DICCIONARIO MÉDICO
Antifúngico
Un antifúngico es toda sustancia capaz de inhibir el crecimiento de los hongos o de destruirlos. El término es sinónimo de antimicótico, voz que procede del griego y se emplea con igual frecuencia en la literatura médica. La clasificación de estos fármacos se basa en la estructura fúngica sobre la que actúan: la membrana celular, la pared o la maquinaria de síntesis de ácidos nucleicos. La Real Academia Española define antifúngico como adjetivo: "que combate los hongos o evita su aparición", aplicable a un medicamento o sustancia. La palabra combina el prefijo griego ἀντί (antí, 'contra') con el adjetivo fúngico, derivado del latín fungus ('hongo'). Su sinónimo antimicótico tiene una construcción paralela pero enteramente griega: ἀντί más μύκης (mýkēs, 'hongo') y el sufijo -τικός (-tikós). La RAE los recoge como equivalentes y añade un tercero, fungicida, del latín fungus y -cida ('que mata'). En la práctica clínica, antifúngico y antimicótico se usan indistintamente; fungicida suele reservarse para el ámbito agrícola o industrial. Frente al desarrollo temprano de los antibióticos antibacterianos en las décadas de 1940 y 1950, la farmacología antifúngica avanzó con más lentitud. El motivo es biológico: los hongos son eucariotas, como las células humanas, y comparten con ellas buena parte de la maquinaria metabólica. Encontrar dianas que dañen al hongo sin perjudicar al paciente es, por tanto, más difícil que en el caso de las bacterias, que son procariotas y presentan diferencias estructurales mucho mayores con la célula humana. La selectividad de los antifúngicos descansa en unas pocas diferencias moleculares entre la célula fúngica y la humana. La más relevante afecta al esterol de la membrana. Las células humanas utilizan colesterol como componente estructural de su membrana plasmática; los hongos emplean ergosterol, un esterol diferente. La vía enzimática que sintetiza el ergosterol incluye pasos que no existen en las células de los mamíferos, y esos pasos son las principales dianas farmacológicas. Otra diferencia radica en la pared celular. Los hongos poseen una pared rígida compuesta por quitina, glucanos y manoproteínas, estructura de la que carecen las células animales. Actuar sobre la síntesis de esa pared permite atacar al hongo sin afectar a los tejidos del paciente. Esas dos particularidades (el ergosterol y la pared) explican por qué casi todos los antifúngicos de uso clínico se dirigen a una de ellas. Polienos. Son los antifúngicos más antiguos de uso sistémico. Se unen directamente al ergosterol de la membrana fúngica y forman poros que alteran la permeabilidad celular: la célula pierde iones y contenido citoplasmático y acaba muriendo. El efecto es fungicida (mata al hongo, no se limita a frenar su crecimiento). La contrapartida es que, a concentraciones altas, los polienos también pueden interactuar con el colesterol de las membranas humanas, lo que explica su perfil de toxicidad. Azoles. Inhiben la enzima lanosterol 14α-desmetilasa, un paso clave en la síntesis del ergosterol. Sin ergosterol funcional, la membrana del hongo pierde integridad y fluidez. Se subdividen en dos generaciones químicas (imidazoles y triazoles), con espectros y vías de administración distintos. Son, con diferencia, la familia más amplia y la más empleada en la práctica clínica actual. Equinocandinas. Actúan sobre la pared celular, no sobre la membrana. Bloquean la enzima β-1,3-glucano sintasa, responsable de fabricar uno de los componentes principales de la pared fúngica. Al carecer las células humanas de pared celular, las equinocandinas tienen una tolerabilidad notable. Su incorporación a la clínica, ya en el siglo XXI, amplió las opciones frente a hongos resistentes a otras familias. Alilaminas. Inhiben la escualeno epoxidasa, otra enzima de la vía del ergosterol pero en un punto distinto al que bloquean los azoles. Se utilizan preferentemente en micosis superficiales (piel, uñas, pelo) causadas por dermatofitos. Existen otros grupos menores (análogos de pirimidinas, morfolinas, yoduro potásico en ciertas micosis subcutáneas) cuyo uso clínico es más restringido. No todos los antifúngicos son de síntesis: algunos proceden de microorganismos del suelo, lo que los emparenta históricamente con los antibióticos. Los términos fungistático y fungicida describen el resultado final del fármaco sobre el hongo. Un antifúngico fungistático detiene la multiplicación sin destruir la célula: el sistema inmunitario del paciente se encarga de eliminar los hongos que ya no crecen. Uno fungicida los mata directamente. La distinción no siempre es absoluta; depende de la concentración del fármaco, de la especie fúngica y, en ocasiones, del estado inmunitario del paciente. Un mismo compuesto puede comportarse como fungistático a dosis bajas y como fungicida a dosis más altas. El antifúngico pertenece a la familia de los antimicrobianos, pero su diana es exclusivamente el hongo. Un antibiótico actúa contra bacterias; un antivírico, contra virus; un antiparasitario, contra parásitos. La confusión más frecuente se da entre antibiótico y antifúngico, porque algunos antibióticos clásicos (como ciertos polienos) fueron aislados a partir de bacterias del suelo del mismo modo que la penicilina, y la terminología de la época no siempre distinguía con claridad la diana del compuesto. El término antibacteriano ayuda a evitar esa ambigüedad. Del prefijo griego ἀντί ('contra') y el adjetivo fúngico, derivado del latín fungus ('hongo'). Su sinónimo antimicótico comparte el prefijo pero toma la raíz del griego μύκης (mýkēs, también 'hongo'). Ambas voces son neologismos del siglo XX, nacidos al compás del desarrollo de la farmacología antiinfecciosa. Sí. La RAE los reconoce como sinónimos. La diferencia es puramente etimológica: antifúngico combina raíces latina y griega, mientras que antimicótico es de formación enteramente griega. En la literatura médica actual se usan indistintamente, con ligera preferencia por antifúngico en publicaciones en inglés traducidas al español y por antimicótico en textos de tradición hispánica. Porque los hongos son eucariotas, igual que las células humanas. Comparten con ellas ribosomas de tipo 80S, membranas con esteroles y buena parte de las rutas metabólicas. Las bacterias, en cambio, son procariotas: tienen ribosomas 70S, carecen de núcleo verdadero y poseen una pared con peptidoglucano. Esa distancia biológica mayor hace más fácil encontrar dianas que dañen a la bacteria sin perjudicar al paciente. Con los hongos, el margen es más estrecho, y eso se refleja en que el arsenal antifúngico sigue siendo mucho más reducido que el antibacteriano. Que mata al hongo en lugar de limitarse a frenar su crecimiento. La diferencia tiene relevancia clínica sobre todo en pacientes con defensas comprometidas, porque si el sistema inmunitario no puede colaborar en la eliminación del hongo, un fármaco fungistático puede resultar insuficiente. Si desea profundizar en conceptos asociados al término antifúngico, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es un antifúngico
Ergosterol y pared celular: las dianas del hongo
Clasificación por mecanismo de acción
Fungistático y fungicida: matiz de acción
Diferenciación con otros antimicrobianos
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra antifúngico?
¿Es lo mismo antifúngico que antimicótico?
¿Por qué es más difícil fabricar antifúngicos que antibióticos?
¿Qué significa que un antifúngico sea fungicida y no fungistático?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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