DICCIONARIO MÉDICO
Diabetes
La diabetes es un grupo de enfermedades metabólicas crónicas que se caracterizan por una elevación mantenida de la glucosa en sangre (hiperglucemia). El origen puede estar en un defecto de la secreción de insulina, en la respuesta de los tejidos a esa hormona o, muy a menudo, en ambas cosas a la vez. Bajo el mismo nombre conviven dos entidades de mecanismo muy distinto: la diabetes mellitus, con diferencia la más frecuente, y la diabetes insípida, un trastorno del equilibrio hídrico sin relación con la glucosa. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2022 vivían con diabetes en torno a 830 millones de personas en el mundo, el 14 % de los adultos mayores de 18 años. La diabetes no es, en rigor, una única enfermedad. Se trata de un conjunto de trastornos que comparten un mismo rasgo clínico: la eliminación anormalmente abundante de orina (poliuria) acompañada de sed intensa (polidipsia). Los mecanismos subyacentes, en cambio, son muy diferentes entre sí. En el uso médico habitual, el término designa casi siempre la diabetes mellitus: un grupo de enfermedades metabólicas en las que el organismo no consigue mantener la glucosa sanguínea dentro de sus límites habituales, ya sea porque el páncreas no fabrica suficiente insulina, porque los tejidos no responden bien a ella o por una mezcla de las dos cosas. El resultado común es la hiperglucemia crónica, y ese exceso sostenido de azúcar en sangre daña con los años los vasos sanguíneos, los nervios y órganos diana como el riñón, la retina o el corazón. El nombre viene de lejos. La palabra diabetes procede del griego διαβήτης (diabḗtēs), derivado del verbo διαβαίνειν (diabaínein), que significa "pasar a través" o "atravesar". Designaba originalmente un sifón, es decir, un tubo por el que los líquidos pasan sin detenerse. La primera aplicación médica del término se atribuye a Areteo de Capadocia, médico griego del siglo II d.C., que describió con notable precisión un cuadro clínico en el que los pacientes parecían, según sus palabras, derretirse en su propia orina: el agua ingerida atravesaba el cuerpo como a través de un sifón, sin quedarse. La imagen resulta reveladora. Un enfermo que bebe sin descanso y orina sin descanso queda condensado en una sola palabra, y explica por qué, durante muchos siglos, la diabetes se diagnosticó sobre todo observando la orina. El término pasó al latín tardío como diabetes y se incorporó al castellano medieval sin apenas cambios. Durante mucho tiempo, "diabetes" sirvió para nombrar cualquier cuadro de poliuria crónica sin distinguir entre sí entidades muy diferentes. La distinción entre las dos grandes formas llegó en 1675, cuando el médico inglés Thomas Willis se fijó en que la orina de algunos pacientes diabéticos tenía un sabor claramente dulce, "como mezclada con miel o azúcar", mientras que la de otros era insípida. Añadió entonces el epíteto latino mellitus ("de miel", de mel) para nombrar la primera forma, y reservó la expresión diabetes insípida para la segunda. Esa dualidad terminológica ha llegado intacta a nuestros días y constituye una de las diferenciaciones más importantes de la medicina clásica: dos enfermedades que comparten el sustantivo y el síntoma cardinal, pero que no tienen ninguna relación de mecanismo entre sí. Para entender qué es la diabetes conviene saber antes cómo mantiene el organismo la concentración de glucosa en sangre dentro de un rango estrecho, en torno a 70-100 mg/dl en ayunas. La glucosa es la principal fuente de energía celular y llega a la sangre por dos vías. Una es la digestión de los hidratos de carbono de la dieta, que pasan al torrente circulatorio en forma de glucosa. La otra es la producción endógena del hígado, que libera glucosa a partir de sus reservas de glucógeno o la sintetiza a partir de otros sustratos. Entre lo que entra y lo que consumen los tejidos se establece un equilibrio dinámico, y ese equilibrio está regulado por dos hormonas de acción opuesta, producidas ambas en el páncreas. La insulina, secretada por las células beta de los islotes de Langerhans, se libera cuando la glucemia sube (por ejemplo, tras las comidas). Actúa sobre músculos, tejido adiposo e hígado facilitando la entrada de glucosa en las células y su almacenamiento en forma de glucógeno. Es la hormona hipoglucemiante del organismo. Su contraparte, el glucagón, segregado por las células alfa de los mismos islotes, hace justo lo contrario: cuando la glucemia baja, moviliza las reservas hepáticas y devuelve la concentración al rango habitual. Este ajuste fino permite disponer