DICCIONARIO MÉDICO
Escape ventricular
El escape ventricular —también llamado ritmo idioventricular— es un ritmo cardíaco de rescate generado por las propias fibras del ventrículo cuando los marcapasos superiores (nodo sinusal y nodo auriculoventricular) fallan o su estímulo no consigue llegar a los ventrículos. Es el último escalón de la jerarquía de latidos de escape, y su presencia indica que el corazón ha agotado todos los mecanismos de seguridad superiores. El sistema de conducción del corazón funciona como una cadena de mando con varios niveles de respaldo. El nodo sinusal lidera a 60-100 latidos por minuto. Si falla, el nodo auriculoventricular toma el relevo a 40-60. Y si tampoco la unión responde, el tercer y último recurso son las fibras de Purkinje y el miocardio ventricular, cuya frecuencia intrínseca de disparo es considerablemente más lenta: entre 20 y 40 latidos por minuto. Ese ritmo ventricular autónomo es lo que se conoce como escape ventricular. En el electrocardiograma, el escape ventricular se reconoce por tres rasgos. Un ritmo regular pero lento, habitualmente por debajo de 40 latidos por minuto. Complejos QRS anchos (superiores a 0,12 segundos), porque la despolarización no viaja por las vías rápidas del sistema His-Purkinje sino de fibra a fibra, a menor velocidad. Y ausencia de relación entre las ondas P y los QRS: las aurículas pueden seguir su propio ritmo sinusal mientras los ventrículos laten de forma independiente, un fenómeno que los cardiólogos llaman disociación auriculoventricular. El contexto clínico más frecuente es el bloqueo auriculoventricular completo (de tercer grado), en el que la comunicación eléctrica entre aurículas y ventrículos está interrumpida. También puede aparecer en la enfermedad del nodo sinusal avanzada, cuando ni el nodo sinusal ni la unión consiguen generar un estímulo. El nivel del bloqueo importa mucho: cuanto más bajo es el punto donde se interrumpe la conducción, más lento y menos fiable es el ritmo de escape ventricular, y mayor es el riesgo de pausas prolongadas, síncope o incluso asistolia. Existe una variante llamada ritmo idioventricular acelerado (RIVA) que conviene no confundir con el escape ventricular clásico. El RIVA tiene QRS ancho —como cualquier ritmo de origen ventricular—, pero su frecuencia es más alta, entre 60 y 110 latidos por minuto, y aparece de forma característica durante la reperfusión de una arteria coronaria ocluida tras un infarto. Se debe a un automatismo ventricular anormal estimulado por la recuperación del flujo sanguíneo, y generalmente es benigno y autolimitado. El escape ventricular propiamente dicho es más lento, refleja un mecanismo de rescate por fallo de los marcapasos superiores y con frecuencia necesita intervención. El escape ventricular en sí es un mecanismo protector: sin él, el corazón se detendría. Pero su presencia indica que los dos niveles superiores de mando (nodo sinusal y nodo auriculoventricular) han fallado, lo cual sí puede ser grave. Además, un ritmo de 20-40 latidos por minuto rara vez basta para mantener un gasto cardíaco adecuado, de modo que muchos pacientes con escape ventricular sostenido presentan mareos, bradicardia sintomática o síncope. No. La extrasístole ventricular es un latido prematuro que se adelanta al ritmo normal por hiperexcitabilidad del miocardio. El escape ventricular aparece después de una pausa, cuando los marcapasos superiores no han disparado a tiempo. Son mecanismos opuestos: uno por exceso, el otro por defecto. Si desea profundizar en conceptos asociados al escape ventricular, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es el escape ventricular
Diferenciación con el ritmo idioventricular acelerado
Preguntas frecuentes
¿Es peligroso el escape ventricular?
¿Es lo mismo escape ventricular que extrasístole ventricular?
Referencias
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