DICCIONARIO MÉDICO
Flora vaginal
La flora vaginal es el conjunto de microorganismos que coloniza de forma habitual la vagina de la mujer en edad fértil. Está dominada por bacilos del género Lactobacillus, también conocidos como bacilos de Döderlein, que mantienen un pH ácido (entre 3,8 y 4,5) y constituyen la primera barrera defensiva del aparato genital frente a microorganismos patógenos. La flora vaginal —también llamada microbiota vaginal o, en lenguaje popular, flora íntima— designa la comunidad de bacterias y, en menor proporción, de hongos, que reside de manera natural en la mucosa vaginal y mantiene una relación de equilibrio con el organismo que la alberga. No se trata de contaminación ni de infección: estas bacterias son inquilinos comensales y, en muchos casos, auténticos simbiontes que aportan protección frente a la colonización por patógenos. La palabra "flora" procede del latín Flora, nombre de la diosa romana de las flores y la primavera. El término llegó a la botánica en el siglo XVIII para designar el conjunto de plantas de una región, y se extendió después por analogía al conjunto de microorganismos que pueblan un medio biológico —de ahí "flora intestinal" o "flora vaginal"—. La microbiología moderna prefiere el término "microbiota", más preciso desde el punto de vista taxonómico, porque las bacterias no son plantas. Aun así, "flora vaginal" sigue siendo el nombre de uso clínico y popular más extendido y los dos términos se emplean como equivalentes. El primer estudio microbiológico sistemático de las secreciones vaginales lo publicó en 1892 el ginecólogo alemán Albert Döderlein en su obra Das Scheidensekret und seine Bedeutung für das Puerperalfieber ("La secreción vaginal y su importancia en la fiebre puerperal"). Döderlein describió allí un bacilo grampositivo, alargado e inmóvil, presente de forma constante en la vagina sana y ausente o muy disminuido en las pacientes con infección puerperal. Su intuición central —que la acidez vaginal era el estado fisiológico normal y un mecanismo defensivo frente a la infección— marcó el nacimiento de la bacteriología ginecológica. Por eso los lactobacilos vaginales se siguen denominando bacilos de Döderlein. En la mujer en edad fértil, los lactobacilos representan más del 95 % de los microorganismos cultivables de la vagina sana. Durante casi un siglo se atribuyó el papel dominante a Lactobacillus acidophilus, pero las técnicas moleculares de secuenciación desarrolladas a partir de los años noventa han mostrado un panorama bastante más complejo. Las especies vaginales prevalentes son hoy L. crispatus, L. iners, L. gasseri y L. jensenii, con proporciones que varían entre mujeres y a lo largo del ciclo. L. crispatus se asocia al perfil de mayor estabilidad y mejor defensa, mientras que L. iners aparece en comunidades más fluctuantes y susceptibles de transición hacia la disbiosis. Junto a los lactobacilos conviven, en concentraciones mucho más bajas, otras bacterias —Gardnerella vaginalis, Escherichia coli, estreptococos del grupo B, especies de Prevotella— y la propia Candida albicans, presente como comensal en buena parte de las mujeres sin causar síntomas. La frontera entre comensal y patógeno depende, en estos casos, del equilibrio cuantitativo: lo que define la flora vaginal sana no es la ausencia de estos microorganismos, sino su contención por parte de los lactobacilos. Los lactobacilos vaginales metabolizan el glucógeno almacenado en las células del epitelio escamoso vaginal y lo transforman en ácido láctico. Este metabolismo es la pieza clave de todo el sistema: el ácido láctico mantiene el pH vaginal en valores entre 3,8 y 4,5, un rango hostil para la mayoría de las bacterias patógenas y para muchos hongos oportunistas. A esta acidificación se suman otros mecanismos defensivos. Algunas cepas producen peróxido de hidrógeno y bacteriocinas, péptidos antimicrobianos con actividad selectiva frente a anaerobios. Los lactobacilos también compiten por los receptores epiteliales y por los nutrientes del medio, lo que dificulta físicamente la adherencia y la implantación de microorganismos invasores. El conjunto funciona como un ecosistema de exclusión competitiva: la presencia de los inquilinos habituales es lo que impide la llegada de los indeseados. La dependencia de este sistema respecto al estrógeno es estrecha. Los estrógenos inducen la maduración del epitelio vaginal y el depósito de glucógeno; sin glucógeno no hay sustrato para los lactobacilos, sin lactobacilos no hay ácido láctico, y sin ácido láctico no hay pH ácido. Por eso la composición y la función de la flora vaginal varían a lo largo de la vida. En la recién nacida la vagina está colonizada transitoriamente por una flora rica en lactobacilos, gracias al paso transplacentario de estrógenos maternos. Esa influencia desaparece en pocas semanas. Durante toda la infancia, con