DICCIONARIO MÉDICO
Embolia de la arteria central de la retina
La embolia de la arteria central de la retina es la oclusión aguda de este vaso por un émbolo procedente, en la mayoría de los casos, de una placa ateromatosa carotídea o del corazón. Provoca una interrupción brusca del aporte sanguíneo a la retina interna y cursa con pérdida de visión repentina, indolora y habitualmente grave en el ojo afectado. Se trata de una urgencia oftalmológica con un margen de actuación muy estrecho, porque la retina tolera mal la isquemia prolongada. La arteria central de la retina es una rama de la arteria oftálmica que penetra en el globo ocular junto al nervio óptico y se divide, a nivel de la papila, en ramas superior e inferior. Es, para la mayor parte de la retina interna, el único vaso nutricio: una arteria terminal sin anastomosis colaterales relevantes. Ese carácter terminal explica la gravedad de su oclusión. Cuando un émbolo se aloja en ella y detiene el flujo, las capas internas de la retina quedan sin oxígeno en cuestión de minutos. Conviene no confundir esta entidad con la trombosis de la misma arteria, en la que el coágulo se forma in situ sobre una pared arterial dañada. En la embolia, el material oclusivo viaja desde un foco a distancia. La distinción importa porque el perfil del paciente, los factores predisponentes y las implicaciones para la circulación cerebral no son idénticos, aunque ambas situaciones comparten la consecuencia final: un infarto retiniano. La retina recibe irrigación de dos fuentes: la arteria central de la retina, que nutre las capas internas (desde la capa de fibras nerviosas hasta la nuclear interna), y las arterias ciliares posteriores cortas, que irrigan las capas externas a través de la coroides. Esta dualidad tiene un matiz que modifica el pronóstico en cerca de un 20 % de la población: la existencia de una arteria ciliorretiniana, rama del sistema ciliar y no del retiniano, que puede mantener la perfusión de una pequeña franja macular incluso cuando la arteria central está completamente ocluida. Sin esa variante anatómica, el bloqueo completo del flujo por la arteria central deja sin irrigación la totalidad de la retina interna. La retina neurosensorial tiene una tolerancia a la isquemia notablemente corta comparada con otros tejidos: estudios experimentales sitúan el daño irreversible a partir de los 90 a 100 minutos de isquemia completa, un margen que en la práctica clínica resulta difícil de aprovechar porque el paciente no siempre acude a tiempo. Los émbolos que alcanzan la arteria central de la retina proceden, en la mayor parte de los casos, de placas de aterosclerosis en la bifurcación de la arteria carótida ipsilateral. Fragmentos de colesterol, fibrina o material calcificado se desprenden y viajan por la carótida interna hasta la arteria oftálmica y, desde allí, a la retina. El segundo origen en frecuencia es cardioembólico: trombos formados en una aurícula con fibrilación auricular, sobre válvulas enfermas o, más raramente, a partir de un mixoma auricular. Menos habitual es la embolia de origen paradójico, en la que un trombo venoso cruza al sistema arterial a través de un foramen oval permeable. Se ha descrito también embolia grasa tras fracturas de huesos largos y, en casos aislados, embolia séptica en pacientes con endocarditis. Factores como la hipertensión arterial, la diabetes, la hiperlipidemia y el tabaquismo favorecen la formación de placas y, con ello, el riesgo embólico. Al examinar el fondo de ojo de un paciente con oclusión de la arteria central, la retina aparece pálida y edematosa porque sus capas internas, privadas de flujo, pierden transparencia. En la fóvea, donde la retina es extremadamente fina y la coroides subyacente sigue perfundida, se observa una zona de color rojo intenso que contrasta con la palidez circundante: es la llamada mancha rojo cereza. No se trata de una lesión nueva, sino del color coroideo normal que se hace visible por transparencia al perder opacidad la retina infartada que lo rodea. Las arteriolas retinianas suelen verse adelgazadas, y en ocasiones se observa una fragmentación de la columna sanguínea (aspecto de "tren de vagones") que refleja el flujo enlentecido. A veces el propio émbolo es visible como un punto brillante en la bifurcación de una arteriola. Estos hallazgos van desapareciendo en las semanas siguientes a medida que el edema se reabsorbe, pero dejan tras de sí una retina adelgazada y una papila óptica pálida por atrofia. Desde 2021, la American Heart Association clasifica la oclusión de la arteria central de la retina como un equivalente de accidente cerebrovascular. El motivo es doble: comparte los mismos factores de riesgo y mecanismos embólicos que el ictus cerebral, y los pacientes que la sufren tienen un riesgo elevado de presentar un ictus en las semanas siguientes. Diversos registros cifran ese riesgo entre un 2 % y un 5 % en los primeros días. La implicación práctica es que la evaluación del paciente no se limita al ojo; exige una valoración vascular y cardiológica orientada a identificar y tratar la fuente embólica para prevenir eventos cerebrovasculares. El término embolia procede del griego ἐμβολή (embolḗ, "inserción, irrupción"), derivado de ἐν (en) y βάλλειν (bállein, "lanzar"). Designa la obstrucción de un vaso por un cuerpo arrastrado por la corriente sanguínea. La arteria central de la retina (arteria centralis retinae en la nomenclatura anatómica latina) fue descrita con detalle por Albrecht von Haller en el siglo XVIII, y la primera descripción clínica de su oclusión embólica se atribuye a von Graefe en 1859. No. En la embolia, el material oclusivo se forma lejos del ojo (en la carótida, en el corazón) y viaja hasta la retina. En la trombosis, el coágulo se genera localmente sobre la pared arterial dañada. La diferencia es relevante porque la embolia suele instalarse de forma súbita y completa, mientras que la trombosis puede tener un inicio algo más progresivo y se asocia con mayor frecuencia a arteritis de células gigantes en pacientes mayores de 50 años. Depende de la rapidez con que se restaure el flujo y de si existe una arteria ciliorretiniana que preserve parte de la perfusión macular. En la mayoría de los casos, la pérdida visual es grave y permanente. Algunos pacientes conservan visión parcial si el émbolo se fragmenta o migra espontáneamente a una rama más distal, pero la recuperación completa se da muy pocas veces. Su incidencia se estima entre 1 y 2 casos por 100 000 personas al año, con una edad media de presentación en torno a los 60 a 65 años. Afecta con mayor frecuencia a varones y a personas con factores de riesgo cardiovascular establecidos. Si desea profundizar en conceptos asociados a la embolia de la arteria central de la retina, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la embolia de la arteria central de la retina
Anatomía vascular de la retina y vulnerabilidad a la embolia
Origen del émbolo y factores predisponentes
La mancha rojo cereza como signo fundoscópico
Equivalente a un ictus retiniano
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la expresión "embolia de la arteria central de la retina"?
¿Es lo mismo embolia que trombosis de la arteria central de la retina?
¿Puede recuperarse la visión tras una embolia retiniana?
¿Es frecuente la embolia de la arteria central de la retina?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
Infografías realizadas con https://BioRender.com
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