DICCIONARIO MÉDICO
Epífora
La epífora es el desbordamiento de lágrimas sobre la mejilla por un desequilibrio entre la producción lagrimal y su evacuación. Puede deberse a un exceso de secreción (lagrimeo reflejo) o a una obstrucción en algún punto de la vía de drenaje. Es uno de los motivos de consulta oftalmológica más frecuentes, sobre todo en lactantes y en personas mayores de 60 años. El término procede del griego ἐπιφορά (epiphorá), compuesto por ἐπί (epí, «sobre») y φέρειν (phérein, «llevar»): literalmente, «lo que se lleva por encima», en alusión al líquido que rebosa del ojo y cae por la cara. Galeno ya empleaba la voz en el siglo II d. C. para describir el lagrimeo patológico, y el vocablo pasó al latín médico medieval sin apenas modificación. Desde el punto de vista clínico, la epífora designa la situación en la que las lágrimas se acumulan en el lago lagrimal y terminan derramándose por el borde palpebral inferior. Conviene no confundirla con el lagrimeo reflejo puntual que provoca, por ejemplo, el viento o la cebolla: en la epífora el desbordamiento es persistente o recurrente y traduce una alteración del circuito lagrimal que requiere valoración. La película lagrimal se produce sobre todo en la glándula lagrimal principal, alojada en la fosa lagrimal del hueso frontal, y en las glándulas lagrimales accesorias de Krause y Wolfring dispersas por la conjuntiva. El parpadeo distribuye la lágrima y la empuja hacia el canto interno del ojo, donde dos pequeños orificios (los puntos lagrimales superior e inferior) la recogen y la conducen por los canalículos hasta el saco lagrimal. Desde ahí, el conducto nasolagrimal la vierte en el meato inferior de la fosa nasal. Cualquier obstáculo en ese recorrido provoca retención y desbordamiento. En los recién nacidos, la causa más habitual es la imperforación de la válvula de Hasner, en el extremo distal del conducto nasolagrimal, que normalmente se canaliza hacia el octavo mes de gestación. Cuando ese proceso no se completa, la lágrima se estanca y puede infectarse. El 90 % de estos casos se resuelve de forma espontánea antes de cumplir el primer año de vida. En adultos, las causas se agrupan en dos grandes mecanismos. El primero es la hipersecreción: la glándula produce más lágrima de la que la vía de drenaje puede absorber. Sucede en la irritación crónica de la superficie ocular (ojo seco paradójico, blefaritis, queratitis, alergia). El segundo, más frecuente a partir de la sexta década, es la obstrucción mecánica: dacrioestenosis adquirida, ectropión o entropión del párpado inferior, dacriocistitis recurrente o presencia de un dacriolito. Algunos autores reservan el término epífora en sentido estricto para el lagrimeo por fallo del drenaje, y emplean «hiperlacrimación» cuando la causa es una producción excesiva. En la práctica clínica ambas categorías se solapan con frecuencia: un paciente con ojo seco puede tener al mismo tiempo una estenosis incipiente del canalículo, y la irritación crónica genera un lagrimeo reflejo que satura un sistema de drenaje ya comprometido. La presentación puede ser intermitente (ligada al frío, al viento o a la lectura prolongada) o continua. Cuando es unilateral y se acompaña de secreción mucosa, la sospecha de obstrucción del conducto nasolagrimal es alta. Para distinguir las dos situaciones, el primer paso es comprobar la altura del menisco lagrimal en el borde palpebral inferior con lámpara de hendidura. Si el menisco es alto y no hay signos de irritación de la superficie, el problema suele estar en la vía excretora. La prueba de desaparición de fluoresceína (instilación de una gota y observación a los cinco minutos) orienta de forma rápida sobre la permeabilidad del sistema. Cuando se necesita localizar con más precisión el nivel de la obstrucción, la dacriocistografía con contraste proporciona un mapa anatómico detallado. Es una prueba sencilla. Del griego ἐπιφορά, formado por ἐπί («sobre») y φέρειν («llevar, transportar»). Originariamente describía cualquier flujo que «se lleva por encima» de su cauce natural. Galeno lo aplicó al lagrimeo patológico en el siglo II y el término se consolidó en el latín médico con ese significado específico. No exactamente. El lagrimeo puede ser una respuesta fisiológica normal (al cortar cebolla, con el llanto, por viento intenso). La epífora, en cambio, implica un desbordamiento sostenido o recurrente que excede la capacidad de drenaje del sistema lagrimal, ya sea por producción excesiva o por obstrucción. En la consulta, sin embargo, muchos profesionales usan ambos términos de manera intercambiable. No. Entre el 2 % y el 20 % de los recién nacidos presentan algún grado de obstrucción del conducto nasolagrimal. La mayoría se resuelve antes de los 12 meses con masaje del saco lagrimal y limpieza. Solo cuando persiste más allá de esa edad, o cuando aparecen complicaciones como dacriocistocele o infecciones de repetición, se plantea el sondaje o la intervención. Sí, y es una de las causas más frecuentes. Parece contradictorio, pero la sequedad irrita la superficie del ojo y dispara un lagrimeo reflejo que puede superar la capacidad normal de drenaje. El resultado es un ciclo de sequedad basal con episodios de lágrima abundante, algo que desconcierta a muchos pacientes. Si desea profundizar en conceptos asociados a la epífora, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la epífora
El circuito lagrimal y sus puntos de fallo
Formas clínicas
Valoración del sistema de drenaje
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra epífora?
¿Es lo mismo epífora que lagrimeo?
¿Los bebés con lagrimeo constante siempre necesitan cirugía?
¿El ojo seco puede causar epífora?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
Infografías realizadas con https://BioRender.com
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