DICCIONARIO MÉDICO
Letargia
La letargia es un grado leve de disminución del nivel de consciencia en el que la persona tiende al sueño y responde con lentitud, pero recupera la alerta cuando se la estimula con la voz o el tacto. Ocupa uno de los primeros escalones en la gradación que va de la vigilia normal al coma. Su aparición indica que algún proceso está deprimiendo la actividad del cerebro y obliga a buscar la causa. El término procede del griego λήθαργος (lḗthargos), adjetivo formado por λήθη (lḗthē), «olvido», y ἀργός (argós), «inactivo» o «perezoso». En la mitología griega, Lete era el río del inframundo cuyas aguas borraban los recuerdos de quien las bebía, y de esa misma raíz nace la idea de una mente que se ausenta. Los médicos hipocráticos ya empleaban lēthargos para nombrar cuadros febriles con somnolencia y embotamiento, de modo que la palabra arrastra desde su origen la doble noción de sopor y olvido. En la práctica clínica, la letargia designa una reducción del nivel de alerta en la que el paciente permanece somnoliento, con respuestas verbales y motoras enlentecidas, y tiende a dormirse en cuanto cesa el estímulo que lo mantiene despierto. No hay pérdida completa de la capacidad de respuesta. La consciencia, entendida como el conocimiento de uno mismo y del entorno, está disminuida pero no abolida: el enfermo se puede despertar, aunque no logra sostener la vigilia por sí solo. Mantenerse despierto exige un trabajo activo del cerebro. De ello se encarga un conjunto de núcleos situados en el tronco del encéfalo, agrupados bajo el nombre de sistema reticular activador ascendente, que envían fibras difusas hacia toda la corteza cerebral y la mantienen en un tono constante de activación. Mientras esa señal fluye con normalidad, la persona está alerta. Cuando ese sistema se deprime, la corteza deja de recibir el impulso que la sostiene y el nivel de consciencia desciende de forma progresiva. Las causas son muy variadas: una lesión en el propio tronco, la acumulación de sustancias tóxicas en la sangre (como sucede cuando fallan el hígado o el riñón), el efecto de determinados medicamentos, una infección del sistema nervioso o alteraciones del medio interno como el descenso del sodio o de la glucosa. La letargia corresponde al primer tramo de ese descenso. El sistema sigue funcionando, pero a media máquina. La depresión del nivel de consciencia no tiene fronteras nítidas, y los distintos manuales emplean los términos con matices propios. Existe, aun así, un orden ampliamente aceptado que va de menor a mayor profundidad, y la letargia se sitúa cerca del extremo leve. Justo a su lado se encuentra la somnolencia, una tendencia aumentada al sueño que muchos autores consideran casi equivalente. Un peldaño más abajo, la obnubilación añade un déficit de atención más marcado, con inclinación a interpretar mal lo que ocurre alrededor. En el estupor, el paciente solo reacciona ante estímulos intensos, casi siempre dolorosos, y se apaga de nuevo apenas cesan. Al final del recorrido está el coma: ausencia de respuesta frente a cualquier estímulo. Muchos servicios hospitalarios prescinden de estas etiquetas, precisamente por su falta de uniformidad, y prefieren describir con exactitud la respuesta observada o recurrir a la escala de coma de Glasgow, que puntúa por separado la apertura ocular y las respuestas verbal y motora. La palabra importa menos que la observación. De la raíz griega λήθη, «olvido», la misma que dio nombre a Lete, el río mitológico del olvido. Ya en el siglo IV a. C., los escritos hipocráticos empleaban lēthargos para describir estados de fiebre acompañados de somnolencia y torpeza mental. No. El cansancio o la astenia son sensaciones de falta de energía en una persona que conserva intacto su nivel de alerta. La letargia es una alteración objetiva de la consciencia: el observador comprueba que el paciente no consigue mantenerse despierto, no que se sienta agotado. Es una cuestión de profundidad y del esfuerzo que hace falta para obtener respuesta. En la letargia basta la voz o un roce para despertar al paciente. El estupor exige estímulos enérgicos y dolorosos, y la respuesta es fugaz. El coma no cede ante ningún estímulo. Depende. Un descenso pasajero de la alerta tras una noche sin dormir o durante un proceso febril leve no tiene por qué reflejar daño neurológico. Cuando aparece de forma inesperada, se instaura deprisa o se acompaña de otros signos, señala que algo está deprimiendo la función cerebral y conviene averiguar su origen.Qué es la letargia
El sistema que sostiene la vigilia
Un escalón en la gradación de la consciencia
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra «letargia»?
¿Es lo mismo que estar muy cansado?
¿En qué se diferencia del estupor y del coma?
¿La letargia indica siempre una enfermedad grave?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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