DICCIONARIO MÉDICO
Sarcopenia
La sarcopenia es la pérdida progresiva y generalizada de masa muscular esquelética, acompañada de una disminución de la fuerza, que se asocia sobre todo al envejecimiento. El término se aplica tanto al declive fisiológico propio de la vejez como a formas más tempranas ligadas a la inactividad, la desnutrición o determinadas enfermedades crónicas. Desde 2016 figura como entidad propia en la clasificación internacional de enfermedades. El nombre procede del griego σάρξ (sarx), carne, y πενία (penía), escasez. Lo acuñó el nutriólogo estadounidense Irwin Rosenberg en 1988, durante un congreso sobre composición corporal celebrado en Albuquerque (Nuevo México), para dar nombre a un deterioro que, según sus propias palabras, no tenía parangón entre los cambios ligados al paso de las décadas. Antes de decidirse por sarcopenia, Rosenberg había barajado el término sarcomalacia (del griego μαλακός, blando), pero lo descartó por su parecido con osteomalacia y condromalacia, que designan procesos distintos. Formalmente, la sarcopenia se considera hoy una enfermedad del músculo esquelético por derecho propio, y no solo un signo del envejecimiento. En 2016 la Clasificación Internacional de Enfermedades, en su versión de modificación clínica (CIE-10-MC), le asignó un código específico, el M62.84, un hito que consolidó su estatus como entidad diagnosticable de forma independiente. El concepto queda limitado al músculo esquelético: no incluye el músculo liso, el miocardio ni el mioepitelio glandular, tejidos que siguen dinámicas de renovación distintas. Detrás de la pérdida de masa muscular conviven varios procesos que se refuerzan entre sí. La masa y la fuerza musculares alcanzan su punto máximo hacia la tercera década de la vida y a partir de ahí comienzan a declinar de forma lenta pero constante. Hacia los 80 años, buena parte de las personas han perdido cerca de un 30% de su masa muscular máxima y hasta la mitad de su fuerza; el declive de la fuerza, además, avanza más deprisa que el de la masa. A nivel celular, el músculo pierde unidades motoras completas: las motoneuronas alfa que inervan los haces musculares dejan de funcionar y, aunque algunas fibras huérfanas logran ser reinervadas por neuronas vecinas, otras degeneran sin remedio. Las fibras de tipo II (las de contracción rápida) se atrofian antes y de forma más marcada que las de tipo I, de contracción lenta, lo que explica por qué la pérdida de potencia suele notarse antes que la de resistencia. Se añaden, además, cambios hormonales (caída de la testosterona, la hormona de crecimiento y el IGF-1), la senescencia de las células satélite, que son las progenitoras encargadas de reparar la fibra dañada, y un desequilibrio entre síntesis y degradación de proteína muscular que se inclina hacia la pérdida neta. Un estado inflamatorio de bajo grado, mantenido durante años, contribuye a acelerar el proceso. No hay un único interruptor que lo desencadene. En la práctica se distingue entre sarcopenia primaria, cuando el envejecimiento es la única causa identificable, y sarcopenia secundaria, cuando concurre una causa añadida: inactividad prolongada, enfermedades inflamatorias crónicas, insuficiencia renal o cardiaca, o un aporte proteico insuficiente. Esta distinción no siempre es nítida. En muchos pacientes de edad avanzada coexisten el propio envejecimiento y una o varias enfermedades de base. Los criterios de consenso más utilizados, actualizados en 2019 por el grupo europeo de trabajo sobre sarcopenia en personas mayores, distinguen además tres grados según la combinación de fuerza muscular reducida, masa muscular baja y deterioro del rendimiento físico. Cuantos más de estos tres elementos concurren en una misma persona, mayor es la gravedad reconocida del cuadro. Según la definición aplicada y la población estudiada, la prevalencia varía mucho: los metaanálisis sitúan la cifra global en torno al 10% de las personas mayores sanas, con rangos que van del 5% al 40% en mayores de 60 años y que pueden superar el 50% a partir de los 80. Se calcula que afecta a más de 50 millones de personas en el mundo, una cifra que podría cuadriplicarse en las próximas cuatro décadas por el envejecimiento de la población. Conviene no confundir la sarcopenia con la caquexia. Esta última exige una enfermedad de base (con frecuencia cáncer, insuficiencia cardiaca o EPOC) y un componente inflamatorio activo que degrada el músculo de forma acelerada y resistente al soporte nutricional; puede ampliarse esta distinción en la entrada dedicada a la caquexia. La sarcopenia, en cambio, puede aparecer en personas mayores sin ninguna enfermedad grave de fondo, como parte del envejecimiento fisiológico. También se emplea, aunque con menor frecuencia, el término dinapenia para referirse en exclusiva a la pérdida de fuerza muscular, sin exigir una disminución paralela de la masa. En los criterios diagnósticos vigentes, esta pérdida aislada de fuerza corresponde a lo que se clasifica como sarcopenia probable. La fragilidad es un síndrome geriátrico más amplio que añade a la pérdida de masa muscular otros componentes: el cansancio, la lentitud al caminar, la pérdida de peso involuntaria y la baja actividad física. La sarcopenia funciona como uno de sus pilares físicos, pero fragilidad y sarcopenia no son sinónimos. Puede haber sarcopenia sin que se cumplan los demás criterios de fragilidad, y viceversa. Cuando la pérdida de masa muscular coincide con un exceso de grasa corporal, algo frecuente en personas mayores sedentarias, se habla de obesidad sarcopénica. Ambos componentes se retroalimentan: el tejido adiposo en exceso favorece la inflamación crónica que, a su vez, acelera la pérdida muscular. Del griego sarx (carne) y penía (escasez): literalmente, «escasez de carne». Comparte la raíz penía con otro término frecuente en geriatría, la osteopenia, que designa la pérdida de masa ósea siguiendo el mismo mecanismo de formación léxica. No. La atrofia por inmovilización o desuso revierte, casi siempre, en cuanto se recupera la actividad física. La sarcopenia, aunque mejora con el ejercicio, no desaparece del todo porque forma parte de un proceso biológico más amplio ligado a la edad. Ambas comparten algunos mecanismos, como la pérdida preferente de fibras de tipo II, pero no son intercambiables. El grueso de los casos se diagnostica a partir de los 60 o 65 años, pero la sarcopenia secundaria puede presentarse en adultos jóvenes o de mediana edad cuando existe una enfermedad crónica inflamatoria, un periodo prolongado de inmovilización o una restricción proteica severa. Los estudios que han medido la prevalencia por grupos de edad encuentran cifras nada desdeñables incluso por debajo de los 40 años, aunque con una metodología menos estandarizada que en la población anciana. El denominador común, a cualquier edad, es el desequilibrio sostenido entre la síntesis y la degradación de proteína muscular. Sí, y estrecha. Músculo y hueso comparten estímulos mecánicos, hormonales y, en parte, genéticos, de modo que la pérdida de uno favorece la del otro. Cuando ambos procesos coinciden se emplea a veces el término osteosarcopenia, aunque no está tan extendido en la práctica clínica como sarcopenia o fragilidad.Qué es la sarcopenia
Mecanismo del deterioro muscular
Clasificación y frecuencia
Diferenciación con otros conceptos
Preguntas frecuentes
¿De dónde procede el término sarcopenia?
¿Es lo mismo que la atrofia por falta de uso?
¿Aparece solo en personas mayores?
¿Tiene relación con la osteoporosis?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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