DICCIONARIO MÉDICO
Fractura intraarticular
Una fractura intraarticular es aquella cuyo trazo cruza la superficie articular de un hueso y penetra en el interior de la articulación. Al afectar al cartílago articular, un tejido con capacidad de reparación muy limitada, este tipo de fractura comporta un riesgo elevado de artrosis postraumática a largo plazo. El prefijo intra- (del latín, «dentro de») y articularis (relativo a la articulación) componen un término que la traumatología emplea para distinguir las fracturas que comprometen la superficie de carga articular de aquellas que se limitan a la región extraarticular del hueso. La diferencia no es solo anatómica: tiene consecuencias directas sobre el pronóstico funcional, porque cualquier irregularidad milimétrica en la superficie articular altera la distribución de la carga mecánica y acelera el desgaste del cartílago. En la clasificación AO/OTA, ampliamente utilizada en la práctica quirúrgica, las fracturas articulares se agrupan en los tipos B (intraarticulares parciales, donde solo una parte de la superficie articular queda separada de la diáfisis) y C (intraarticulares completas, en las que toda la superficie articular se desconecta del resto del hueso y además se fragmenta). Prácticamente cualquier articulación puede verse afectada, pero algunas localizaciones concentran la mayor parte de los casos clínicos. La fractura intraarticular del extremo distal del radio es una de las más comunes y puede adoptar la forma de una fractura de Barton, con cizallamiento del reborde articular, o de una fractura conminuta tipo C de la clasificación AO. En la meseta tibial, la carga axial combinada con una fuerza lateral (valgo o varo forzado) produce fracturas que hunden el platillo articular y comprometen la congruencia de la rodilla. El calcáneo es otra localización habitual: una caída desde altura puede fracturar la carilla articular posterior y alterar la articulación subastragalina, con secuelas funcionales que suelen ser prolongadas. Otras fracturas intraarticulares de relevancia incluyen las del acetábulo (cavidad que aloja la cabeza del fémur), las del olécranon en el codo, las del pilón tibial en el tobillo y las de las falanges de la mano, donde incluso un escalón articular pequeño puede limitar la movilidad del dedo. Lo que convierte a la fractura intraarticular en una lesión de especial trascendencia es la vulnerabilidad del cartílago hialino. Este tejido carece de vasos sanguíneos propios, se nutre por difusión desde el líquido sinovial y posee una capacidad de regeneración casi nula en el adulto. Cuando el trazo de fractura lo atraviesa, la reparación la lleva a cabo un fibrocartílago cicatricial que no alcanza la dureza ni la lisura del cartílago original. Si, además, los fragmentos consolidan con un escalón en la superficie articular (lo que los radiólogos denominan step-off), cada movimiento de la articulación somete al cartílago a un punto de fricción anómala. Con el tiempo, esa sobrecarga focal degenera el cartílago remanente y conduce a una artrosis postraumática que puede aparecer meses o años después de la lesión inicial. Escalones superiores a dos milímetros se consideran de alto riesgo. La distinción parece sencilla (la fractura cruza o no cruza la superficie articular), pero en la práctica radiológica no siempre lo es. En el extremo distal del radio, por ejemplo, un trazo que parece extraarticular en la radiografía simple puede revelar extensión articular en una tomografía computarizada. La clasificación AO reserva el tipo A para las fracturas puramente extraarticulares, y cualquier participación de la superficie articular las reclasifica como B o C, con implicaciones terapéuticas distintas. No. Una fractura puede situarse a pocos milímetros de la superficie articular y, sin embargo, no cruzarla. Esas fracturas se denominan extraarticulares o, según su localización, metafisarias o periarticulares, y su pronóstico articular es sensiblemente mejor. La radiografía convencional en dos proyecciones detecta muchas de ellas, pero la tomografía computarizada con reconstrucciones tridimensionales es el estudio de elección cuando se sospecha afectación articular y la radiografía no lo aclara. En fracturas del acetábulo o de la meseta tibial, la tomografía resulta casi obligada para planificar la intervención. Es la diferencia de altura entre los bordes de los fragmentos articulares tras la consolidación. Si la reducción no restituye una superficie lisa, queda un «peldaño» que somete al cartílago a una fricción desigual con cada movimiento. Cuanto mayor sea el escalón, mayor el riesgo de artrosis secundaria. Sí, y presentan una particularidad adicional: el trazo puede afectar al cartílago de crecimiento (epífisis). Las fracturas tipo III y IV de la clasificación de Salter-Harris son, por definición, fracturas intraarticulares pediátricas, y requieren una reducción anatómica precisa para no comprometer ni la superficie articular ni el crecimiento del hueso.Qué es una fractura intraarticular
Localizaciones más frecuentes
Importancia del cartílago articular
Diferenciación con la fractura extraarticular
Preguntas frecuentes
¿Toda fractura cerca de una articulación es intraarticular?
¿Cómo se confirma que el trazo llega a la articulación?
¿Qué es un escalón articular?
¿Se producen fracturas intraarticulares en niños?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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