DICCIONARIO MÉDICO
Blastocystis
Blastocystis es uno de los parásitos intestinales más frecuentes del planeta. Se trata de un organismo unicelular que habita el intestino de personas y de muchos animales, con frecuencia sin causar molestia alguna. Durante décadas se lo colocó entre los protozoos, hasta que los análisis del material genético lo emparentaron con las algas y los mohos acuáticos. Su papel en la salud humana continúa en discusión: para unos es un simple inquilino del tubo digestivo, para otros un microorganismo capaz de provocar trastornos. Blastocystis Blastocistis Tipo: protozoo intestinal Grupo: estramenopilo (pariente unicelular de algas, diatomeas y mohos acuáticos) Transmisión: fecal-oral, por agua o alimentos contaminados; con posible componente zoonótico Reservorio: humano y animal Patogenicidad: discutida (comensal frecuente, en ocasiones oportunista) Enfermedades: blastocistosis Blastocystis es un género de parásitos unicelulares que viven en el aparato digestivo de una lista de anfitriones sorprendentemente amplia: seres humanos, ganado, aves, roedores, reptiles, anfibios, peces e incluso cucarachas. El nombre procede del griego blastós, germen o brote, y kýstis, vejiga o saco. Saco germinal, más o menos, por el aspecto de vesícula que muestra su forma más habitual al microscopio. Situarlo en el árbol de la vida ha costado más de un siglo. Cuando Charles Zierdt lo examinó en 1967 con microscopía electrónica, concluyó que era un microorganismo protozoo, y así se enseñó durante una generación. La sorpresa llegó en 1996, cuando el equipo de Jeffrey Silberman comparó su ARN ribosómico con el de otros seres vivos y descubrió que no encajaba entre los protozoos clásicos. Su verdadero parentesco estaba con los estramenopilos, el grupo que reúne a las algas pardas, las diatomeas y los mohos acuáticos. Sigue estudiándose dentro de la parasitología, por costumbre y por su hábitat, pero por linaje pertenece a otra rama por completo. Es un organismo polimorfo, es decir, adopta varias formas según las condiciones. La más reconocible es la forma vacuolar: una célula casi esférica ocupada en su mayor parte por un enorme vacuolo central, que empuja el citoplasma y el núcleo hacia la periferia y le da esa apariencia de saco que bautizó al género. Junto a ella se describen una forma granular, una forma ameboide con prolongaciones y una forma quística, más pequeña y de pared gruesa, que mide entre tres y cinco micras. Vive sin oxígeno. En lugar de las mitocondrias que respiran de casi todas las células animales, Blastocystis conserva unos orgánulos emparentados con ellas pero adaptados al ambiente anaerobio del colon. Se alimenta de bacterias y de restos del contenido intestinal. Su genoma, secuenciado por primera vez a partir de una cepa del subtipo 7, resultó ser uno de los más compactos entre los estramenopilos conocidos. Lo que a simple vista parece un único organismo es en realidad un conjunto muy diverso. El análisis del gen que codifica el ARN ribosómico de la subunidad pequeña ha permitido separar el género en más de diecisiete subtipos genéticos, tan distintos entre sí que algunos investigadores los consideran especies diferentes. En el ser humano se han encontrado nueve, y cuatro de ellos (los designados ST1, ST2, ST3 y ST4 según la nomenclatura de consenso acordada en 2007) reúnen la mayoría de los hallazgos. Esta variabilidad no es un detalle académico. Los distintos subtipos se reparten entre personas y animales sin respetar fronteras estrictas de anfitrión, lo que abre la puerta a la transmisión entre especies y complica cualquier intento de atribuir un comportamiento uniforme al parásito. Buena parte del debate sobre si enferma o no depende, precisamente, de qué subtipo se tenga. Su reservorio se reparte entre el ser humano y numerosos animales, de modo que combina rasgos de parásito humano y de zoonosis. El contagio sigue la