiroidea, el yoduro es oxidado y se incorpora a los residuos de tirosina de una proteína de gran tamaño llamada tiroglobulina, que se almacena en el coloide de los folículos tiroideos. Este proceso se denomina organificación del yodo y está catalizado por la enzima peroxidasa tiroidea (TPO). La yodación de los residuos de tirosina produce dos compuestos intermedios: Mediante reacciones de acoplamiento dentro de la tiroglobulina se forman las hormonas tiroideas propiamente dichas: Una vez secretadas al torrente sanguíneo, las hormonas tiroideas se unen a proteínas transportadoras. La distribución del yodo proteico en condiciones normales es la siguiente: Este yodo unido a las proteínas plasmáticas es precisamente lo que cuantificaba la prueba del yodo proteico. Al ser la T4 la hormona mayoritaria en la circulación, el yodo proteico reflejaba predominantemente los niveles de T4 total. En la actualidad, la evaluación de la función tiroidea se realiza mediante pruebas de laboratorio mucho más precisas y específicas que la antigua determinación del yodo proteico. Estas pruebas permiten al médico detectar con fiabilidad tanto el hipotiroidismo como el hipertiroidismo, identificar su causa y monitorizar la respuesta al tratamiento. La determinación de la TSH sérica es la prueba más sensible y la más utilizada como primer paso en la evaluación de la función tiroidea. La TSH es producida por la hipófisis anterior y actúa como un termostato: cuando las hormonas tiroideas en sangre descienden, la hipófisis aumenta la producción de TSH para estimular a la tiroides; cuando las hormonas tiroideas están en exceso, la producción de TSH se reduce. Por este motivo, un nivel elevado de TSH sugiere hipotiroidismo (la tiroides produce pocas hormonas) y un nivel bajo de TSH sugiere hipertiroidismo (la tiroides produce hormonas en exceso). Los valores de referencia normales de TSH en adultos se sitúan habitualmente entre 0,4 y 4,0 mUI/L, aunque pueden variar ligeramente entre laboratorios y según la edad y el estado fisiológico del paciente. La determinación de la T4 libre (FT4) mide la fracción de tiroxina que circula sin unirse a las proteínas transportadoras, que es la fracción biológicamente activa. A diferencia de la antigua prueba del yodo proteico, la FT4 no se ve afectada por los cambios en las concentraciones de TBG ni por la exposición a sustancias yodadas exógenas. La T3 libre (FT3) se solicita en situaciones específicas, como cuando se sospecha una tirotoxicosis por T3 (una forma de hipertiroidismo en la que la T3 está elevada pero la T4 puede ser normal). Juntas, la TSH y la FT4 constituyen la combinación de pruebas más utilizada para la evaluación inicial de la función tiroidea. El médico determinará qué pruebas son las más adecuadas en función de la sospecha clínica y de las circunstancias de cada paciente. El embarazo es un periodo de especial vulnerabilidad a la deficiencia de yodo. Durante la gestación, las necesidades de yodo aumentan considerablemente debido a varios factores: el incremento en la producción de hormonas tiroideas maternas para satisfacer las necesidades del feto (cuya tiroides no es funcional durante el primer trimestre), el aumento de las pérdidas renales de yoduro y la transferencia de yodo al feto a través de la placenta. La OMS recomienda una ingesta diaria de yodo de al menos 250 μg durante el embarazo y la lactancia, frente a los 150 μg recomendados para la población adulta general. Cuando la ingesta de yodo es insuficiente durante la gestación, puede producirse un hipotiroidismo materno o fetal con consecuencias potencialmente graves para el desarrollo neurológico del feto, incluyendo un menor cociente intelectual, alteraciones cognitivas y, en los casos más severos de deficiencia, cretinismo endémico. En muchos países, incluida España, las sociedades científicas de ginecología y endocrinología recomiendan la suplementación con yoduro potásico (habitualmente 200 μg/día) durante el embarazo y la lactancia, especialmente en mujeres que no alcanzan la ingesta recomendada a través de la dieta. Esta suplementación debe ser indicada y supervisada por el profesional sanitario que realiza el seguimiento del embarazo. Es recomendable consultar con un profesional sanitario ante la presencia de síntomas que sugieran una alteración de la función tiroidea: El especialista valorará los síntomas, solicitará las pruebas de laboratorio pertinentes y establecerá el diagnóstico y el tratamiento más adecuados. No. La prueba del yodo proteico (PBI) fue sustituida completamente por las determinaciones directas de las hormonas tiroideas (TSH, T4 libre, T3 libre) a partir de los años 70 del siglo XX. Las técnicas actuales de inmunoensayo son mucho más precisas, específicas y menos susceptibles a interferencias que la antigua determinación del yodo proteico. En la actualidad, ningún laboratorio clínico utiliza el PBI como prueba de