DICCIONARIO MÉDICO
Disopiramida
La disopiramida es un antiarrítmico de la clase Ia según la clasificación de Vaughan Williams: bloquea los canales de sodio y ejerce un efecto estabilizador de membrana sobre el tejido cardíaco. Su perfil farmacológico recuerda al de la quinidina, pero el efecto anticolinérgico y depresor de la contractilidad es aquí mucho más marcado. Se emplea en la taquicardia ventricular y otras arritmias de origen auricular, y también como fármaco de segunda línea en la miocardiopatía hipertrófica obstructiva. Su código en la clasificación ATC es C01BA03. Para posología, contraindicaciones, interacciones y seguridad en el embarazo y la lactancia, consulte la ficha técnica oficial en la AEMPS (CIMA). La disopiramida bloquea la corriente rápida de sodio que inicia el potencial de acción cardíaco, lo que reduce la velocidad de conducción del impulso eléctrico. Comparte este mecanismo con la quinidina y con la procainamida, sus compañeras de clase. Sobre el electrocardiograma, sin embargo, deja una huella algo más discreta que la de la quinidina: el ensanchamiento del complejo QRS y la prolongación del intervalo QT son menores. Existe también una presentación inyectable, en forma de fosfato, reservada para servicios de urgencia cardiológica en pacientes en estado crítico. Se prescribe en la taquicardia ventricular y en ciertas arritmias de origen auricular. Por vía oral, su absorción es rápida: la biodisponibilidad ronda el 83% con las cápsulas convencionales y puede llegar al 91-100% con la formulación de liberación prolongada. El hígado la metaboliza sobre todo a través del citocromo CYP3A4, principalmente hacia metabolitos inactivos, aunque genera también un metabolito activo, la mono-N-desisopropil-disopiramida, con propiedades anticolinérgicas propias. Entre el 40% y el 80% del compuesto original se elimina sin cambios por la orina. Su unión a las proteínas plasmáticas tiene, además, una particularidad poco frecuente entre los antiarrítmicos: no se fija a la albúmina, sino a la glucoproteína alfa-1 ácida, y lo hace de forma saturable, de modo que la fracción libre del fármaco (entre el 30% y el 50%) varía según la concentración total en sangre. El rasgo que más distingue a la disopiramida dentro de su clase es la combinación de un marcado efecto anticolinérgico con una notable capacidad para deprimir la contractilidad del miocardio. Frente a la quinidina, que apenas interfiere con el sistema nervioso autónomo, la disopiramida bloquea de forma directa los receptores muscarínicos del corazón. Ese bloqueo puede incluso contrarrestar en parte su propio efecto depresor sobre el nódulo sinusal, de modo que la frecuencia cardíaca cambia poco pese a la acción del fármaco sobre el tejido de conducción. El resto de su acción sí es puramente eléctrica. Ese mismo efecto inotrópico negativo, poco deseable en la mayoría de las arritmias, resulta útil en un contexto muy distinto: la miocardiopatía hipertrófica obstructiva. Al debilitar la contracción del tabique engrosado, la disopiramida reduce la obstrucción del tracto de salida del ventrículo izquierdo. Los primeros estudios que documentaron este beneficio se publicaron a comienzos de los años ochenta. Las guías europeas de cardiología la recomiendan hoy como fármaco de segunda línea, sumada a un betabloqueante o al verapamilo, en pacientes que siguen sintomáticos pese al tratamiento inicial. Sí. Comparten mecanismo de acción y buena parte de su perfil electrocardiográfico, aunque la disopiramida resulta más potente aumentando el periodo refractario del tejido auricular y ventricular, y algo menos potente sobre el sistema de His-Purkinje. El primer informe sobre su utilidad en esta indicación se publicó en 1982, cuando un grupo de investigadores describió una mejoría hemodinámica y clínica en pacientes con estenosis subaórtica muscular tratados con el fármaco. El hallazgo resultaba llamativo porque, hasta entonces, la disopiramida se conocía sobre todo como antiarrítmico convencional. La explicación llegó después: su capacidad para debilitar la contracción del tabique interventricular reduce la obstrucción al flujo de salida, algo que ningún otro antiarrítmico de su clase logra con la misma eficacia. Las guías europeas de cardiología de 2014 la sitúan como recomendación de primer nivel de evidencia, combinada con un betabloqueante, en pacientes que continúan sintomáticos. Las estadounidenses, de 2011, la recomiendan con un grado de evidencia algo menor. Décadas después, sigue siendo, con matices, el mismo fármaco de segunda línea que empezó a usarse hace más de cuarenta años. Por su perfil anticolinérgico pronunciado, que limita su uso en personas con determinadas alteraciones del sistema de conducción cardíaco y en quienes el corazón ya tiene comprometida su capacidad de bombeo. En la práctica, esto ha desplazado a la disopiramida hacia indicaciones más concretas, como la miocardiopatía hipertrófica obstructiva, donde ese mismo perfil deja de ser un inconveniente y pasa a ser precisamente la razón de su uso. Para ampliar información relacionada con la disopiramida, puede consultar:Qué es la disopiramida
Efecto inotrópico negativo y su papel en la miocardiopatía hipertrófica obstructiva
Preguntas frecuentes
¿Es la disopiramida un pariente químico de la quinidina?
¿Desde cuándo se usa la disopiramida en la miocardiopatía hipertrófica?
¿Por qué no se considera un antiarrítmico de primera elección?
Referencias
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