DICCIONARIO MÉDICO
Mononucleosis infecciosa
La mononucleosis infecciosa es una enfermedad aguda y autolimitada causada, en alrededor del 90 % de los casos, por el virus de Epstein-Barr, un herpesvirus humano de distribución mundial. Popularmente se la conoce como "enfermedad del beso", por transmitirse sobre todo a través de la saliva, aunque también ha recibido nombres como fiebre glandular, enfermedad de Pfeiffer o enfermedad de Filatov a lo largo de su historia clínica. El nombre "mononucleosis infecciosa" fue acuñado en 1920 por los médicos estadounidenses Thomas Peck Sprunt y Frank Alexander Evans, en un artículo del Boletín del Hospital Johns Hopkins titulado, significativamente, "Leucocitosis mononuclear en reacción a una infección aguda". El virus responsable ni siquiera se conocía entonces: el término describía solo el hallazgo hematológico, no su causa. Antes de esa fecha, el cuadro clínico ya había llamado la atención de la pediatría europea. El médico alemán Emil Pfeiffer lo describió en 1889 como Drüsenfieber ("fiebre glandular"), y el pediatra ruso Nil Filátov había recogido observaciones muy similares años atrás. Ambos episodios, junto con el epónimo que generaron, se desarrollan con más detalle en la entrada dedicada a la enfermedad de Filatov. El agente causal tardó todavía varias décadas en identificarse. El virus de Epstein-Barr se aisló en 1964, cuando Anthony Epstein e Yvonne Barr lo observaron mediante microscopía electrónica en cultivos celulares procedentes de un linfoma de Burkitt africano. La relación causal con la mononucleosis infecciosa, sin embargo, no se demostró hasta 1968, gracias al trabajo del matrimonio Werner y Gertrude Henle. El virus de Epstein-Barr, también llamado herpesvirus humano tipo 4, pertenece a la familia Herpesviridae y presenta un tropismo celular muy definido. Se transmite principalmente por contacto con la saliva infectada, penetra primero en las células epiteliales de la orofaringe y, desde ahí, alcanza a los linfocitos B vírgenes del tejido linfoide asociado. La entrada en el linfocito B depende de una glucoproteína vírica, la gp350, que se une al receptor celular CD21 (también llamado receptor del complemento tipo 2 o CR2), presente de forma natural en la superficie de estas células. Una vez dentro, el virus puede replicarse activamente o bien establecer una infección latente, integrando su genoma de forma circular en la célula sin producir nuevos viriones. Es precisamente esta capacidad de persistir en los linfocitos B de memoria la que explica que la infección acompañe al individuo durante toda la vida, aunque de forma silente. El cuadro clínico característico no lo provoca directamente el virus, sino la respuesta del sistema inmunitario frente a él. Los linfocitos B infectados desencadenan una expansión vigorosa de linfocitos T citotóxicos y células asesinas naturales, la población celular que en el hemograma aparece como linfocitos atípicos. Ese hallazgo hematológico, común a cualquier causa de mononucleosis, se explica con mayor detalle en su entrada correspondiente. La mononucleosis infecciosa designa, en sentido estricto, únicamente el cuadro producido por el virus de Epstein-Barr. Comparte hallazgos analíticos con otras entidades agrupadas bajo el nombre de síndrome mononucleósico, pero cada una conserva un agente causal distinto. El citomegalovirus explica cerca del 7 % de estos cuadros; el Toxoplasma gondii, alrededor del 1 %; y, en un porcentaje menor, la primoinfección por el virus de la inmunodeficiencia humana o determinados adenovirus pueden reproducir un cuadro parecido. Desde 1932, la confirmación diagnóstica de la mononucleosis infecciosa por Epstein-Barr se apoya en la detección de anticuerpos heterófilos, descritos por John R. Paul y W. W. Bunnell, ambos de la Universidad de Yale. Ese hallazgo serológico, hoy conocido también como test de Paul-Bunnell o monotest, permitió durante décadas distinguir esta entidad de otras causas de síndrome mononucleósico, aun antes de que existieran pruebas específicas frente al propio virus. El virus de Epstein-Barr tiene una distribución universal. Más del 90 % de los adultos han estado expuestos a él en algún momento de su vida, casi siempre durante la infancia o la adolescencia. Cuando la primoinfección ocurre en la niñez, suele pasar inadvertida o confundirse con un proceso catarral leve. Es en la adolescencia y la juventud cuando el cuadro tiende a manifestarse con mayor claridad, lo que explica su especial incidencia entre estudiantes universitarios. Más allá del cuadro agudo, el virus de Epstein-Barr concentra un interés que trasciende la propia mononucleosis. La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer lo clasifica como agente carcinógeno de tipo 1, dada su capacidad de inmortalizar linfocitos B infectados de forma latente. Esta propiedad lo vincula, en poblaciones concretas, al linfoma de Burkitt endémico, al carcinoma nasofaríngeo indiferenciado y a determinados linfomas asociados a estados de inmunodepresión, como los que siguen a un trasplante de médula ósea o de órgano sólido. Se trata de asociaciones epidemiológicas bien establecidas, no de un desenlace habitual de la infección aguda, que en la inmensa mayoría de las personas resulta benigna. Porque el virus de Epstein-Barr se transmite fundamentalmente a través de la saliva, y el contacto íntimo directo, como un beso, constituye una de sus vías de contagio más habituales. También puede transmitirse al compartir utensilios o bebidas. No exactamente. Mononucleosis es un término más amplio que describe un hallazgo hematológico con varias causas posibles. Mononucleosis infecciosa designa, en concreto, la entidad producida por el virus de Epstein-Barr, la más frecuente de todas ellas. Anthony Epstein e Yvonne Barr lo identificaron en 1964 mediante microscopía electrónica, en muestras de un linfoma de Burkitt. Su relación causal con la mononucleosis infecciosa se confirmó cuatro años más tarde, en 1968. Sí. El virus de Epstein-Barr está clasificado como agente carcinógeno de tipo 1 y se asocia, en determinadas poblaciones y contextos de inmunodepresión, al linfoma de Burkitt, al carcinoma nasofaríngeo y a otros procesos linfoproliferativos. La infección aguda en sí misma, sin embargo, cursa de forma benigna en la gran mayoría de las personas. El médico alemán Emil Pfeiffer, su primer descriptor clínico, la denominó en 1889 Drüsenfieber, literalmente "fiebre de las glándulas", en referencia a la inflamación ganglionar que la caracterizaba. El nombre "mononucleosis infecciosa" llegaría tres décadas después. Consulte también la información clínica completa sobre la mononucleosis infecciosa Si busca información sobre el diagnóstico, la evolución y el seguimiento clínico de esta enfermedad, puede consultar la página de mononucleosis infecciosa elaborada por el Servicio de Enfermedades Infecciosas de la Clínica Universidad de Navarra.Qué es la mononucleosis infecciosa
Cómo actúa el virus de Epstein-Barr en el organismo
Clasificación y diferenciación con otras causas de síndrome similar
Epidemiología y asociación con otras enfermedades
Preguntas frecuentes
¿Por qué se llama "enfermedad del beso"?
¿Es lo mismo que la mononucleosis?
¿Quién descubrió el virus de Epstein-Barr?
¿Tiene alguna relación con el cáncer?
¿Por qué antes se llamaba fiebre glandular?
Referencias
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