DICCIONARIO MÉDICO
Infarto
Un infarto es la zona de tejido muerto que aparece cuando se interrumpe el riego sanguíneo de una parte del organismo y sus células dejan de recibir oxígeno. Puede producirse en casi cualquier órgano, y su gravedad depende sobre todo de qué territorio queda dañado y de la extensión de la lesión. La palabra procede del latín infarctus, participio del verbo infarcire, que significaba rellenar o embutir. Los anatomistas antiguos la escogieron al observar que algunas zonas de tejido muerto quedaban congestionadas, como atiborradas de sangre. La imagen resultó tan gráfica que el nombre perduró, aunque hoy sabemos que muchos infartos no presentan ese aspecto hemorrágico. En su sentido médico, un infarto designa el área de necrosis que resulta de una isquemia prolongada. Cuando el flujo de sangre cae por debajo del mínimo que el tejido necesita para sobrevivir, las células agotan sus reservas de oxígeno y nutrientes y mueren. La forma de muerte que predomina es la necrosis por coagulación. El encéfalo constituye la excepción: allí el tejido no se coagula, sino que se reblandece y licúa. El desencadenante habitual es la obstrucción de una arteria, ya sea por un coágulo formado en el propio vaso (trombosis) o por un fragmento que viaja desde otro punto del cuerpo y lo tapona (embolia). La placa de ateroma que estrecha las arterias con el paso de los años suele estar en el origen de este proceso. No toda oclusión nace dentro del vaso. Un tumor que lo comprime desde fuera, la torsión de un órgano sobre su pedículo o una caída general de la presión arterial pueden dejar sin sangre a un territorio igual que lo haría un trombo. Cuando la lesión ya se ha establecido, tiende a adoptar forma de cuña: el vaso ocluido queda en el vértice y el daño se abre en abanico hacia la superficie del órgano. La clasificación clásica atiende al color de la lesión, que refleja cuánta sangre queda atrapada en su interior. El infarto blanco o anémico es pálido y bien delimitado. Aparece en órganos con circulación arterial terminal, sin apenas conexiones entre ramas vecinas, como el corazón, el riñón o el bazo. Al ocluirse la arteria, ninguna otra rama puede suplirla y la zona queda exangüe. El infarto rojo o hemorrágico, en cambio, se empapa de sangre. Se da cuando sigue llegando algo de flujo por vasos colaterales o por una segunda vía de irrigación, insuficiente para mantener vivo el tejido pero bastante para inundarlo. Es el patrón del pulmón y del intestino, de los órganos con doble circulación y de las obstrucciones venosas. También aparece cuando se restaura el flujo sobre una zona ya necrosada. Una segunda distinción separa el infarto blando o estéril del infarto séptico, en el que el émbolo arrastra material infectado y la lesión se sobreinfecta. El corazón concentra buena parte de la repercusión clínica del infarto, hasta el punto de que en el lenguaje corriente la palabra sola suele referirse al infarto de miocardio. Pero la lista es larga. En el sistema nervioso central da lugar al infarto cerebral, cuya variante de vaso pequeño es el infarto lacunar. Puede asentar en el hígado, en el riñón, en el intestino, en el pulmón y, más raramente, en glándulas como la hipófisis, donde se conoce como infarto del lóbulo anterior de la hipófisis. Son términos que se confunden con facilidad y conviene ordenarlos. La isquemia es la falta de riego; puede ser pasajera y revertir sin dejar rastro, o mantenerse hasta provocar la muerte del tejido. El infarto es precisamente ese desenlace: la necrosis ya consumada por una isquemia que no cedió a tiempo. La necrosis, en un sentido más amplio, es la muerte de células o tejidos por cualquier causa, no solo por falta de sangre. Y la gangrena es una necrosis extensa, casi siempre de una extremidad, que con frecuencia se complica con putrefacción. El matiz cuenta: hablar de infarto supone siempre que la muerte del tejido vino de una falta de sangre, y no de otra causa. Del latín infarcire, rellenar o embutir. Nombraba el aspecto congestionado, como relleno de sangre, de las primeras lesiones descritas. No exactamente. El ictus isquémico es un infarto, pero localizado en el cerebro. La palabra infarto, a secas, abarca cualquier órgano, y en boca de la mayoría de la gente evoca el corazón. Por eso conviene precisar siempre la localización. La zona ya necrosada no se regenera; el organismo la sustituye con el tiempo por una cicatriz. Lo que sí puede rescatarse, si se actúa deprisa, es el tejido que rodea al núcleo del infarto y que todavía está isquémico pero vivo. Depende de si al territorio dañado sigue llegando algo de sangre. Cuando la irrigación es terminal y se corta por completo, el infarto queda pálido; cuando persiste un goteo insuficiente por colaterales o por una segunda vía, se llena de sangre y se ve rojo. Consulte también la información clínica sobre el infarto de miocardio Si busca información sobre las causas, el diagnóstico y el tratamiento del infarto que afecta al corazón, puede consultar la ficha del infarto agudo de miocardio elaborada por la Clínica Universidad de Navarra.Qué es un infarto
Por qué se produce
Tipos de infarto
Órganos donde aparece con más frecuencia
Infarto, isquemia, necrosis y gangrena
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra infarto?
¿Es lo mismo un infarto que un ictus?
¿Se recupera el tejido de un infarto?
¿Por qué unos infartos son pálidos y otros rojos?
Referencias
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