DICCIONARIO MÉDICO
Macrólido
Un macrólido es un tipo de antibiótico cuya molécula se organiza alrededor de un gran anillo de lactona, del que cuelgan uno o más azúcares. Ese anillo, con entre 14 y 16 átomos, es el rasgo que da nombre a toda la familia y el que le permite fijarse al ribosoma de la bacteria y frenar la fabricación de proteínas. La eritromicina, la claritromicina y la azitromicina son sus representantes más conocidos. Para posología, contraindicaciones, interacciones y seguridad en el embarazo y la lactancia, consulte la ficha técnica oficial en la AEMPS (CIMA). El nombre nació en 1957, de la mano del químico Robert B. Woodward, y es un híbrido: macro alude al tamaño del anillo, y la sílaba l a la lactona que lo forma. No hay aquí ninguna raíz clínica ni anatómica, solo química descriptiva. Lo que Woodward bautizaba era una arquitectura molecular: un ciclo grande de lactona al que se enganchan desoxiazúcares, y esa forma explica buena parte del comportamiento del grupo. Según el número de átomos del anillo se distinguen tres subgrupos. Los de 14 miembros incluyen la eritromicina y la claritromicina; los de 15, con un átomo de nitrógeno intercalado, forman la subclase de las azálidas, con la azitromicina como ejemplo; los de 16, como la espiramicina y la josamicina, completan el conjunto. Todos comparten el mecanismo. Cambian el tamaño del anillo, la penetración en los tejidos y la vida media dentro del organismo. El ribosoma bacteriano tiene dos piezas de distinto tamaño. Los macrólidos se unen a la mayor, la subunidad 50S, en concreto a una región del ARN ribosómico 23S que forma parte del túnel por el que va saliendo la proteína recién fabricada. Al ocupar ese pasadizo, el fármaco impide que la cadena de aminoácidos progrese: la traducción se detiene. Es un bloqueo mecánico, casi un tapón en la salida. Como el ribosoma humano es distinto del bacteriano, el antibiótico frena a la bacteria sin interferir en las células del paciente. La consecuencia habitual es que la bacteria deja de multiplicarse, un efecto que se describe como bacteriostático; a concentraciones altas, y frente a determinados microorganismos, el efecto puede volverse bactericida y llegar a matarla. El resultado depende de la especie, de la cantidad de fármaco que alcanza el foco y del momento del ciclo bacteriano. La historia del grupo arranca con la eritromicina. En 1952, un equipo de los laboratorios Eli Lilly dirigido por James M. McGuire la aisló de los productos de una bacteria del suelo, Streptomyces erythreus (reclasificada después como Saccharopolyspora erythraea), procedente de una muestra de tierra recogida en el archipiélago filipino. Ofrecía una alternativa a la penicilina en pacientes alérgicos, y a partir de su estructura se sintetizaron después los demás miembros. La claritromicina y la azitromicina, por ejemplo, son derivados semisintéticos de aquella primera molécula, retocados para penetrar mejor en los tejidos y durar más en el organismo. De la química, no de la clínica. Macro remite al gran anillo de lactona que caracteriza a estos compuestos, y el término lo acuñó Robert B. Woodward en 1957. No encierra ninguna raíz griega referida a un órgano o a un síntoma, como sí ocurre con tantos otros nombres de la medicina. Comparten la diana, la subunidad 50S del ribosoma, y por eso comparten la lógica de acción. Difieren en el tamaño del anillo, en cuánto penetran en los distintos tejidos y en su permanencia en el cuerpo, rasgos que separan a la eritromicina de la azitromicina pese a su parentesco. Porque el ribosoma de las bacterias no es idéntico al de las células humanas. El macrólido reconoce y bloquea el bacteriano, y deja intacto el nuestro. Para situar los macrólidos dentro del conjunto de los antimicrobianos, puede consultar:Qué es un macrólido
Cómo interrumpen la síntesis de proteínas
El primero de la serie
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra macrólido?
¿Todos los macrólidos funcionan igual?
¿Por qué no dañan a las células humanas?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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