DICCIONARIO MÉDICO
Mycoplasma
Mycoplasma es un género de bacterias que se distingue de todos los demás procariotas por carecer de pared celular. Esta particularidad los convierte en los organismos de vida libre más pequeños conocidos, los hace invisibles a la tinción de Gram e inherentemente resistentes a los antibióticos betalactámicos. En la especie humana, las especies clínicamente relevantes son Mycoplasma pneumoniae (principal causa de neumonía atípica adquirida en la comunidad), Mycoplasma genitalium, Mycoplasma hominis y Ureaplasma urealyticum. Mycoplasma designa un género de bacterias pertenecientes a la clase Mollicutes (del latín mollis, "blando", y cutis, "piel": literalmente, "piel blanda"), dentro de la familia Mycoplasmataceae. El nombre del género se acuñó en la década de 1950 a partir del griego μύκης (mýkēs), "hongo", y πλάσμα (plásma), "forma" o "cosa moldeada", porque las primeras colonias observadas en cultivo recordaban, por su aspecto ramificado y su capacidad de deformación, a estructuras fúngicas. Con el tiempo se demostró que no tenían relación alguna con los hongos: son bacterias genuinas, pero sin la pared rígida de peptidoglicano que poseen prácticamente todos los demás procariotas. Esa ausencia de pared define casi todo lo que necesita saber sobre estos microorganismos. Sin el armazón del peptidoglicano, el mycoplasma depende exclusivamente de su membrana celular —enriquecida con esteroles que toma del huésped— para mantener la integridad osmótica. Eso le confiere un polimorfismo notable: puede adoptar formas cocoides, filamentosas o irregulares según el medio. Y explica por qué no se tiñe con el método de Gram (no hay pared que retenga el cristal violeta), por qué la penicilina y las cefalosporinas carecen de efecto sobre él (no tiene la diana sobre la que actúan), y por qué atraviesa filtros bacteriológicos que retienen a la mayoría de las bacterias convencionales, lo que durante décadas hizo pensar que se trataba de un virus. Con un genoma de entre 580 y 1.400 kilobases —uno de los más reducidos entre los organismos capaces de replicarse por sí mismos—, Mycoplasma ha prescindido de gran parte de la maquinaria biosintética que poseen otras bacterias. No sintetiza esteroles, aminoácidos ni nucleótidos de novo: los obtiene del entorno, lo que lo obliga a vivir como parásito o comensal en asociación estrecha con las células del huésped. El primer mycoplasma aislado en cultivo fue el agente de la pleuroneumonía bovina, hoy clasificado como Mycoplasma mycoides subsp. mycoides. Lo obtuvieron en 1898 Edmond Nocard, de la Escuela Veterinaria de Alfort, y Émile Roux, del Instituto Pasteur, utilizando bolsas de colodión implantadas en el peritoneo de conejos. La técnica era ingeniosa, pero generó una confusión que duró décadas: el organismo atravesaba los filtros que por entonces definían la frontera entre bacterias y virus, de modo que se lo clasificó provisionalmente como "virus filtrable". A lo largo de la primera mitad del siglo XX, fueron apareciendo microorganismos similares en diversas enfermedades animales. Se los agrupó bajo la denominación genérica de PPLO (pleuropneumonia-like organisms), un término que revelaba cuán poco se entendía su naturaleza real. En 1937, Dienes y Edsall aislaron el primer Mycoplasma de origen humano —M. hominis— a partir de un absceso de la glándula de Bartolino. Y en 1944, Monroe Eaton aisló de pacientes con neumonía atípica primaria un agente que pasaría a conocerse como "agente de Eaton" y que no sería reconocido definitivamente como Mycoplasma pneumoniae hasta los años sesenta, cuando varios grupos demostraron que no era un virus sino una bacteria desprovista de pared. Se han aislado unas catorce especies de Mycoplasma en muestras humanas, pero solo cuatro tienen un papel patógeno bien establecido. Mycoplasma pneumoniae es con diferencia la más estudiada. Es responsable de entre el 15 y el 20 % de las neumonías adquiridas en la comunidad, un porcentaje que se eleva en escolares y adultos jóvenes, y constituye el agente etiológico más frecuente de la llamada neumonía por micoplasma o "neumonía ambulante". Se transmite por gotículas respiratorias y presenta ciclos epidémicos cada tres a siete años. También puede causar infecciones de vías respiratorias altas —faringitis, traqueobronquitis— sin llegar a producir bronconeumonía. Mycoplasma genitalium se reconoce hoy como una causa importante de uretritis no gonocócica en varones y de cervicitis y enfermedad inflamatoria pélvica en mujeres. Su crecimiento en cultivo es extraordinariamente lento —puede tardar semanas o meses—, lo que durante mucho tiempo dificultó su identificación; la PCR ha facilitado enormemente su detección. Mycoplasma hominis y las especies del género Ureaplasma (U. urealyticum, U. parvum) forman parte de la flora comensal del tracto genitourinario en una proporción variable de personas