DICCIONARIO MÉDICO
IgA
La IgA (inmunoglobulina A) es el anticuerpo que protege las superficies mucosas del organismo: vías respiratorias, tracto digestivo, aparato genitourinario y glándulas exocrinas. Está presente también en la saliva, las lágrimas y la leche materna, donde forma la primera línea de defensa frente a los microorganismos que intentan penetrar por las mucosas. De las cinco clases de inmunoglobulinas, la IgA es la que se ha especializado en las mucosas. En el suero sanguíneo representa entre el 10 y el 15 % del total de inmunoglobulinas circulantes, pero en las secreciones mucosas es el isotipo dominante, muy por encima de la IgG o la IgM. Para una descripción detallada de su estructura molecular (cadenas pesadas alfa, forma dimérica con cadena J, componente secretor, subclases IgA1 e IgA2) y de sus funciones biológicas en las mucosas, consulte la entrada inmunoglobulina A. La IgA total mide la concentración global de este isotipo en el suero, sin distinguir contra qué antígeno se dirige. En el adulto, los valores de referencia se sitúan de forma orientativa entre 70 y 400 mg/dL, con variaciones según el método y el laboratorio. El recién nacido parte casi de cero. La IgA materna no atraviesa la placenta, de modo que el bebé ha de fabricar la suya propia, una producción que se instaura poco a poco y no alcanza cifras de adulto hasta el final de la adolescencia. Una IgA sérica elevada admite lecturas distintas según el contexto. Las infecciones crónicas o recurrentes de las mucosas, respiratorias o digestivas, mantienen alta la producción de forma sostenida. También sube en las hepatopatías crónicas (la cirrosis alcohólica, en particular, suele acompañarse de IgA sérica alta) y en algunas enfermedades autoinmunes. Merece mención aparte la nefropatía IgA (enfermedad de Berger): alrededor de la mitad de quienes la padecen presentan una IgA sérica elevada, si bien el diagnóstico definitivo pasa por la biopsia renal, que revela depósitos de IgA en el mesangio. Distinto es el caso de una elevación monoclonal, es decir, un único tipo de IgA producido en exceso que asoma como un pico en la electroforesis; ante ese hallazgo, el médico valora una gammapatía monoclonal de tipo IgA. El déficit selectivo de IgA es la inmunodeficiencia primaria más frecuente. Se define por una concentración sérica inferior a 7 mg/dL en una persona mayor de cuatro años que conserva normales la IgG y la IgM, y en la población europea afecta a alrededor de 1 de cada 500 a 700 personas. La mayoría no lo nota nunca: pasa la vida sin síntomas y el hallazgo aparece por casualidad, en un análisis pedido por otro motivo. Una parte, sin embargo, arrastra infecciones respiratorias o digestivas de repetición, muestra más predisposición a enfermedades autoinmunes (entre ellas la enfermedad celíaca) y, en contadas ocasiones, reacciona frente a hemoderivados que contengan IgA. Encontrará más detalle en la entrada IgA deficitaria. Al margen del déficit primario, la IgA puede bajar de forma secundaria: ocurre en el síndrome nefrótico, en las enteropatías que hacen perder proteínas y con determinados tratamientos inmunosupresores. En el cribado de la enfermedad celíaca, los anticuerpos IgA antitransglutaminasa tisular son la prueba serológica de elección: su sensibilidad y su especificidad superan el 90 % cuando la IgA sérica es normal. El problema surge si el paciente tiene un déficit selectivo de IgA, situación algo más común entre celíacos que en la población general. En ese caso los anticuerpos IgA dan un falso negativo, y el estudio se completa con anticuerpos de clase IgG. De ahí que muchos protocolos soliciten a la vez la IgA total sérica. La IgA que viaja por la sangre es en su mayor parte monomérica. La que protege las mucosas, en cambio, es un dímero: dos moléculas unidas por una cadena J y envueltas en un componente secretor que la vuelve resistente a las enzimas digestivas. Esta IgA secretora abunda en la saliva, las lágrimas, las secreciones nasales y bronquiales, la bilis y la leche materna. Su concentración se dispara en el calostro, la primera secreción mamaria tras el parto, y ofrece al recién nacido una protección pasiva en las mucosas durante los primeros días de vida, justo cuando su propio sistema inmunitario todavía está madurando. Que el cuerpo está fabricando más IgA de la habitual. Detrás suele haber una infección crónica de las mucosas o una enfermedad del hígado; con menos frecuencia, un proceso autoinmune o, si la elevación es monoclonal, una gammapatía. El dato aislado dice poco: cobra sentido dentro del cuadro clínico completo. Sí. "IgA" es la forma abreviada que emplean los informes de laboratorio; "inmunoglobulina A" es el nombre completo. Si le interesa la estructura molecular, las subclases y las funciones biológicas, están descritas en la entrada inmunoglobulina A. Casi nunca. Muchas personas con déficit selectivo de IgA no tienen ningún síntoma y se enteran por azar, al hacerse un análisis por otra causa. Un grupo menor sí sufre infecciones respiratorias o digestivas repetidas y un riesgo mayor de enfermedades autoinmunes; en esos casos, el seguimiento por un inmunólogo ayuda a anticipar las complicaciones. Porque el marcador serológico más fiable de la enfermedad celíaca, los anticuerpos antitransglutaminasa, es de clase IgA. Si el paciente tiene poca IgA, ese marcador puede fallar y dar un falso negativo. Medir la IgA total sirve, precisamente, para saber si el resultado es de fiar. Si desea profundizar en conceptos asociados a la IgA, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la IgA
Valores normales de IgA total
IgA alta
IgA baja y déficit selectivo de IgA
IgA y enfermedad celíaca
IgA secretora: la IgA de las mucosas
Preguntas frecuentes
¿Qué significa tener la IgA alta en una analítica?
¿Es lo mismo IgA que inmunoglobulina A?
¿El déficit de IgA es grave?
¿Por qué se pide la IgA en el cribado de celiaquía?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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