DICCIONARIO MÉDICO
Test de lepromina
El test de la lepromina es una prueba cutánea que consiste en inyectar en la dermis un antígeno preparado a partir de Mycobacterium leprae, la bacteria de la lepra, para valorar la respuesta inmunitaria celular del paciente frente a ella. No sirve para diagnosticar la infección, sino para clasificar qué forma clínica de la enfermedad presenta una persona ya diagnosticada. La lepromina da nombre a la prueba y es, a su vez, una voz de historia curiosa. Según el Diccionario histórico de la lengua española, "lepromina" es un probable calco del alemán Lepromin, acuñado en 1927 por el médico austriaco Paul Bargehr, que trabajaba entonces en las Indias Orientales Neerlandesas. Bargehr eligió deliberadamente ese nombre nuevo para evitar que se confundiera con la tuberculina, con la que su prueba comparte técnica pero no antígeno. Tradicionalmente, el antígeno se obtiene macerando y esterilizando por calor lepromas (los nódulos cutáneos propios de la lepra lepromatosa) ricos en bacilos. Inyectada en el antebrazo mediante la misma técnica de inyección intradérmica que emplea el test intracutáneo, la prueba no busca una respuesta alérgica, sino una respuesta de inmunidad celular frente a la micobacteria. El japonés Yoshinobu Hayashi describió en 1918 una primera versión de la inoculación con material leproso. Kensuke Mitsuda, dermatólogo también japonés, amplió esas observaciones al año siguiente y publicó en 1919, en la Revista Japonesa de Dermatología y Urología, el trabajo que hoy se considera fundacional de la técnica. El hallazgo pasó casi inadvertido en Occidente hasta 1923, cuando Mitsuda lo presentó en la Tercera Conferencia Internacional de la Lepra, celebrada en Estrasburgo, ya con datos de más de cuatrocientos pacientes. El propio Mitsuda llamó a su preparado, siguiendo una nomenclatura previa de Rost, "leprolina". Fue Bargehr quien, trabajando de forma independiente en Java, le dio en 1926 el nombre que ha perdurado. Durante años persistió cierta confusión sobre quién merecía el crédito del descubrimiento, hasta que en 1952 el patólogo estadounidense Wade reunió a Hayashi y Mitsuda para aclarar la cronología de sus respectivos trabajos. La inyección se lee dos veces, y cada lectura mide algo diferente. A las 48 horas puede aparecer una pápula con eritema, la reacción de Fernández, descrita formalmente en 1940 por el investigador argentino J. M. M. Fernández. Esa respuesta precoz carece de valor diagnóstico y pronóstico: es una reacción de tipo tuberculínico que no distingue bien entre las formas de la enfermedad. La lectura que sí importa clínicamente llega entre la tercera y la cuarta semana y se conoce como reacción de Mitsuda. Su interpretación, y el motivo por el que sí resulta útil para clasificar la enfermedad, se desarrollan en esa entrada. El test de la lepromina no diagnostica la lepra. Buena parte de la población sana reacciona a la lepromina por exposición previa a micobacterias ambientales, así que una reacción positiva en alguien sin la enfermedad no indica nada patológico. Su utilidad real está en el otro extremo del proceso: una vez confirmada la infección por otros medios (clínica, bacteriología o biología molecular), la prueba ayuda a situar al paciente en el espectro inmunológico de la lepra, entre la lepra tuberculoide y la lepra lepromatosa, y a establecer un pronóstico. Esa clasificación quedó formalizada en 1966 por Dennis Ridley y Wade Jopling, que ordenaron la enfermedad en cinco categorías según la inmunidad del huésped, con la lepromina como uno de los criterios. Hoy la clasificación práctica de la Organización Mundial de la Salud, más simple y basada en la carga bacilar, ha desplazado a la de Ridley y Jopling en la mayoría de programas de control, pero el esquema inmunológico original sigue siendo el marco de referencia para entender por qué esta prueba tiene sentido. Porque Bargehr quiso, expresamente, distanciarla del nombre de la tuberculina, con la que comparte procedimiento pero no antígeno ni enfermedad. El resultado fue una palabra nueva, formada sobre "lepra", que la Real Academia Española documenta por primera vez en español en 1930. Sí, y con frecuencia. La reactividad cruzada con otras micobacterias del ambiente hace que buena parte de la población general reaccione a la lepromina sin haber padecido nunca la enfermedad. Por eso no es una prueba diagnóstica. No. Aunque las dos surgen de la misma inyección, la de Fernández aparece a las 48 horas y no aporta información clínica útil; la de Mitsuda tarda semanas y es la que realmente sirve para clasificar la enfermedad. Históricamente se obtenía de lepromas humanos, pero desde la década de 1970 buena parte de la producción procede de armadillos infectados de forma experimental, uno de los pocos animales, junto al ser humano, en los que Mycobacterium leprae se multiplica.Qué es el test de la lepromina
De Hayashi a Mitsuda: una prueba con dos padres y un nombre distinto
Dos lecturas con significado muy distinto
Para qué sirve hoy
Preguntas frecuentes
¿Por qué se llama lepromina y no de otra forma?
¿Puede dar positivo alguien que nunca ha tenido lepra?
¿Es lo mismo la reacción de Fernández que la de Mitsuda?
¿De dónde procede hoy el antígeno?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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