sanas. Su papel patógeno se manifiesta cuando colonizan tejidos dañados, en recién nacidos prematuros o en pacientes inmunodeprimidos, y se han relacionado con uretritis, pielonefritis, corioamnionitis y, en neonatos, meningitis y neumonía. Los micoplasmas crecen con lentitud en medios enriquecidos con suero —necesitan una fuente exógena de esteroles— y dan lugar a colonias diminutas, con un diámetro típico de 200 a 300 µm, que presentan un aspecto muy característico: un centro denso embebido en el agar rodeado de una periferia más clara, la llamada "colonia en huevo frito". Esta morfología, visible solo con lupa estereoscópica, fue durante décadas el criterio principal de identificación. En la práctica clínica actual, el cultivo ha sido desplazado en buena medida por técnicas moleculares. La reacción en cadena de la polimerasa (PCR) permite detectar ADN de M. pneumoniae en muestras nasofaríngeas, y de M. genitalium en muestras genitales, con una sensibilidad y rapidez que el cultivo no puede igualar. La serología —detección de anticuerpos IgM e IgG— conserva utilidad en estudios epidemiológicos, aunque su valor en el diagnóstico individual es limitado por el retraso en la seroconversión. La ausencia de pared celular no es exclusiva de Mycoplasma, y conviene distinguirlo de entidades con las que puede confundirse conceptualmente. Las formas L (llamadas así por el Lister Institute, donde se describieron) son bacterias convencionales que han perdido transitoriamente la pared bajo presión selectiva —por ejemplo, por exposición a betalactámicos— y pueden revertir a su forma original cuando cesa el estímulo. Los micoplasmas, en cambio, carecen genéticamente de la maquinaria para sintetizar peptidoglicano: la pérdida es constitutiva, no inducida. Los fitoplasmas pertenecen también a la clase Mollicutes, pero no se han cultivado in vitro y parasitan exclusivamente el floema de las plantas y a sus insectos vectores. Y los Chlamydia, pese a ser también intracelulares obligados y de pequeño tamaño, poseen una estructura de pared rudimentaria con un equivalente de peptidoglicano, algo que los micoplasmas no tienen. Del griego μύκης (mýkēs), "hongo", y πλάσμα (plásma), "forma" o "cosa moldeada". El término se adoptó en la década de 1950 porque las colonias en cultivo, con sus ramificaciones y su capacidad de deformación, recordaban a estructuras fúngicas. Es un nombre engañoso: los micoplasmas no tienen relación con los hongos. Son bacterias genuinas, pero sin pared celular. Es una bacteria, aunque durante más de dos décadas se lo consideró un virus. La confusión se debía a que atravesaba los filtros bacteriológicos y no crecía en los medios de cultivo estándar, dos propiedades que en aquella época se atribuían exclusivamente a los virus. En los años sesenta se demostró que posee ribosomas, ADN y ARN propios, sintetiza proteínas y se replica por fisión binaria: es un procariota en toda regla, pero sin la pared rígida de peptidoglicano. Porque la penicilina y los demás antibióticos betalactámicos actúan inhibiendo la síntesis de peptidoglicano, el componente esencial de la pared celular bacteriana. Si el organismo carece de esa pared —como ocurre en todos los micoplasmas—, el fármaco no tiene diana sobre la que actuar. Por eso las infecciones por Mycoplasma requieren antibióticos de otras familias, como los macrólidos o las tetraciclinas, que inhiben la síntesis de proteínas a nivel ribosomal. No, son géneros distintos, aunque ambos pertenecen a la clase Mollicutes y a la familia Mycoplasmataceae, y comparten la ausencia de pared celular. La diferencia fundamental es metabólica: Ureaplasma posee una ureasa que hidroliza la urea —de ahí su nombre—, mientras que Mycoplasma no. En la práctica clínica ocupan nichos parcialmente solapados, sobre todo en el tracto genitourinario. M. pneumoniae es la bacteria; "neumonía ambulante" es un término coloquial que alude a la forma clínica que suele producir: una neumonía lo bastante leve como para que el paciente siga haciendo vida relativamente normal, sin necesidad de reposo en cama ni hospitalización. El sinónimo más preciso es "neumonía atípica", en contraste con la neumonía "típica" causada por Streptococcus pneumoniae. Si desea profundizar en conceptos asociados a Mycoplasma, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es Mycoplasma
Nocard, Roux y medio siglo de confusión taxonómica
Especies patógenas en el ser humano
Cultivo e identificación
Diferenciación con otros procariotas sin pared celular típica
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "Mycoplasma"?
¿Es Mycoplasma una bacteria o un virus?
¿Por qué la penicilina no funciona contra Mycoplasma?
¿Es lo mismo Mycoplasma que Ureaplasma?
¿Es Mycoplasma pneumoniae lo mismo que la "neumonía ambulante"?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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