niveles de estrógeno mínimos, el epitelio vaginal es delgado, hay poco glucógeno y la microbiota es escasa y diversa, con un pH neutro próximo a 7. Con la menarquia se establece el patrón adulto: dominio de lactobacilos, glucógeno abundante y pH ácido. Durante el embarazo el aumento sostenido de estrógenos refuerza la dominancia de lactobacilos y la acidez vaginal. En la menopausia, en cambio, la caída estrogénica adelgaza el epitelio, reduce el glucógeno disponible, hace caer la población de lactobacilos y eleva el pH por encima de 4,5. La flora se vuelve más diversa y se aproxima al perfil prepuberal, con un aumento de bacterias procedentes de la flora intestinal o cutánea. Se denomina disbiosis vaginal a la pérdida del equilibrio entre los lactobacilos y el resto de la microbiota, con disminución de las primeras y proliferación de las segundas. Es el sustrato común de varias entidades clínicas. La vaginosis bacteriana es el ejemplo paradigmático: descenso marcado de lactobacilos y aumento de anaerobios como Gardnerella vaginalis, con elevación del pH por encima de 4,5. En la candidiasis vulvovaginal, la disbiosis permite el sobrecrecimiento del comensal Candida albicans (consulte la entrada albicans). Y en infecciones por Trichomonas vaginalis, la alteración de la flora forma parte de la cascada que facilita la implantación del parásito. Las inflamaciones de la mucosa que estas situaciones producen reciben los nombres clínicos de vaginitis y vulvovaginitis. Los factores que pueden romper este equilibrio son numerosos y no siempre evitables: el uso de antibióticos sistémicos, las duchas vaginales y los lavados internos, ciertos métodos anticonceptivos, la actividad sexual sin protección (el semen tiene pH alcalino), la sangre menstrual, los cambios hormonales del embarazo y de la menopausia, la diabetes mal controlada o el estrés mantenido. En la mayoría de los casos la flora se restaura espontáneamente cuando cesa el factor desencadenante; en otros, el desequilibrio se cronifica y motiva consulta ginecológica. "Flora" procede del latín y era el nombre de la diosa romana de las flores. La botánica usó la palabra desde el siglo XVIII para designar el conjunto de plantas de una región, y de ahí pasó por analogía al conjunto de microorganismos de un medio biológico. El uso es inexacto desde el punto de vista taxonómico —las bacterias no son plantas— y por eso la microbiología moderna prefiere "microbiota", pero "flora vaginal" sigue siendo la expresión de uso clínico y popular más asentada. Sí, son términos equivalentes en el uso actual. "Microbiota" es más reciente y técnicamente más correcto, porque incluye a todos los microorganismos (bacterias, hongos, virus) y no presupone su naturaleza vegetal. "Flora vaginal" es el término histórico, todavía mayoritario en la práctica clínica y en la comunicación con la paciente. En este diccionario se utilizan como sinónimos. Albert Döderlein (Augsburgo, 1860 – Múnich, 1941) fue un ginecólogo alemán que en 1892 publicó el primer estudio microbiológico sistemático de las secreciones vaginales. Describió allí un bacilo grampositivo presente de forma constante en la vagina sana y propuso que el pH ácido era el estado fisiológico normal. En su honor, los lactobacilos vaginales —que no son una única especie, sino varias del género Lactobacillus— se siguen denominando bacilos de Döderlein. Porque la composición y la concentración de la microbiota varían con los cambios hormonales del ciclo menstrual. La sangre de la menstruación, además, eleva temporalmente el pH vaginal y modifica el perfil olfativo. Un olor suave y discreto es fisiológico; un olor intenso, francamente desagradable o "a pescado" suele indicar disbiosis, en particular vaginosis bacteriana, y justifica consulta ginecológica. No es estéril, pero es muy distinta de la del adulto. En la niñez, con niveles bajos de estrógenos y poco glucógeno epitelial, los lactobacilos son escasos. La microbiota es más diversa y menos ácida, con un pH cercano a 7, y se parece más a la flora cutánea o intestinal. La transición al patrón adulto, dominado por lactobacilos, se produce con la menarquia. Si desea profundizar en conceptos asociados a la flora vaginal, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la flora vaginal
Composición: los lactobacilos y los bacilos de Döderlein
Función: pH ácido y barrera defensiva
Cambios fisiológicos a lo largo de la vida
Alteración de la flora vaginal: la disbiosis
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "flora" aplicada a las bacterias de la vagina?
¿Es lo mismo flora vaginal que microbiota vaginal?
¿Quién fueron Döderlein y por qué su nombre acompaña al de los lactobacilos?
¿Por qué la vagina huele distinto en distintos momentos del ciclo?
¿La flora vaginal es estéril en la niñez?
Referencias
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