DICCIONARIO MÉDICO
Conducto arterioso
El conducto arterioso —también llamado ductus arteriosus o conducto de Botal— es un vaso sanguíneo exclusivo de la vida fetal que conecta el tronco pulmonar con la aorta. Su función es desviar hacia la circulación sistémica la mayor parte de la sangre eyectada por el ventrículo derecho, evitando unos pulmones que todavía no participan en el intercambio gaseoso. En condiciones normales se cierra de forma espontánea durante las primeras horas de vida del recién nacido. El conducto arterioso (en la nomenclatura anatómica internacional, ductus arteriosus) es un vaso corto, de paredes musculares gruesas, que comunica la cara lateral izquierda del tronco pulmonar —o el origen de la arteria pulmonar izquierda— con la porción descendente del arco aórtico, justo distal a la salida de la arteria subclavia izquierda. Es una estructura normal y necesaria durante toda la gestación: permite que la sangre del ventrículo derecho alcance la aorta sin recorrer el lecho vascular pulmonar, que en el feto presenta una resistencia muy elevada. "Ductus" procede del latín ducĕre, "conducir" o "llevar". "Arteriosus" es la forma adjetival latina de arteria, que a su vez deriva del griego ἀρτηρία (artēría), término que Hipócrates y Galeno empleaban para designar los vasos que —según la fisiología antigua— transportaban aire (del verbo ἀείρω, "mantener suspendido en el aire"). El nombre completo describe, pues, un conducto que conecta una arteria con otra. En la práctica clínica actual conviven varias denominaciones: "conducto arterioso" (la adaptación española preferida por la RANME), "ductus arterioso" (la forma híbrida más frecuente en las búsquedas de pacientes y familias), "canal arterial" y "conducto de Botal", este último en homenaje al anatomista italiano Leonardo Botallo (c. 1530-c. 1587), a quien la tradición atribuyó —con ciertas reservas historiográficas— la primera descripción detallada de la estructura en el siglo XVI. La relación de Botallo con esta estructura merece un matiz. El nombre "agujero de Botallo" se aplicó durante siglos de manera ambigua tanto al conducto arterioso como al foramen oval del corazón, y la atribución exacta de los hallazgos de Botallo ha sido debatida por los historiadores de la anatomía. La entrada agujero de Botallo del diccionario desarrolla en detalle esa ambigüedad. Durante la vida intrauterina los pulmones están colapsados, llenos de líquido, y no realizan intercambio gaseoso. La oxigenación de la sangre fetal depende por completo de la placenta. Para que el sistema funcione, el corazón fetal dispone de dos cortocircuitos fisiológicos que permiten saltarse la circulación pulmonar: el foramen oval, que comunica las aurículas a través del septo interauricular, y el conducto arterioso, que conecta directamente la arteria pulmonar con la aorta. En la práctica, alrededor del 60 % del gasto combinado de ambos ventrículos acaba cruzando el conducto arterioso. La sangre que el ventrículo derecho expulsa hacia el tronco pulmonar encuentra una resistencia pulmonar tan alta que la mayor parte se desvía por el conducto hacia la aorta descendente, desde donde irriga el tronco inferior del feto y, a través de las arterias umbilicales, retorna a la placenta para oxigenarse de nuevo. Solo una fracción pequeña pasa efectivamente por los vasos pulmonares. El conducto se mantiene abierto durante la gestación gracias a la acción combinada de dos factores: la concentración baja de oxígeno en la sangre fetal (la PaO₂ fetal ronda los 25-28 mmHg, muy inferior a la del recién nacido) y la presencia sostenida de prostaglandinas E₂ y prostaciclina, que relajan el músculo liso de su pared. La placenta produce buena parte de esas prostaglandinas y, al mismo tiempo, es el órgano que las metaboliza; este equilibrio se rompe bruscamente en el momento del parto. Todo cambia con la primera respiración. Cuando los pulmones se expanden y comienzan a ventilar, la resistencia vascular pulmonar cae de golpe y el flujo hacia el lecho pulmonar aumenta. Al mismo tiempo, la PaO₂ del recién nacido sube con rapidez, lo que estimula la contracción del músculo liso de la pared del conducto arterioso. A esto se suma la desaparición del aporte placentario de prostaglandinas: cortado el cordón umbilical, la concentración de PGE₂ circulante desciende y el efecto vasodilatador que mantenía el conducto abierto se pierde. El resultado es un cierre funcional que suele completarse entre las 10 y las 15 primeras horas de vida en el recién nacido a término, aunque algunos textos amplían el margen hasta las 48-72 horas. Después viene el cierre anatómico definitivo: la pared del conducto se fibrosa progresivamente y en el plazo de dos a tres semanas se transforma en una cuerda fibrosa residual llamada ligamento arterioso (ligamentum arteriosum), que persiste como vestigio anatómico durante toda la vida adulta. Cuando este proceso no se completa y el conducto permanece abierto más allá del periodo neonatal, se configura una cardiopatía congénita conocida como persistencia del ductus arteriosus (PDA, por sus siglas en inglés). Es una situación frecuente en prematuros —está presente en hasta el 45 % de los recién nacidos con peso inferior a 1.750 g— y sus consecuencias, mecanismos y abordaje corresponden a una entidad clínica diferenciada que se desarrolla en su propia entrada del diccionario. Del latín ducĕre ("conducir") y arteria (a su vez del griego ἀρτηρία, "vaso de aire" en la fisiología clásica). El equivalente español es "conducto arterioso", que es la forma recomendada por la Real Academia Nacional de Medicina. "Ductus arterioso" —la forma híbrida que mezcla el sustantivo latino con el adjetivo castellanizado— es la más extendida en el uso cotidiano de pacientes y familias. No exactamente, aunque la confusión tiene siglos de historia. "Agujero de Botallo" (foramen Botalli) se usó durante largo tiempo para designar tanto el conducto arterioso como el foramen oval del corazón. La bibliografía moderna tiende a reservar el nombre "conducto de Botal" para el conducto arterioso y "agujero de Botal" para el foramen oval, pero la ambigüedad persiste en textos antiguos. En el recién nacido a término, el cierre funcional ocurre habitualmente durante las primeras 10-15 horas de vida. El cierre anatómico completo —la fibrosis que convierte el conducto en el ligamento arterioso— necesita de dos a tres semanas. En prematuros estos plazos pueden alargarse de forma considerable, y en algunos casos el cierre no se produce de forma espontánea. Al contrario: es una estructura absolutamente normal y necesaria durante la vida fetal. Sin él, la sangre del ventrículo derecho se vería obligada a atravesar un lecho pulmonar de altísima resistencia, lo que comprometería la hemodinámica del feto. Lo que constituye una anomalía es su persistencia después del nacimiento. Si desea profundizar en conceptos asociados al conducto arterioso, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es el conducto arterioso
Papel del conducto en la circulación fetal
Cierre posnatal y formación del ligamento arterioso
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene el nombre "ductus arteriosus"?
¿Es lo mismo el conducto arterioso que el agujero de Botallo?
¿Cuánto tarda en cerrarse después de nacer?
¿El conducto arterioso es una malformación?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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