DICCIONARIO MÉDICO
Roseta
La roseta es la disposición circular que forman varios hematíes alrededor de una célula central, casi siempre un linfocito, cuando entran en contacto en el laboratorio. Durante buena parte del siglo XX sirvió para identificar y contar subpoblaciones de linfocitos, antes de que la citometría de flujo desplazara la técnica. Del diminutivo de rosa procede, según la Real Academia Española, el sustantivo roseta: una rosa pequeña. De ahí pasó a nombrar cualquier disposición circular que recuerde a esa flor, desde el pendiente rodeado de piedras menores hasta la corona de hojas que ciertas plantas mantienen a ras de suelo. En el laboratorio de inmunología, la palabra se aplicó a partir de los años sesenta a un fenómeno visualmente equivalente: hematíes agrupados en torno a un linfocito, como pétalos alrededor de un centro. En 1964, el hematólogo O. B. Zaalberg publicó en Nature un método sencillo para localizar, una a una, las células productoras de anticuerpo: mezclaba esplenocitos con hematíes recubiertos del antígeno correspondiente, y las células secretoras quedaban rodeadas de un halo de esos hematíes, visible al microscopio. Ese mismo año, en París, Nota, Liacopoulos-Briot, Stiffel y Biozzi describieron un fenómeno parecido, al que llamaron inmuno-cito-adherencia. Ninguno de los dos grupos distinguía todavía linfocitos T de linfocitos B; esa frontera apenas empezaba a dibujarse en la inmunología de la época. Hacia el final de la década se observó que los linfocitos también formaban rosetas de manera espontánea con hematíes de oveja, sin antígeno ni anticuerpo de por medio. Bach lo documentó en 1969; Coombs y su equipo, al año siguiente, precisaron que el fenómeno no dependía de receptores para inmunoglobulinas; y en 1971, Lay, Mendes, Bianco y Nussenzweig confirmaron que esa unión espontánea señalaba de forma fiable a los linfocitos de origen tímico. Nació así la roseta E, la variante que identifica linfocitos T y que se desarrolla con más detalle en la entrada dedicada a la roseta T. Dos años más tarde, Mendes y su equipo, en un trabajo conjunto entre la Universidad de Duke y la Escola Paulista de Medicina de Sao Paulo, establecieron el protocolo equivalente para los linfocitos B: hematíes sensibilizados con anticuerpo y complemento, unidos a la célula a través de su receptor del complemento. A esa variante se la llamó roseta EAC (eritrocito, anticuerpo, complemento); a la que solo emplea hematíes cubiertos de anticuerpo, sin complemento añadido, roseta EA. