DICCIONARIO MÉDICO
Aprindina
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La aprindina es un antiarrítmico de clase Ib según la clasificación de Vaughan Williams, una amina terciaria capaz de bloquear los canales de sodio del corazón y de ejercer, además, actividad anestésica local. Se estudió y utilizó sobre todo durante las décadas de 1970 y 1980 para tratar arritmias ventriculares y las taquicardias asociadas al síndrome de Wolff-Parkinson-White. Su perfil de toxicidad hepática y hematológica fue reduciendo progresivamente su empleo hasta convertirla en un fármaco de uso clínico prácticamente residual. Dentro de esa clasificación, el fármaco pertenece al grupo de los antiarrítmicos de clase Ib, uno de los tres subgrupos en que se divide a los fármacos que bloquean los canales de sodio cardíacos según la rapidez con la que se disocian de ellos. El farmacólogo Miles Vaughan Williams propuso este sistema en 1970, y sigue siendo, más de cinco décadas después, el marco de referencia más citado para ordenar los fármacos que modifican el ritmo del corazón. Químicamente es una amina terciaria, emparentada estructuralmente con los indanos según recogen las bases de datos farmacológicas internacionales. Se comercializó bajo los nombres Fibocil y Aspenon, y hoy figura en dichas bases con la condición de fármaco retirado en la práctica totalidad de los mercados donde llegó a distribuirse. El bloqueo de los canales de sodio dependientes de voltaje es el efecto primario del fármaco. De él se derivan sus consecuencias eléctricas más características: deprime la excitabilidad del miocardio, enlentece la velocidad de conducción intraventricular y prolonga el periodo refractario en la aurícula, el ventrículo y la unión auriculoventricular. A ello se suma una reducción de la contractilidad cardíaca y de la frecuencia sinusal, esta última una propiedad que no comparte con dos de sus compañeras de grupo, la lidocaína y la mexiletina. No es solo un fármaco cardíaco. La aprindina conserva, además, actividad anestésica local, heredada de su parentesco estructural con otros bloqueadores de canales de sodio empleados fuera de la cardiología. Tras su absorción, una parte se transforma por conjugación hepática en N-desetilaprindina, un metabolito que conserva actividad antiarrítmica propia y cuya existencia complicó bastante los primeros estudios farmacocinéticos del fármaco, publicados a mediados de los años setenta. Los primeros ensayos clínicos con aprindina se publicaron a partir de 1974, y durante esa década se consolidó como una alternativa a la quinidina y la procainamida para arritmias ventriculares que no respondían a otros fármacos. Resultó especialmente estudiada en pacientes con síndrome de Wolff-Parkinson-White, en quienes una vía accesoria adicional al sistema de conducción normal facilita taquicardias que la prolongación del periodo refractario inducida por el fármaco ayudaba a controlar. Con el paso de los años ese entusiasmo se fue moderando. Distintas series clínicas describieron casos de hepatitis, en ocasiones de tipo granulomatoso, que remitían al suspender el tratamiento y podían reaparecer si este se reintroducía. Más grave resultó la asociación con agranulocitosis: un estudio epidemiológico español publicado en 1991 situó el riesgo en torno a dos casos por cada mil pacientes tratados durante un año, una cifra baja en términos absolutos pero suficiente para inclinar la balanza hacia antiarrítmicos con un perfil de seguridad mejor caracterizado. La aprindina fue quedando relegada a un uso marginal y hoy apenas se prescribe. Su empleo actual es prácticamente nulo. Las bases de datos farmacológicas internacionales la clasifican como fármaco retirado en la mayoría de los mercados donde se comercializó, y su lugar lo ocupan antiarrítmicos con un perfil de seguridad mejor conocido. No. Comparten grupo, el Ib de la clasificación de Vaughan Williams, y el mecanismo rápido de bloqueo de los canales de sodio, pero ahí se detienen los parecidos. La lidocaína solo se administra por vía intravenosa y su acción dura minutos. La aprindina se absorbe bien por vía oral y mantiene su efecto durante horas, una propiedad que en los años setenta la hizo atractiva para tratar arritmias ventriculares recurrentes fuera del ámbito hospitalario. Fue uno de los antiarrítmicos más estudiados en ese contexto durante los años setenta y ochenta. La capacidad de la aprindina para prolongar los periodos refractarios en distintos tejidos cardíacos resultó particularmente útil para frenar las taquicardias que se originan a través de la vía accesoria característica de este síndrome. Por dos motivos principales. El hepático, con casos descritos de hepatitis y, más raramente, hepatitis granulomatosa asociados al tratamiento. El hematológico, más temido, con un riesgo de agranulocitosis documentado en la literatura médica de finales del siglo XX que resultó inasumible frente a alternativas más seguras. Si desea profundizar en conceptos asociados a la aprindina, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la aprindina
Mecanismo de acción y particularidades frente a otros antiarrítmicos Ib
Desarrollo clínico, uso en el síndrome de Wolff-Parkinson-White y declive
Preguntas frecuentes
¿Se sigue empleando la aprindina en la práctica clínica actual?
¿Es lo mismo la aprindina que la lidocaína?
¿Qué relación tiene con el síndrome de Wolff-Parkinson-White?
¿Por qué se abandonó progresivamente su uso?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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