DICCIONARIO MÉDICO
Fijación interna
La fijación interna es una técnica quirúrgica consistente en la estabilización de fragmentos óseos fracturados mediante dispositivos metálicos (placas, tornillos, clavos intramedulares, cerclajes) implantados directamente en el hueso o sobre su superficie, con el fin de restablecer la anatomía y permitir la consolidación. El término combina el latín fixus (participio de figere, «clavar, sujetar») con internus («situado dentro»). En cirugía ortopédica y traumatología, designa cualquier procedimiento en el que los dispositivos de estabilización quedan alojados dentro del cuerpo, por debajo de los tejidos blandos, a diferencia de la fijación externa, cuyos componentes principales permanecen fuera de la piel. La denominación sinónima osteosíntesis (del griego ostéon, «hueso», y sýnthesis, «unión») se emplea con frecuencia como equivalente, aunque en sentido estricto la osteosíntesis abarca también las técnicas de fijación externa. Cuando se habla de fijación interna se presupone que el cirujano ha accedido al foco de fractura, lo ha reducido y lo ha estabilizado con implantes que no atraviesan la piel. Una fractura consolidará siempre que los fragmentos mantengan un contacto suficiente y una estabilidad adecuada durante el tiempo que el hueso necesita para regenerarse. La fijación interna persigue exactamente eso: neutralizar las fuerzas que tienden a desplazar los fragmentos (tracción muscular, carga del peso corporal, movimientos articulares) sin recurrir a una inmovilización prolongada con yeso o férula. Al proporcionar estabilidad mecánica desde el primer momento, permite iniciar la movilización y la rehabilitación de forma más temprana, lo que reduce el riesgo de rigidez articular y atrofia muscular. Existen dos formas de estabilidad bien diferenciadas. La estabilidad absoluta impide cualquier movimiento en el foco de fractura y favorece la consolidación directa (unión ósea primaria sin callo visible). Se consigue mediante compresión interfragmentaria con tornillos de tracción o placas de compresión. La estabilidad relativa, por el contrario, tolera un micromovimiento controlado que estimula la formación de callo óseo; es la que proporcionan los clavos intramedulares y las placas puente. Los dispositivos de fijación interna se agrupan, según su configuración y su posición respecto al hueso, en varias categorías. Los tornillos pueden ser corticales (rosca completa, para hueso compacto), de esponjosa (rosca más amplia, para epífisis y metáfisis) o canulados (huecos, introducidos sobre una aguja guía). Las placas metálicas se fijan al hueso con tornillos y actúan como férula interna; las hay de compresión dinámica, de bloqueo (con roscado en los orificios que impide el deslizamiento del tornillo) y de reconstrucción, moldeables para adaptarse a superficies irregulares como la pelvis. Los clavos intramedulares se introducen en el canal medular de huesos largos (fémur, tibia, húmero) y transmiten las cargas a lo largo del eje del hueso. Desde que Gerhard Küntscher popularizó su uso durante la década de 1940, el diseño ha evolucionado hacia clavos fresados, bloqueados con tornillos proximales y distales, que controlan la rotación y el acortamiento. Finalmente, los cerclajes (alambres o bandas de tensión) y los alambres de Kirschner se reservan para fracturas de pequeños fragmentos, como las del olécranon o la rótula, donde otros implantes resultarían desproporcionados. La Asociación para el Estudio de la Osteosíntesis (AO), fundada en Suiza en 1958, sistematizó los principios de la fijación interna moderna: reducción anatómica, fijación estable, preservación de la vascularización y movilización precoz. Esos cuatro principios siguen vigentes, si bien la prioridad relativa ha cambiado. Durante las décadas de 1960 y 1970, la reconstrucción anatómica perfecta era el objetivo primordial; hoy se concede más importancia a la biología del foco de fractura, aceptando reducciones menos exactas si con ello se preserva la vascularización perióstica. Los materiales también se han transformado. El acero inoxidable 316L convivió durante décadas con las aleaciones de titanio (Ti-6Al-4V), que ofrecen mayor biocompatibilidad y menor interferencia con la resonancia magnética. En los últimos años se investigan implantes de magnesio biodegradable que se reabsorben tras cumplir su función mecánica, evitando una segunda intervención para su retirada. La idea es antigua. Ya en 1775, el cirujano francés Pierre-Joseph Desault utilizó alambres para mantener unidos fragmentos óseos, pero la infección hacía fracasar la mayoría de los intentos. El avance real llegó con la asepsia quirúrgica a finales del siglo XIX, que convirtió la fijación interna en un procedimiento viable. No necesariamente. En adultos, los clavos intramedulares y muchas placas de titanio se dejan de forma permanente salvo que provoquen molestias. En pacientes pediátricos, donde el hueso aún crece, la retirada es más frecuente. La fijación transesquelética utiliza agujas o clavos que atraviesan el hueso de lado a lado y se anclan a un armazón externo o a un sistema de tracción. Los implantes de fijación interna, en cambio, quedan completamente cubiertos por los tejidos blandos y no sobresalen de la piel. Sí, y de hecho es habitual. En fracturas complejas (por ejemplo, las periarticulares de meseta tibial) es frecuente asociar una placa de fijación interna con un fijador externo temporal. La secuencia habitual en el politraumatizado consiste en estabilizar inicialmente con fijación externa y convertir después a fijación interna definitiva cuando las condiciones del paciente lo permiten.Qué es la fijación interna
Principio mecánico
Tipos de implantes
Contexto clínico y evolución de los materiales
Preguntas frecuentes
¿De dónde procede el concepto de «fijar» un hueso desde dentro?
¿Hay que retirar siempre los implantes?
¿Cuál es la diferencia con la fijación transesquelética?
¿Puede la fijación interna combinarse con otros métodos?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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