DICCIONARIO MÉDICO
Lectina
Las lectinas son proteínas o glicoproteínas de origen no inmune capaces de reconocer y unirse de forma reversible a carbohidratos específicos, ya estén libres en solución o formen parte de glicoproteínas y glicolípidos de la superficie celular. Están presentes en prácticamente todos los reinos biológicos —plantas, animales, bacterias, virus y hongos— y desempeñan funciones de reconocimiento celular, defensa inmunitaria y adhesión de patógenos. El término "lectina" fue propuesto en 1954 por William C. Boyd y Elizabeth Shapleigh, de la Universidad de Boston, para designar las proteínas vegetales que aglutinaban eritrocitos de forma selectiva según el grupo sanguíneo. Lo derivaron del latín lectus, participio pasado de legere, "seleccionar" o "escoger", porque estas proteínas parecían "elegir" qué células aglutinar. Antes de Boyd, se las llamaba "aglutininas" o "fitohemaglutininas", términos que generaban confusión con las aglutininas de origen inmune (los anticuerpos). La definición que más consenso tiene en bioquímica es la de Goldstein (1980): proteínas o glicoproteínas de origen no inmunitario que se unen a carbohidratos con alta especificidad y son capaces de aglutinar células o precipitar glicoconjugados. Poseen al menos dos sitios de unión, lo que les permite actuar como puentes entre dos superficies glicosiladas y producir la aglutinación. A diferencia de los anticuerpos, las lectinas no son producto de una respuesta inmunitaria adaptativa ni se generan tras la exposición a un antígeno: son proteínas constitutivas, presentes de forma natural en el organismo que las produce. La historia de las lectinas se remonta a 1888, cuando Peter Hermann Stillmark, un estudiante de la Universidad de Dorpat (actual Tartu, Estonia), demostró que un extracto de semillas de Ricinus communis —la planta del aceite de ricino— aglutinaba eritrocitos. La sustancia responsable recibió el nombre de ricina, y resultó ser una de las toxinas naturales más potentes conocidas. En 1919, James B. Sumner cristalizó la primera lectina pura a partir de semillas de Canavalia ensiformis (frijol de espada) y la bautizó concanavalina A, que se convertiría en la lectina más estudiada del siglo XX. No fue hasta las décadas de 1940 y 1950 cuando Reguera y Boyd demostraron que distintas lectinas de semillas podían diferenciar entre los grupos sanguíneos del sistema ABO, hecho que dio al campo una utilidad biomédica directa. En 1960, Peter Nowell descubrió algo inesperado: la fitohemaglutinina del guisante no solo aglutinaba eritrocitos, sino que también inducía la división (mitosis) de los linfocitos humanos en cultivo. Este hallazgo abrió la puerta al uso de las lectinas como herramientas para estudiar la proliferación linfocitaria, y sigue siendo la base de los ensayos de estimulación mitogénica que se emplean hoy en inmunología clínica. Cinco años más tarde, Aub observó que la aglutinina de germen de trigo se unía con preferencia a células tumorales frente a sus equivalentes normales, una diferencia que reflejaba cambios en los carbohidratos de la superficie de la célula maligna y que despertó un interés enorme por las lectinas como posibles marcadores diagnósticos de cáncer. Lectinas vegetales. Son las más conocidas y las que se aíslan con mayor facilidad. Abundan en semillas de leguminosas —judías, lentejas, soja, garbanzos— donde pueden constituir entre el 2 y el 10 % de las proteínas totales de la semilla. La concanavalina A (específica para manosa y glucosa) y la fitohemaglutinina del frijol rojo (Phaseolus vulgaris) son las más estudiadas. La ricina del ricino pertenece también a este grupo, pero es una lectina con actividad enzimática citotóxica —no simplemente aglutinante— y por ello se clasifica como toxoalbúmina. Lectinas animales. En los mamíferos, las lectinas endógenas participan en procesos de reconocimiento celular, tráfico de proteínas e inmunidad innata. Las selectinas (E, P y