DICCIONARIO MÉDICO
Hormona
Una hormona es una sustancia que un tejido fabrica y libera a la sangre para influir en el funcionamiento de otro tejido situado a distancia. Funciona como un mensaje químico: la glándula que la produce no toca al órgano al que va dirigida, sino que confía el aviso al torrente circulatorio. Esa acción remota, y en cantidades diminutas, es lo que separa a una hormona de casi cualquier otra molécula del cuerpo. En el vocabulario médico, una hormona es un mensajero químico que una célula secreta hacia el medio interno para regular la actividad de células diana alejadas de ella. La cantidad que circula resulta minúscula, del orden de milmillonésimas de gramo por mililitro de sangre, y aun así modifica el metabolismo, el crecimiento, la reproducción o el estado de ánimo. El conjunto de glándulas que las producen forma el sistema endocrino, y la disciplina que lo estudia es la endocrinología. Conviene separar dos ideas que se confunden con facilidad. Una glándula de secreción interna vierte su producto directamente a la sangre; una de secreción externa lo descarga por un conducto hacia una superficie, como ocurre con el sudor o la saliva. La hormona pertenece siempre al primer grupo. No circula por tubos: se diluye en el plasma y alcanza todo el organismo, aunque solo reaccionan las células que disponen del receptor adecuado. Ahí está la clave. Una misma hormona baña por igual el hígado, el músculo y el hueso, pero cada tejido responde, o permanece indiferente, según los receptores que exprese. La dosis pesa tanto como la molécula. Concentraciones ínfimas bastan para desencadenar efectos amplios, porque el receptor amplifica la señal una vez dentro de la célula. El término se acuñó en 1905, bastante más tarde de lo que cabría esperar para una idea tan básica. Lo presentó el fisiólogo británico Ernest Henry Starling durante las conferencias Croonianas que dictó ante el Royal College of Physicians de Londres, y aquel mismo verano el texto apareció en la revista The Lancet. La palabra no salió de una sola cabeza. Starling encargó la tarea a un colega filólogo de Cambridge, W. T. Vesey, especialista en griego clásico, que recuperó la voz ὁρμῶν (hormôn), participio del verbo ὁρμάω (hormáō): incitar, poner en marcha, estimular. La primera de estas moléculas tuvo nombre propio antes que categoría general. En 1902, Starling y su cuñado William Bayliss investigaban cómo el intestino avisa al páncreas de que llega el alimento, y dieron con una sustancia intestinal que ordenaba al páncreas segregar su jugo. La bautizaron secretina. Tres años después, buscando un nombre común para esa clase de señales, apareció "hormona". No todas están hechas del mismo material, y su composición decide cómo viajan y cómo actúan. La bioquímica distingue tres grandes familias. Las peptídicas y proteicas son cadenas de aminoácidos, que van desde péptidos cortos hasta proteínas voluminosas. A este grupo pertenece la insulina, y también la hormona antidiurética. Se disuelven bien en agua, viajan libres por el plasma y, como les cuesta atravesar la membrana, actúan desde fuera de la célula. Las esteroideas se fabrican a partir del colesterol. El cortisol, la testosterona y los estrógenos son ejemplos conocidos. Al ser liposolubles cruzan la membrana sin dificultad y localizan su receptor dentro de la célula, con frecuencia en el mismo núcleo. Queda un tercer grupo, el de las derivadas de aminoácidos, moléculas pequeñas obtenidas casi siempre de la tirosina. Aquí conviven las hormonas tiroideas y las catecolaminas, como la adrenalina, que curiosamente se comportan de maneras opuestas pese a compartir origen: unas se parecen a las peptídicas, otras a las esteroideas. Una hormona no hace nada por sí sola. Necesita encontrar su receptor, una proteína que la reconoce por su forma con la precisión de una llave en su cerradura. Sin ese encuentro, la molécula pasa de largo. Cuando se produce, el receptor cambia de conformación y dispara una cadena de señales dentro de la célula diana. El lugar del receptor depende de la química de cada hormona. Las liposolubles entran en la célula y deciden directamente qué genes se leen; su efecto tarda horas en notarse, pero se sostiene en el tiempo. Las hidrosolubles se quedan en la superficie, activan mensajeros internos y provocan respuestas en cuestión de segundos. Sobre todo el conjunto vela un mecanismo de retroalimentación. Cuando una hormona alcanza el nivel que el cuerpo juzga suficiente, esa misma concentración frena a la glándula que la fabrica, igual que un termostato apaga la calefacción al llegar a la temperatura fijada. Ese freno explica por qué la mayoría de las hormonas se liberan a pulsos, en oleadas, y no en un goteo constante. Del griego ὁρμάω (hormáō), "incitar o poner en marcha". La introdujo Ernest Starling en 1905, a partir de una sugerencia del filólogo W. T. Vesey. La primera hormona descrita como tal había sido la secretina, tres años antes. No. Una enzima acelera reacciones químicas dentro del lugar donde se encuentra; una hormona lleva un mensaje de un punto del cuerpo a otro y solo actúa donde hay un receptor que la espere. Una trabaja de puertas adentro, la otra viaja. Porque la célula no responde a la hormona en bruto, sino a la señal que el receptor amplifica en su interior. Una sola molécula unida a su receptor puede activar cientos de reacciones en cadena, de modo que un estímulo diminuto se traduce en una respuesta considerable. No. También las producen animales, hongos y plantas; en el reino vegetal se denominan fitohormonas y gobiernan procesos como el crecimiento hacia la luz o la caída de la hoja.Qué es una hormona
De dónde viene la palabra
Cómo se clasifican las hormonas
Cómo actúa sobre sus células diana
Preguntas frecuentes
¿De dónde procede la palabra "hormona"?
¿Es lo mismo una hormona que una enzima?
¿Por qué una cantidad tan pequeña produce efectos tan grandes?
¿Las hormonas existen solo en el ser humano?
Referencias
Entradas relacionadas
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026