DICCIONARIO MÉDICO
Criptosporidios
Los criptosporidios son parásitos microscópicos del género Cryptosporidium que habitan el intestino de personas y de numerosos animales. Se propagan sobre todo por el agua, y sus formas de resistencia, unos quistes diminutos llamados ooquistes, aguantan la cloración con la que se potabiliza el agua de consumo. La infección que producen, la criptosporidiosis, se manifiesta con diarrea acuosa: leve y pasajera en quien está sano, más tenaz cuando las defensas están bajas. Cryptosporidium Criptosporidios Grupo: protozoo Tipo: esporozoo (coccidio del filo apicomplejos) Transmisión: fecal-oral, sobre todo hídrica y alimentaria Reservorio: humano y animal, según la especie Patogenicidad: primario Enfermedades: criptosporidiosis Con el nombre de criptosporidios se designa al conjunto de parásitos del género Cryptosporidium, un grupo de protozoos que colonizan el revestimiento del intestino de vertebrados. Son esporozoos, es decir, protozoos que se reproducen mediante esporas y que en algún tramo de su ciclo permanecen inmóviles, sin los flagelos ni los cilios de otros parásitos unicelulares. Dentro de ese grupo pertenecen a los coccidios, parientes de los agentes de otras infecciones intestinales. El nombre lo acuñó el médico y parasitólogo estadounidense Ernest Edward Tyzzer. Combina el griego kryptós, oculto o escondido, con una forma latinizada, sporidium, pequeña espora. Espora escondida. La palabra recoge un rasgo real del bicho: sus esporas (los sporozoítos) viajan desnudas dentro del ooquiste, sin la envuelta interna que sí protege a las de otros coccidios. En 1907 Tyzzer describió el primer representante del género en el estómago de ratones de laboratorio; cinco años después, en 1912, nombró una segunda especie de ooquistes más pequeños alojada en el intestino delgado del ratón, a la que llamó Cryptosporidium parvum. Durante décadas se los tuvo por parásitos de veterinario, curiosidades sin apenas repercusión en la persona. El giro llegó en 1976, con la descripción del primer caso humano, y se consolidó en los años ochenta, cuando la epidemia de sida sacó a la luz hasta qué punto podían dañar a quien tenía el sistema inmunitario destruido. La forma que interesa reconocer es el ooquiste, la cápsula redondeada con la que el parásito sobrevive fuera del hospedador. Mide entre cuatro y seis micras, poco más que un glóbulo rojo visto de perfil, y encierra cuatro sporozoítos enrollados listos para infectar. El laboratorio los busca en una muestra de heces y los delata con una tinción especial, la de Ziehl-Neelsen modificada: sobre el fondo azulado del preparado, los ooquistes se tiñen de un rosa intenso que salta a la vista. Esa afinidad por el colorante, la acidorresistencia, es la firma que permite distinguirlos. El género fabrica dos tipos de ooquiste, y ahí reside buena parte de su astucia. Los de pared gruesa salen al exterior con las heces y resisten meses en el ambiente; los de pared fina no llegan a salir y reinfectan al mismo hospedador desde dentro, en un ciclo interno que perpetúa la infección sin necesidad de una nueva ingesta. Todo ocurre dentro de un único animal. El parásito no precisa un segundo hospedador ni un mosquito que lo transporte: completa en solitario sus fases sin reproducción y su fase con reproducción sexual. El ooquiste que se expulsa con las heces ya es infeccioso en ese mismo instante, sin necesidad de madurar fuera. Basta ingerir unos pocos para enfermar. Esa combinación, resistencia ambiental más dosis infectante mínima, explica por qué los criptosporidios se mueven con tanta soltura por el agua. Aparecen en el agua de bebida, pero también en la de piscinas, parques acuáticos y ríos, y pueden llegar por alimentos manipulados o por el contacto directo con personas o con animales infectados. Hay un detalle que los vuelve un quebradero de cabeza para la salud pública. El cloro, que desactiva a la mayoría de bacterias y virus del agua potable, apenas les hace mella: el ooquiste atraviesa indemne una red clorada. Para retirarlos hay que filtrar el agua o tratarla con luz ultravioleta. De ahí que protagonicen una parte desproporcionada de los brotes ligados al agua tratada, incluido el mayor brote de transmisión hídrica documentado, ocurrido en la ciudad estadounidense de Milwaukee en 1993. El género es numeroso: se reconocen más de cuarenta especies repartidas por peces, aves, reptiles y mamíferos, muchas de ellas ajustadas a un hospedador concreto. En el ser humano el peso lo llevan dos. Cryptosporidium hominis, adaptada casi en exclusiva a la persona, se transmite de humano a humano. Cryptosporidium parvum reparte su vida entre el ganado y nosotros, con los terneros lactantes como fuente frecuente, y por eso su contagio tiene un componente zoonótico. Entre las dos causan más de nueve de cada diez infecciones humanas. El resto se debe a especies que saltan de forma esporádica desde animales, como C. meleagridis, C. felis o C. canis. Los ooquistes de C. hominis y C. parvum son idénticos al microscopio. Separarlos exige recurrir a técnicas moleculares que leen su material genético, un dato que importa a la hora de rastrear el origen de un brote: no es lo mismo un contagio de persona a persona que uno procedente del ganado. La infección por estos parásitos recibe el nombre de criptosporidiosis. Se localiza sobre todo en el intestino delgado, donde el parásito se instala en las células que tapizan la pared y altera la absorción de agua, lo que se traduce en diarrea acuosa. El curso depende del estado del sistema inmunitario de quien la padece, un asunto que se desarrolla en la ficha de la enfermedad. Espora escondida. Une el griego kryptós, oculto, con sporidium, pequeña espora, en alusión a que sus esporas viajan sin envuelta dentro del ooquiste. Lo propuso Tyzzer en 1907, al describir el primer miembro del género en ratones. No. Son organismos de una sola célula, y sus ooquistes miden alrededor de cinco micras, muy por debajo del límite del ojo humano. Solo se aprecian al microscopio, y aun así hace falta una tinción que los resalte, porque de otro modo pasan casi inadvertidos entre el resto de la muestra. Porque el ooquiste está recubierto por una pared muy resistente que las concentraciones de cloro del agua potable no llegan a romper. Por eso el agua se filtra o se trata con luz ultravioleta cuando se quiere garantizar su ausencia. Esa resistencia estuvo detrás del brote de Milwaukee de 1993, en el que un fallo de filtración dejó pasar los ooquistes pese a la cloración. No. La mayoría de las más de cuarenta especies conocidas parasitan a animales y no suelen afectarnos. En la práctica, casi toda la enfermedad humana se reparte entre C. hominis y C. parvum, con alguna aportación ocasional de especies que proceden de aves o mascotas. Para situar a los criptosporidios y la infección que provocan, puede consultar:Qué son los criptosporidios
Cómo son y cómo se identifican en el laboratorio
Dónde viven y cómo se transmiten
Qué especies existen y cuáles afectan a las personas
Qué enfermedad causan
Preguntas frecuentes
¿Qué significa el nombre Cryptosporidium?
¿Se ven a simple vista?
¿Por qué el cloro no acaba con ellos?
¿Todos los criptosporidios infectan a las personas?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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