DICCIONARIO MÉDICO
Injerto de hueso
Un injerto de hueso, también llamado injerto óseo, consiste en trasladar tejido óseo hasta una zona del esqueleto que ha perdido volumen o continuidad, para que el organismo repare el defecto. El hueso trasplantado puede provenir del propio paciente, de un donante humano o, con menos frecuencia, de un material sintético. Más que un relleno, actúa como armazón, y en ocasiones aporta células vivas, sobre el que se forma hueso nuevo. La palabra injerto viene del latín inserĕre, introducir o insertar, y llegó a la medicina desde la jardinería, donde una yema se encaja en otra planta para que arraigue. En el hueso el gesto es parecido: se sitúa un fragmento óseo en un lecho que lo recibe y lo integra. El propósito puede ser reconstruir la forma de un hueso dañado, rellenar una cavidad o favorecer que dos superficies óseas se suelden entre sí. Por su procedencia se reconocen tres grandes tipos. El autoinjerto se extrae del propio paciente. El aloinjerto procede de otra persona, casi siempre a través de un banco de tejidos. El xenoinjerto se obtiene de una especie distinta, como la bovina. Solo el primero llega vivo y sin desencadenar respuesta inmunitaria, y por eso se toma como injerto de referencia. Un hueso injertado puede colaborar en la reparación de tres maneras, que a menudo se combinan. Hablamos de osteogénesis cuando el injerto conserva células vivas, los osteoblastos, capaces de seguir fabricando hueso en su nuevo destino; esta cualidad se mantiene casi solo en el hueso esponjoso autólogo recién trasplantado. La osteoconducción es más pasiva: el injerto ofrece un andamiaje poroso por el que penetran los vasos y las células del receptor. Y la osteoinducción consiste en atraer células madre del propio huésped y empujarlas a convertirse en hueso, gracias a proteínas guardadas en la matriz ósea. El autoinjerto reúne las tres capacidades. Los sustitutos sintéticos rara vez pasan de la segunda. La textura del hueso condiciona cómo se comporta al injertarse. El hueso esponjoso, poroso y con abundantes células, se llena de vasos deprisa y brinda una superficie amplia para que crezca hueso nuevo, aunque al principio sostiene poca carga. El compacto, denso, aguanta peso desde el primer día, pero tarda en dejarse penetrar por los vasos. Muchos injertos aprovechan las dos texturas a la vez, los llamados corticoesponjosos, que suman sostén mecánico y actividad biológica. El injerto de esponjosa representa la primera opción en su forma más pura. Colocado el injerto, no queda como una pieza muerta. El organismo lo reabsorbe poco a poco a la vez que deposita hueso propio en su lugar, un relevo conocido como sustitución progresiva (en la literatura clásica, creeping substitution). Los vasos del lecho avanzan hacia el interior del injerto, unas células retiran el hueso antiguo y los osteoblastos rellenan el hueco con matriz reciente. En un autoinjerto esponjoso ese cambio es veloz. En un aloinjerto voluminoso puede prolongarse durante años y no completarse del todo, lo que a veces favorece fracturas por fatiga. Cuando el injerto procede del propio paciente, se toma de lugares donde el hueso puede cederse sin restar función. La cresta ilíaca, en la pelvis, es la cantera más habitual de hueso esponjoso. La costilla y la bóveda del cráneo aportan hueso de origen membranoso. El peroné ofrece un segmento largo que, en casos seleccionados, se traslada junto a su pedículo vascular para que llegue irrigado y vivo a su destino. Cada zona donante suma ventajas y deja su propia huella en quien la cede. Del latín inserĕre, que significaba introducir o insertar. El término pasó primero por la jardinería, donde injertar es unir una parte de una planta a otra, y de ahí lo tomó la cirugía para nombrar el hueso, la piel o el tejido que se coloca en un cuerpo para que arraigue. Porque es el único que llega vivo. Al proceder del propio paciente, no provoca rechazo inmunitario ni puede transmitir infecciones de un donante, y conserva células capaces de formar hueso. Su límite está en la cantidad disponible y en las molestias de la zona de la que se extrae. Que funciona como un andamio. Su estructura porosa no fabrica hueso por sí misma, pero ofrece un camino físico por el que los vasos sanguíneos y las células formadoras del receptor avanzan y colonizan el injerto. La mayoría de los sustitutos óseos sintéticos actúan justo de esta manera. Depende de su origen. El autoinjerto no genera rechazo, ya que es tejido propio. El aloinjerto y el xenoinjerto se procesan y se desvitalizan en bancos de tejidos precisamente para reducir la reacción inmunitaria: llegan sin células vivas y actúan sobre todo como armazón. El cirujano Marshall Urist demostró en 1965 que la matriz ósea desmineralizada, implantada en tejido muscular, era capaz de generar hueso donde antes no lo había. Aquel hallazgo condujo a identificar las proteínas morfogenéticas óseas y asentó el concepto de osteoinducción.Qué es un injerto de hueso
Las tres propiedades del hueso injertado
Hueso cortical y hueso esponjoso
Cómo se incorpora al hueso receptor
De dónde se obtiene el hueso
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra injerto?
¿Por qué el autoinjerto se considera el de referencia?
¿Qué significa que un injerto sea osteoconductor?
¿El cuerpo rechaza un injerto de hueso?
¿Quién describió la capacidad del hueso para inducir hueso nuevo?
Referencias
Entradas relacionadas
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026