de energía de forma continua, tanto en el ayuno prolongado como después de una comida copiosa. La diabetes mellitus aparece cuando ese sistema falla por alguno de estos dos mecanismos, que con frecuencia acaban combinándose. Uno es el déficit de insulina: el páncreas simplemente no produce la que hace falta. El otro es la resistencia a la insulina, un cuadro en el que los tejidos no responden bien a ella y la glucosa no entra en las células como debería, aunque la hormona esté presente en cantidad suficiente. En ambos casos la glucosa se acumula en el torrente circulatorio y aparece la hiperglucemia. Cuando la concentración de glucosa supera aproximadamente los 180 mg/dl, se rebasa el umbral de reabsorción renal y parte de esa glucosa se elimina por la orina. Como la glucosa arrastra agua por ósmosis, la consecuencia inmediata es una diuresis abundante. Ahí está el origen de la poliuria y, por compensación, de la polidipsia. La tríada clásica se completa con la polifagia (hambre intensa a pesar del aporte alimentario, porque las células no consiguen captar la glucosa disponible) y la pérdida de peso, particularmente llamativa en la diabetes tipo 1 no tratada. La clasificación vigente de la diabetes mellitus, elaborada de forma conjunta por la Organización Mundial de la Salud y la American Diabetes Association, reconoce cuatro grandes categorías. El criterio no es la edad ni la necesidad de insulina exógena, sino el mecanismo fisiopatológico que produce la enfermedad en cada caso. Diabetes mellitus tipo 1. Es una enfermedad autoinmune en la que el propio sistema inmunitario destruye las células beta del páncreas, y provoca un déficit absoluto de insulina. Supone alrededor del 5-10 % de todos los casos de diabetes. Suele debutar en la infancia, la adolescencia o en adultos jóvenes, con síntomas que se instauran en pocos días o semanas y, cuando no se detecta a tiempo, con un cuadro agudo grave de cetoacidosis diabética. Las personas con diabetes tipo 1 necesitan insulina exógena desde el momento del diagnóstico. Diabetes mellitus tipo 2. Es, con diferencia, la forma más frecuente: representa entre el 90 y el 95 % de todos los casos de diabetes. Su mecanismo combina resistencia a la insulina en los tejidos periféricos con una disfunción progresiva de la célula beta, que va perdiendo capacidad de secreción con el paso del tiempo. Se relaciona estrechamente con el exceso de peso, el sedentarismo, la predisposición genética y la edad, aunque en las últimas décadas se diagnostica cada vez con más frecuencia en niños y adolescentes por el aumento de la obesidad infantil. Su instauración es lenta e insidiosa, y con frecuencia el diagnóstico llega varios años después del inicio real de la enfermedad, cuando ya han aparecido algunas complicaciones. Diabetes mellitus gestacional. Se llama así a la diabetes que se diagnostica por primera vez durante el embarazo en mujeres que no eran diabéticas antes de la gestación. Se debe a la resistencia a la insulina fisiológica del embarazo (provocada, sobre todo, por el lactógeno placentario) que en ciertas gestantes no queda bien compensada por un aumento de la secreción pancreática. Afecta aproximadamente al 4-5 % de las embarazadas en España. En la mayor parte de los casos se resuelve tras el parto, pero identifica a un grupo de mujeres con un riesgo notablemente elevado de desarrollar una diabetes tipo 2 en los años siguientes. Otros tipos específicos. Bajo este epígrafe se agrupan formas menos frecuentes con una causa identificable concreta. Entran ahí las diabetes monogénicas de herencia autosómica dominante, como la diabetes tipo MODY; la diabetes autoinmune latente del adulto (LADA), una variante de evolución más lenta de la tipo 1; las diabetes secundarias a enfermedades del páncreas exocrino (pancreatitis crónica, fibrosis quística, traumatismos, resección quirúrgica); las de origen endocrinológico (enfermedad de Cushing, acromegalia, feocromocitoma); las inducidas por fármacos, sobre todo corticosteroides, aunque también algunos antipsicóticos e inmunosupresores; y algunas de causa genética o infecciosa poco frecuentes. Una de las diferenciaciones más importantes del diccionario médico, y con más peso histórico, es la que separa la diabetes mellitus de la diabetes insípida. Comparten el sustantivo "diabetes" y el síntoma cardinal de la poliuria. Ahí se acaban los parecidos. Son dos enfermedades completamente distintas. La diabetes mellitus, la "diabetes" a secas en el uso común, es un trastorno del metabolismo de la glucosa. Como la orina del paciente está cargada de