DICCIONARIO MÉDICO
Dientamoeba fragilis
Dientamoeba fragilis es un protozoo que vive en el intestino grueso de las personas. Durante casi un siglo se tuvo por una ameba, y así quedó grabado en su nombre, pero hoy se sabe que pertenece al grupo de los tricomonádidos, mucho más cerca de Trichomonas que de las amebas verdaderas. Figura entre los parásitos intestinales más frecuentes y, a la vez, entre los peor comprendidos: todavía se discute con qué frecuencia enferma y por qué vía pasa de una persona a otra. Dientamoeba fragilis Protozoo intestinal Tipo: protozoo Grupo: flagelado emparentado con los tricomonádidos, de aspecto ameboide y trofozoíto casi siempre binucleado Transmisión: fecal-oral (mecanismo aún no aclarado) Reservorio: humano Patogenicidad: primario (papel patógeno todavía en estudio) Enfermedad: dientamebiasis Se trata de un protozoo, un organismo unicelular, que habita en el colon humano y que se multiplica allí por división binaria. Pese a lo que dice su nombre, no es una ameba. Pertenece a los tricomonádidos, el mismo grupo que Trichomonas, y su parecido con las amebas es solo de fachada. El nombre reúne dos ideas que el tiempo se encargó de matizar. Dientamoeba junta el prefijo di, dos, con amoeba: los dos núcleos que suele mostrar el trofozoíto y la ameba que sus descriptores creyeron estar viendo. Fragilis es la palabra latina para frágil, y alude a lo poco que resiste el parásito fuera del cuerpo. Una vez en las heces, se deteriora y desaparece deprisa. Lo observó por primera vez Charles Wenyon en 1909, al mirar su propia muestra fecal, aunque no llegó a describirlo. La descripción formal es de 1918 y se debe a Margaret Jepps y Clifford Dobell, que lo presentaron como una ameba intestinal nueva del ser humano. De las siete personas en las que lo encontraron, seis arrastraban diarrea o disentería. Aun así, sus descubridores no le concedieron importancia clínica, en parte porque lo vieron alimentarse de las bacterias del intestino y no de los tejidos del huésped. Durante décadas quedó archivado entre los comensales inofensivos. Es un organismo pequeño, de unas cinco a doce micras, y muy variable de forma: cambia de contorno con facilidad, lo que dificulta reconocerlo. Su rasgo más característico son los núcleos. Lo habitual es que el trofozoíto muestre dos, con la cromatina agrupada en varios gránulos que le dan un aspecto fragmentado; algunos ejemplares, sin embargo, tienen un solo núcleo. No se le ven flagelos, a pesar de su ascendencia flagelada. Encontrarlo no es sencillo. Se tiñe con poca intensidad y sus núcleos recuerdan a los de otras protozoosis inofensivas, como Endolimax nana o Entamoeba hartmanni, con las que se confunde. Por eso, un examen en fresco casi nunca basta: hace falta una preparación con tinción permanente, del tipo de la hematoxilina férrica o la tricrómica, para distinguirlo. Durante casi cien años se pensó que carecía de forma quística y que solo existía como trofozoíto. En 2014 se describieron formas de tipo quiste y prequiste en muestras humanas, un hallazgo que aún se está estudiando y que podría cambiar lo que se sabe de su ciclo. Su reservorio es, ante todo, el propio ser humano. Se ha detectado también en cerdos y en primates, pero no se conoce qué papel tienen esos animales en su circulación. La distribución es mundial y las infecciones resultan más frecuentes en la infancia. Cómo salta de una persona a otra sigue sin estar claro. La hipótesis más citada, formulada ya en los años cincuenta, es que viaja dentro de los huevos del oxiuro, Enterobius vermicularis, con el que coincide a menudo en la misma persona. El reciente hallazgo de formas quísticas ha abierto otra puerta, la del contagio fecal-oral directo, pero ninguna de las dos vías está demostrada del todo. Conviene una precisión que suele olvidarse: llevar el parásito no es lo mismo que estar enfermo, y hay portadores que jamás desarrollan molestias. El cuadro asociado a este protozoo se llama dientamebiasis. Cuando da la cara, se expresa con molestias digestivas, sobre todo dolor abdominal y diarrea, que a veces se prolongan en el tiempo. Una parte de las personas infectadas no nota nada. Su condición de agente patógeno se sigue debatiendo. Hay quien lo considera un causante genuino de enfermedad y quien lo ve más bien como un acompañante habitual del intestino cuyo papel cambia de un caso a otro. Esa incertidumbre, poco común en un parásito descrito hace más de un siglo, es la que ha hecho que se lo bautizara tantas veces como el protozoo olvidado de la parasitología. Alude a sus dos núcleos y a su fragilidad. Di es dos y amoeba, la ameba que sus descubridores creyeron ver; fragilis, frágil en latín, recuerda que el parásito se descompone enseguida fuera del cuerpo. El nombre se lo pusieron Jepps y Dobell en 1918. No. Aunque su aspecto al microscopio lo parezca y su nombre lo sugiera, se trata de un flagelado emparentado con los tricomonádidos. La confusión viene de sus primeros observadores y tardó décadas en corregirse. Todavía no hay una respuesta cerrada. La idea más antigua, propuesta en 1956, sostiene que el parásito viaja dentro de los huevos del oxiuro, con el que suele aparecer junto. La descripción reciente de formas quísticas apunta también a un posible contagio fecal-oral directo. Ambas hipótesis conviven sin que ninguna se haya confirmado por completo. Una parte de quienes lo albergan no presenta molestia alguna. La presencia del organismo en las heces indica infección, pero no siempre se traduce en enfermedad, y ese es justamente uno de los motivos por los que su importancia clínica sigue discutiéndose. Para situar Dientamoeba fragilis dentro de su grupo, puede consultar:Qué es Dientamoeba fragilis
Cómo se identifica en el laboratorio
Dónde vive y cómo se transmite
Qué enfermedad produce
Preguntas frecuentes
¿Qué significa el nombre Dientamoeba fragilis?
¿Es Dientamoeba fragilis una ameba?
¿Cómo se contagia?
¿Tener el parásito significa estar enfermo?
Referencias
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