rutina para evaluar la función tiroidea. Si un paciente lee en un informe antiguo o en un texto médico la referencia al "yodo proteico" o "PBI", debe saber que se trata de una prueba histórica que hoy ha sido completamente reemplazada por técnicas muy superiores. No obstante, el término sigue apareciendo en diccionarios médicos y en la literatura endocrinológica por su importancia como la primera prueba bioquímica que permitió estimar la función tiroidea de forma cuantitativa. El yodo de la dieta es el precursor del yodo proteico sérico. El yodo ingerido con los alimentos (sal yodada, pescado, marisco, productos lácteos) se absorbe en el intestino en forma de yoduro, pasa a la sangre, es captado por la tiroides y se incorpora a las hormonas tiroideas. Una vez que las hormonas se liberan al torrente sanguíneo unidas a proteínas transportadoras, el yodo que contienen pasa a formar parte del denominado yodo proteico. Por tanto, existe una relación directa entre la ingesta dietética de yodo y los niveles de yodo proteico, aunque mediada por la regulación hormonal de la tiroides. Una deficiencia grave de yodo en la dieta puede reducir la síntesis de hormonas tiroideas y, consecuentemente, disminuir el yodo proteico, mientras que un exceso de yodo puede tener efectos variables sobre la función tiroidea según las circunstancias individuales. La función tiroidea se regula mediante un sistema complejo en el que intervienen la hipófisis (a través de la TSH), la glándula tiroides (a través de la producción de T4 y T3), las proteínas transportadoras, las enzimas desyodasas periféricas y el propio sistema inmunitario. Cada prueba de laboratorio mide un aspecto diferente de este sistema, y ninguna prueba aislada proporciona toda la información necesaria para evaluar completamente la función tiroidea en todas las situaciones clínicas. Por ejemplo, la TSH es excelente como prueba de cribado, pero la T4 libre es necesaria para confirmar y cuantificar el grado de disfunción; la T3 libre es imprescindible para detectar la tirotoxicosis por T3; y los anticuerpos antitiroideos permiten identificar la causa autoinmune de muchas patologías del tiroides. El especialista seleccionará la combinación de pruebas más adecuada para cada situación clínica. Sí. Los medios de contraste yodados utilizados en estudios de tomografía computarizada (TC), angiografía u otras pruebas de imagen contienen cantidades significativas de yodo. Tras su administración, el organismo se expone a una carga elevada de yoduro que puede alterar transitoriamente los resultados de las pruebas tiroideas durante semanas o incluso meses. En la época en la que se utilizaba la prueba del yodo proteico, los contrastes yodados eran una de las causas más frecuentes de resultados falsamente elevados. Con las pruebas actuales de TSH y T4 libre, la interferencia directa sobre la técnica analítica es mínima, pero la sobrecarga de yodo puede provocar cambios reales en la función tiroidea (hipotiroidismo o hipertiroidismo inducido por yodo), especialmente en personas con patología tiroidea previa. Si un paciente se ha sometido recientemente a una prueba con contraste yodado y necesita una evaluación tiroidea, el médico tendrá en cuenta este antecedente al interpretar los resultados. La tiroglobulina es una proteína de gran tamaño producida exclusivamente por las células tiroideas. Es la molécula sobre la que se sintetizan las hormonas tiroideas y, por tanto, contiene yodo en su estructura. En condiciones normales, solo cantidades muy pequeñas de tiroglobulina se liberan al torrente sanguíneo. Su medición en sangre no se utiliza para evaluar la función tiroidea habitual, sino como marcador tumoral en el seguimiento de pacientes que han sido tratados quirúrgicamente por un cáncer diferenciado de tiroides (papilar o folicular). En la antigua prueba del yodo proteico, pequeñas cantidades de tiroglobulina circulante podían contribuir al resultado, constituyendo una fuente adicional de imprecisión de la técnica. © Clínica Universidad de Navarra 2026Qué es yodo proteico
Historia de la prueba del yodo proteico
Fundamento de la técnica
Limitaciones del yodo proteico
Sustitución por técnicas modernas
El yodo en las hormonas tiroideas
Síntesis de las hormonas tiroideas
Transporte de las hormonas tiroideas en sangre
Pruebas actuales de función tiroidea
TSH (hormona estimulante del tiroides)
T4 libre y T3 libre
Otras pruebas complementarias
Importancia del yodo durante el embarazo
Cuándo acudir al médico
Preguntas frecuentes sobre el yodo proteico
¿Se sigue utilizando la prueba del yodo proteico?
¿Qué relación tiene el yodo proteico con el yodo de la dieta?
¿Por qué hay tantas pruebas diferentes para medir la función del tiroides?
¿Los contrastes de radiología afectan a las pruebas de tiroides?
¿Qué es la tiroglobulina y tiene relación con el yodo proteico?
Referencias
© Clínica Universidad de Navarra 2026