azúcar, resulta de sabor dulce, y de ahí procede el epíteto mellitus que la nombra desde el siglo XVII. Muy distinta es la diabetes insípida, un trastorno del equilibrio hídrico causado por un déficit de producción o de acción de la hormona antidiurética (vasopresina). Los riñones no consiguen concentrar la orina, de modo que el paciente elimina grandes volúmenes de orina muy diluida (hasta 15-20 litros al día en los casos más graves) y bebe cantidades proporcionales de agua. La glucemia es normal, la orina es insípida (sin sabor dulce) y el mecanismo no guarda ninguna relación con la glucosa ni con la insulina. El nombre común procede únicamente de una coincidencia sintomática: en ambos cuadros el paciente orina mucho y tiene sed intensa. Procede del griego διαβήτης (diabḗtēs), derivado del verbo διαβαίνειν ("pasar a través"). En griego antiguo designaba originalmente un sifón, un tubo por el que los líquidos atraviesan sin retenerse. Areteo de Capadocia, médico griego del siglo II d.C., fue el primero en aplicar el término a la enfermedad al observar que los pacientes parecían derretirse en su propia orina: el agua que bebían atravesaba el cuerpo como a través de un sifón. La imagen metafórica ha sobrevivido en el lenguaje médico durante casi dos mil años. En el uso común, sí. Y en la mayoría de los contextos clínicos, también. "Diabetes mellitus" es el nombre técnico completo de la enfermedad caracterizada por hiperglucemia y glucosuria (literalmente, "diabetes de miel"), y coincide con lo que la gente llama simplemente "diabetes". Existe, sin embargo, una segunda entidad, la diabetes insípida, que comparte el primer sustantivo pero no tiene nada que ver con el metabolismo de la glucosa. Cuando el contexto pueda generar confusión, por ejemplo en un texto científico o en un informe médico, conviene especificar siempre el epíteto. La clasificación actual de la Organización Mundial de la Salud y de la American Diabetes Association reconoce cuatro grandes categorías de diabetes mellitus: tipo 1 (autoinmune), tipo 2 (por resistencia a la insulina), gestacional y otros tipos específicos. Dentro de este último grupo se incluyen las diabetes monogénicas como la MODY, la diabetes LADA, las diabetes secundarias a enfermedades pancreáticas o endocrinológicas y las diabetes inducidas por fármacos. La tipo 2 es, con diferencia, la más frecuente y supone entre el 90 y el 95 % de todos los casos. Cuando la glucemia supera los 180 mg/dl aproximadamente, los riñones pierden la capacidad de reabsorber toda la glucosa filtrada y parte de ella se elimina por la orina. Como la glucosa es una molécula osmóticamente activa, arrastra agua consigo, y el resultado es una diuresis osmótica: el paciente orina volúmenes grandes (poliuria). La pérdida hídrica activa el mecanismo de la sed y da lugar a la polidipsia. Esta secuencia (hiperglucemia, glucosuria, diuresis osmótica, sed) explica el síntoma que dio nombre a la enfermedad en la Antigüedad. Con los conocimientos actuales, no. La diabetes mellitus no se cura en sentido estricto, pero sí puede controlarse de forma eficaz para mantener la glucemia dentro del rango deseado y prevenir o retrasar las complicaciones a largo plazo. La diabetes gestacional constituye una excepción parcial: en la mayoría de los casos desaparece tras el parto, aunque deja un riesgo elevado de desarrollar diabetes tipo 2 en los años siguientes. En determinadas formas de diabetes tipo 2 asociadas a obesidad grave, una pérdida sustancial de peso puede llevar a una remisión prolongada, pero no a una curación definitiva. Consulte también la información clínica completa sobre las dos formas más frecuentes de diabetes Si busca información sobre síntomas, diagnóstico o tratamiento de las dos formas más frecuentes de diabetes mellitus, puede consultar las fichas completas del Departamento de Endocrinología y Nutrición de la Clínica Universidad de Navarra: diabetes mellitus tipo 1 y diabetes mellitus tipo 2. Si desea profundizar en conceptos asociados a la diabetes, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la diabetes
Regulación normal de la glucosa: por qué existe la diabetes
Clasificación: tipos principales de diabetes
Diabetes mellitus y diabetes insípida: dos enfermedades, un mismo nombre
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "diabetes"?
¿Es lo mismo diabetes que diabetes mellitus?
¿Cuántos tipos de diabetes existen?
¿Por qué tanta sed y tanta orina en la diabetes?
¿La diabetes se cura?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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