DICCIONARIO MÉDICO
Anfotericina
La anfotericina es un antibiótico antifúngico de la familia de los macrólidos poliénicos, producido de forma natural por la bacteria del suelo Streptomyces nodosus. En la práctica clínica el término designa casi siempre a la anfotericina B, la única de las dos sustancias aisladas originalmente que llegó a tener aplicación terapéutica. Se emplea en infecciones fúngicas sistémicas graves y, por su actividad frente a determinados protozoos, también en la leishmaniasis visceral. Su código en la clasificación ATC es J02AA01. Para posología, contraindicaciones, interacciones y seguridad en el embarazo y la lactancia, consulte la ficha técnica oficial en la AEMPS (CIMA). El antifúngico se obtuvo en 1955 a partir de un cultivo de Streptomyces nodosus aislado en una muestra de suelo tomada en la región del río Orinoco, en Venezuela, por investigadores del Instituto Squibb para la Investigación Médica. De aquella fermentación se aislaron dos sustancias con actividad antifúngica, bautizadas simplemente como anfotericina A y anfotericina B; la segunda mostró mayor potencia y acabó siendo la única que llegó a la práctica clínica, en 1958. La anfotericina A, con una configuración macrólida distinta, quedó relegada a la investigación de laboratorio. Su nombre no procede de ningún término griego o latino ligado a la microbiología, sino de una propiedad química. La molécula contiene un grupo carboxilo libre y una amina primaria situada en su azúcar lateral (la micosamina, un detalle que explica más abajo por qué el compuesto logra anclarse a la membrana del hongo). Esa doble capacidad, comportarse como ácido o como base según el medio, se llama anfoterismo en química, y de ahí procede el nombre: viene del griego "amphóteros", que significa "uno y otro". La anfotericina B es prácticamente insoluble en agua. Su estructura combina una cadena de siete dobles enlaces conjugados, lo que la clasifica químicamente como heptaeno, con una región hidroxilada y la micosamina ya mencionada, de manera que la molécula resulta anfipática: una parte es afín al agua y otra la rehúye. El problema no era solo de solubilidad. La primera formulación que permitió su uso intravenoso resolvía este obstáculo mediante una suspensión coloidal con desoxicolato sódico, comercializada desde finales de la década de 1950 y conocida en la literatura como anfotericina B convencional. El desoxicolato solubiliza el fármaco, pero no evita que las moléculas libres de anfotericina B interactúen también con el colesterol de la membrana celular de las células del propio paciente, sobre todo en el riñón. De esa interacción, que afecta primero al glomérulo y después al túbulo, deriva la toxicidad renal que ha limitado el uso de la formulación convencional durante décadas. Las formulaciones lipídicas desarrolladas después, con la anfotericina B encapsulada en liposomas o asociada a un complejo lipídico, buscan reducir la cantidad de fármaco libre en circulación: el antifúngico permanece unido a la partícula lipídica en el plasma y se libera de forma selectiva al encontrarse con el ergosterol de la membrana fúngica, no con el colesterol de las células humanas. Su espectro cubre un número amplio de infecciones fúngicas graves: aspergilosis, criptococosis, histoplasmosis y mucormicosis figuran entre las más relevantes en la práctica hospitalaria. Su acción fungicida, no solo fungistática, junto con una tasa de resistencia adquirida que sigue siendo baja después de más de sesenta años de uso, explica que continúe considerándose un antifúngico de referencia pese a la disponibilidad de alternativas menos tóxicas, como los azoles. Menos conocida es su actividad frente a determinados protozoos. Se ha empleado en la leishmaniasis visceral, sobre todo cuando el tratamiento clásico con antimoniales fracasa o no se tolera, y es uno de los pocos fármacos con actividad demostrada frente a la meningoencefalitis amebiana primaria causada por Naegleria fowleri, una infección rara y con un pronóstico muy grave para la que existen escasas alternativas terapéuticas. Del griego "amphóteros", que significa "uno y otro". La química ya usaba el adjetivo "anfótero" para sustancias capaces de reaccionar como ácido o como base bastante antes de que existiera el fármaco: el diccionario histórico de la Real Academia Española documenta el término en castellano desde 1910, referido a óxidos metálicos. Cuando en 1955 se aisló el compuesto de Streptomyces nodosus, sus descubridores aprovecharon esa misma propiedad química, presente en la molécula por su grupo carboxilo y su amina primaria, para bautizarlo. En la práctica, sí. La anfotericina A existe como compuesto químico distinto, pero nunca llegó a uso clínico, así que cuando se habla de anfotericina, sin más, se sobreentiende que se habla de la B. No exclusivamente. Frente a las micosis invasivas graves sigue siendo uno de los antifúngicos con el espectro más amplio disponible. Pero también se ha empleado, con resultados variables, en la leishmaniasis visceral, cuando el tratamiento clásico con antimoniales pentavalentes fracasa o no se tolera. Su papel más singular aparece frente a la meningoencefalitis amebiana primaria por Naegleria fowleri, una infección del sistema nervioso central causada por una ameba de vida libre, extremadamente infrecuente y de pronóstico muy grave, para la que la anfotericina B continúa siendo, décadas después de su descubrimiento, una de las pocas opciones con actividad demostrada. Si desea ampliar información relacionada con la anfotericina, puede consultar:Qué es la anfotericina
De la suspensión coloidal a las formulaciones lipídicas
Un espectro que va más allá de los hongos
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene el nombre anfotericina?
¿Anfotericina y anfotericina B son lo mismo?
¿Actúa solo contra hongos?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026