DICCIONARIO MÉDICO
Estrongiloidiasis
La estrongiloidiasis es la infección parasitaria producida por Strongyloides stercoralis, un gusano nematodo que penetra por la piel desde el suelo y termina alojado en el intestino delgado. Muchas personas la albergan durante años sin notarla, porque el parásito se renueva dentro del propio cuerpo y se mantiene en silencio. En quienes tienen las defensas debilitadas, la historia cambia y la infección puede volverse grave. Predomina en las zonas cálidas y húmedas del planeta. Es una parasitosis intestinal causada por un nematodo, el gusano Strongyloides stercoralis. Se incluye entre las geohelmintiasis, el grupo de infecciones por gusanos que necesitan pasar una fase en la tierra para completar su desarrollo. El nombre se forma sobre el del parásito, Strongyloides, con el sufijo griego -iasis, que en medicina designa una infección o infestación parasitaria, igual que en amebiasis o giardiasis. También se emplea la variante estrongiloidosis, con el sufijo -osis. Ambas formas se refieren a la misma entidad. Lo que la distingue de otras parasitosis por gusanos es la conducta del organismo que la produce. S. stercoralis puede reproducirse y reinfectar a su huésped sin salir al exterior, un mecanismo llamado autoinfección. De ahí que la infección no se limite a un episodio pasajero: sin intervención puede acompañar a la persona durante décadas. El contagio se produce por contacto de la piel con tierra donde hay larvas del parásito, casi siempre suelo contaminado con heces humanas. Basta caminar descalzo o manipular esa tierra para que las larvas atraviesen la piel. Una vez dentro, siguen un trayecto característico: alcanzan por el torrente sanguíneo los pulmones, remontan hasta la garganta, se degluten y bajan al intestino delgado, donde se establecen y empiezan a generar nuevas larvas. Parte de esas larvas sale al exterior con las heces y puede volver a contaminar el terreno, cerrando el ciclo ambiental. Otra parte, en cambio, madura dentro del intestino y reinicia la infección sin necesidad de un nuevo contacto con el suelo. Este segundo camino, la autoinfección, es la razón por la que basta un único contagio para que la parasitosis se perpetúe. Esta parasitosis no se presenta siempre igual. Se distinguen varias formas según el momento de la infección y el estado de las defensas de la persona. En la fase aguda, en las semanas que siguen al contagio, las larvas realizan su primer recorrido por el organismo. La forma crónica es la más habitual y también la más callada: se mantiene a bajo nivel gracias a la autoinfección y, en muchos casos, pasa inadvertida durante años. El hallazgo que a veces la delata es una eosinofilia en un análisis de sangre. Cuando la inmunodepresión rompe el equilibrio aparecen las dos formas graves. En el síndrome de hiperinfección, el ciclo de autoinfección se acelera y el número de parásitos se multiplica. En la estrongiloidiasis diseminada, las larvas invaden órganos ajenos a su recorrido normal, como el sistema nervioso central o el hígado. Ambas son cuadros de gravedad considerable. Cualquiera que pise suelo contaminado puede infectarse, de modo que la infección se asocia sobre todo a la agricultura, al saneamiento deficiente y a la pobreza. El riesgo de las formas graves, en cambio, no depende del contagio sino de las defensas: recae en personas con la inmunidad celular debilitada, como quienes reciben corticoides u otros fármacos inmunosupresores, o quienes portan el virus HTLV-1. Geográficamente, la estrongiloidiasis es endémica en los países tropicales y subtropicales, pero no se limita a ellos. Aparece también en regiones templadas con veranos húmedos, entre ellas el sur de Europa (España e Italia) y el sureste de Estados Unidos. Calcular su alcance real es difícil, porque la mayoría de los casos crónicos no dan la cara. Las estimaciones más citadas sitúan la cifra en torno a los 600 millones de personas infectadas en todo el mundo. Comparte con la anquilostomiasis la puerta de entrada por la piel desde el suelo, y por eso ambas se agrupan entre las geohelmintiasis. El rasgo que las separa es decisivo: los anquilostomas no se reinfectan dentro del cuerpo, así que su infección se agota si cesa la exposición, mientras que la estrongiloidiasis puede mantenerse sola. Frente a otras parasitosis en las que el diccionario se detiene en el propio gusano, aquí la particularidad está en esa capacidad de persistir, que condiciona toda la enfermedad. La palabra se forma sobre Strongyloides, el nombre del gusano responsable, y el sufijo -iasis, que en la terminología médica indica una infección parasitaria. Existe la variante estrongiloidosis, con el sufijo -osis, y las dos designan lo mismo. Porque la forma crónica se sostiene a bajo nivel mediante la autoinfección, el mecanismo por el que el parásito se renueva dentro del organismo. La persona convive con la infección sin señales claras, y en ocasiones el único indicio es un recuento elevado de eosinófilos en un análisis rutinario. No. A diferencia de otras parasitosis que se resuelven al cesar la exposición, la autoinfección permite que esta se perpetúe por sí misma, incluso muchos años después de haber salido de la zona donde se adquirió. Rara vez de forma directa. El contagio habitual ocurre a través del suelo contaminado, no por el trato cotidiano entre personas. La transmisión directa se ha descrito en circunstancias muy concretas, pero resulta muy poco frecuente. Para ampliar la información, puede consultar:Qué es la estrongiloidiasis
Cómo se contrae
Formas de la enfermedad
A quién afecta y dónde se encuentra
Diferencias con otras parasitosis intestinales
Preguntas frecuentes
¿Qué significa la palabra estrongiloidiasis?
¿Por qué puede pasar tanto tiempo sin notarse?
¿Desaparece sola con el tiempo?
¿Se contagia de una persona a otra?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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