DICCIONARIO MÉDICO
Hemorragia petequial
La hemorragia petequial es un patrón de sangrado que se manifiesta como pequeñas manchas puntiformes, de color rojo o violáceo, causadas por la rotura de capilares con salida de sangre hacia la piel o las mucosas. Cada una de esas manchas es una petequia. No es una enfermedad en sí misma, sino un signo que puede acompañar situaciones muy dispares, desde un esfuerzo físico banal hasta un trastorno de la sangre. El término "petequia" llegó al vocabulario médico desde el italiano petecchia, "mancha o pinta en la piel", documentada en el siglo XVI. En aquella época se hablaba de "fiebre petequial" para referirse al tifus exantemático, llamado también tabardillo, por las manchas que sembraban la piel de los enfermos. El nombre describía lo que se veía. Una petequia es hoy una hemorragia diminuta, de menos de dos milímetros, situada en el espesor de la piel o bajo una mucosa. Hablar de hemorragia petequial es hablar del conjunto: la aparición de múltiples petequias formando un patrón. Tienen un rasgo que ayuda a reconocerlas. Al presionarlas, no desaparecen. Si se comprime la piel con un cristal transparente, la mancha sigue ahí, porque la sangre ya está fuera del vaso y no puede desplazarse. Esto las separa del simple enrojecimiento de la piel, que sí se aclara con la presión. La petequia no está sola. Forma parte de una familia de lesiones que comparten el mismo origen, la sangre extravasada en la piel, y que se distinguen por el tamaño. Las petequias son las más pequeñas, con menos de dos milímetros. La púrpura ocupa el rango intermedio, entre los dos milímetros y el centímetro. La equimosis, el conocido moratón, supera el centímetro. Cuando la sangre se acumula en cantidad suficiente para abultar y palparse, ya se habla de hematoma. La hemorragia petequial se sitúa en el extremo menudo de ese espectro. Detrás de una petequia hay siempre un capilar que ha dejado escapar sangre. Tres grandes mecanismos explican por qué. El primero es la falta de plaquetas, las células encargadas de sellar las fugas microscópicas de la pared vascular. Cuando su número cae, como ocurre en la trombocitopenia, esas pequeñas roturas cotidianas dejan de taparse y afloran en forma de petequias. El segundo es la fragilidad de la propia pared del vaso. Si el capilar está inflamado o dañado, sangra con facilidad aunque las plaquetas sean normales. Es lo que sucede en las vasculitis, donde la lesión es la inflamación del vaso. El tercero es puramente mecánico: un aumento brusco de la presión dentro de las venas pequeñas. Un acceso de tos, un vómito violento, un esfuerzo con la respiración contenida o la compresión del cuello pueden reventar capilares de la cara, el cuello o la conjuntiva. La respuesta, en estos casos, es inmediata. La hemorragia petequial reúne causas de muy distinto peso. Las plaquetarias son las más clásicas, con la trombocitopenia a la cabeza. Entre las vasculares figura la púrpura de Henoch-Schönlein, una vasculitis infantil que dibuja lesiones palpables en las piernas. Ciertas infecciones graves cursan con petequias, y algunas tienen un valor de alarma reconocido: en la meningococemia, las manchas no se aclaran al presionar, un rasgo que conviene conocer. También aparecen petequias como parte del síndrome de embolia grasa, tras ciertas fracturas, y en la endocarditis, donde microémbolos siembran la piel y las conjuntivas. Las petequias tienen un capítulo propio en la medicina legal. Cuando alguien sufre una asfixia por compresión del cuello, la sangre venosa de la cabeza no puede retornar, la presión dentro de los capilares se dispara y estos se rompen. El resultado son petequias en la conjuntiva, los párpados y la cara. En la autopsia, además, pueden encontrarse pequeñas hemorragias puntiformes bajo las serosas de los órganos internos, conocidas como manchas de Tardieu, descritas por el médico forense francés Ambroise Tardieu en el siglo XIX. Su presencia orienta sobre el mecanismo de la muerte. Del italiano petecchia, "mancha en la piel", que entró en la medicina en el siglo XVI. De ahí procede también la antigua "fiebre petequial", nombre que recibía el tifus por el sembrado de manchas que producía. La raíz describía, sencillamente, lo que el médico veía sobre el cuerpo del enfermo. En el tamaño. Las tres son sangre salida a la piel. La petequia mide menos de dos milímetros; la púrpura, entre dos milímetros y un centímetro; la equimosis, más de un centímetro. La hemorragia petequial es la expresión más fina de ese mismo fenómeno. No. Ese es justamente el rasgo que las identifica. Como la sangre ya está fuera del vaso, la presión no la desplaza y la mancha persiste. El enrojecimiento por dilatación de los vasos, en cambio, sí palidece al comprimirlo. La maniobra del cristal transparente aprovecha esa diferencia. Por un mecanismo de presión. Un esfuerzo intenso con la respiración retenida, la tos repetida o el vómito elevan de golpe la presión en las venas pequeñas de la cabeza y el cuello, y algunos capilares ceden. Suelen ser petequias benignas, limitadas a la cara y la parte alta del tórax, que se reabsorben solas. Si desea profundizar en conceptos asociados a la hemorragia petequial, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la hemorragia petequial
El espectro de las lesiones purpúricas
Por qué se rompen los capilares
Contextos en que aparece
Un signo con lectura forense
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "petequia"?
¿En qué se diferencia de la púrpura y la equimosis?
¿Las petequias desaparecen al presionar la piel?
¿Por qué salen petequias tras un esfuerzo o un ataque de tos?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026