ruta fecal-oral: el quiste, expulsado con las heces de un anfitrión, contamina agua o alimentos y, al ingerirse, alcanza el intestino de otro. El agua de consumo en malas condiciones higiénicas es una de sus vías predilectas. La cifra de portadores es enorme. En países de renta alta se calcula que entre un 7 y un 20 por ciento de la población lo alberga, mientras que en regiones con saneamiento deficiente esa proporción trepa hasta el 40 o el 60 por ciento, y en algunas comunidades roza la totalidad de los habitantes. La mayoría no lo sabe. Llevar Blastocystis en el intestino no equivale a estar enfermo: en la inmensa mayoría de los casos la convivencia transcurre en silencio, una situación de comensal que solo a veces se tuerce. Cuando se le atribuye un cuadro, este recibe el nombre de blastocistosis, siempre de localización digestiva. Ahora bien, aquí está el nudo de toda la cuestión: su capacidad real de causar daño se discute desde hace décadas. Se encuentra con la misma frecuencia en personas con molestias y en personas del todo sanas, e incluso hay quien lo considera un integrante habitual de una microbiota intestinal equilibrada. Los partidarios de su papel patógeno señalan que ciertas cepas fabrican una proteasa capaz de degradar la inmunoglobulina A de la mucosa, la primera línea de defensa del intestino, y que la infección se ha asociado con trastornos digestivos crónicos. Del otro lado se recuerda que millones de portadores no presentan nada. El peso del subtipo, la cantidad de parásito y el estado de las defensas del anfitrión parecen inclinar la balanza en un sentido u otro. En el examen de heces conviene no confundirlo con otros protozoos intestinales de repercusión mejor establecida, como los responsables de la amebiasis o de la giardiasis, cuyo carácter patógeno no se pone en duda. La forma vacuolar de Blastocystis, con su vacuolo central, tiene un aspecto propio que un ojo entrenado reconoce. Otra confusión, esta vez terminológica, merece un apunte. Blastocystis no guarda relación alguna con el blastocisto, la estructura que forma el embrión en sus primeros días de desarrollo. Los dos términos comparten la raíz griega del brote, pero designan realidades que no tienen nada que ver. Saco germinal. Combina el griego blastós, germen o brote, con kýstis, vejiga o saco, en alusión a la forma vacuolar del parásito, dominada por una gran vesícula central. Es un nombre puramente descriptivo del aspecto que ofrece al microscopio. Tradicionalmente se ha estudiado como tal, y en la práctica clínica se sigue hablando de él como protozoo intestinal. Sin embargo, desde 1996 la genética lo sitúa entre los estramenopilos, junto a algas y mohos acuáticos, lejos de los protozoos verdaderos. Es el único parásito intestinal humano que pertenece a ese grupo. No necesariamente. Es uno de los microorganismos más comunes del intestino humano y la mayoría de quienes lo albergan no notan nada. Solo en una parte de los casos se le relaciona con molestias digestivas, y su verdadera capacidad de enfermar sigue debatiéndose. Porque el organismo que aparece en el ser humano no es una especie única, sino una mezcla de subtipos que también viven en animales. Al no ser exclusivo de las personas, el antiguo nombre Blastocystis hominis ha quedado en desuso, y se prefiere Blastocystis sp. acompañado del número de subtipo. Para situar Blastocystis dentro de su contexto, puede consultar:Qué es Blastocystis
Qué aspecto tiene y cómo se organiza
Un solo nombre para muchos linajes
Dónde vive y cómo se transmite
Qué enfermedades produce
Cómo se distingue de otros habitantes del intestino
Preguntas frecuentes
¿Qué significa el nombre Blastocystis?
¿Blastocystis es un protozoo?
¿Tener Blastocystis significa estar enfermo?
¿Por qué hoy se escribe Blastocystis sp. y no Blastocystis hominis?
Referencias
Entradas relacionadas
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026