L-selectina) median la adhesión inicial de los leucocitos al endotelio vascular durante la inflamación: hacen que el leucocito "ruede" sobre la pared del vaso antes de adherirse firmemente y migrar al tejido inflamado. Las galectinas reconocen β-galactosa y modulan la apoptosis y la respuesta inmunitaria. Y la lectina de unión a manosa (MBL, del inglés mannose-binding lectin) circula en el plasma y activa la vía de las lectinas del sistema del complemento al reconocer patrones de carbohidratos en la superficie de bacterias, virus y hongos. Lectinas microbianas. Muchas bacterias, virus y parásitos expresan lectinas en su superficie que funcionan como adhesinas: les permiten unirse a los carbohidratos del glicocáliz de las células del huésped como primer paso de la infección. La hemaglutinina del virus de la gripe, por ejemplo, se une a residuos de ácido siálico de la mucosa respiratoria. Y las adhesinas de Escherichia coli reconocen manosa en el epitelio del tracto urinario. La vía de las lectinas es una de las tres rutas de activación del complemento, junto con la vía clásica y la vía alterna. Se inicia cuando la MBL —o las ficolinas, otra familia de lectinas plasmáticas— se une a residuos de manosa, fucosa o N-acetilglucosamina presentes en la superficie de microorganismos pero ausentes en las células del huésped. Esa unión activa serín proteasas asociadas (MASP-1, MASP-2) que escinden los componentes C4 y C2, generando la C3 convertasa y desencadenando la cascada del complemento con sus efectos de opsonización, lisis y reclutamiento inflamatorio. Las deficiencias de MBL se asocian a una mayor susceptibilidad a infecciones, sobre todo en la primera infancia, cuando el sistema inmunitario adaptativo aún no está plenamente maduro. Del latín lectus, participio de legere, "seleccionar" o "escoger". Boyd y Shapleigh eligieron este nombre en 1954 porque las lectinas vegetales que estudiaban parecían "escoger" selectivamente los eritrocitos de determinados grupos sanguíneos para aglutinarlos. La mayoría de las lectinas alimentarias se inactivan con la cocción adecuada. Las judías rojas crudas o mal cocidas, por ejemplo, contienen fitohemaglutinina en cantidad suficiente para provocar náuseas, vómitos y diarrea si se ingieren sin un hervido prolongado. Pero las legumbres cocinadas correctamente —cocidas, fermentadas o germinadas— reducen su contenido de lectinas a niveles que no plantean problemas. La idea de que las lectinas alimentarias son un peligro generalizado carece de respaldo científico sólido cuando la preparación culinaria es correcta. La lectina de unión a manosa (MBL) circula en el plasma y, al reconocer carbohidratos de la superficie de los patógenos, activa la vía de las lectinas del sistema del complemento. Es una de las tres vías de activación, y opera sin necesidad de anticuerpos, lo que la convierte en un componente esencial de la inmunidad innata —la defensa que funciona desde el nacimiento, antes de que el sistema adaptativo haya aprendido a reconocer cada patógeno específico. No exactamente. "Aglutinina" es un término funcional: cualquier sustancia que aglutine células, incluidos los anticuerpos. "Lectina" se reserva para las proteínas de origen no inmune que reconocen carbohidratos. Una lectina puede ser una aglutinina (si aglutina células), pero no toda aglutinina es una lectina: los anticuerpos aglutinantes, por ejemplo, no lo son. Si desea profundizar en conceptos asociados a las lectinas, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es una lectina
Descubrimiento y primeros hitos
Tipos de lectinas según su origen
La vía de las lectinas en la inmunidad innata
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "lectina"?
¿Las lectinas de los alimentos son perjudiciales?
¿Qué relación tiene la lectina con el sistema del complemento?
¿Es lo mismo una lectina que una aglutinina?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
© Clínica Universidad de Navarra 2026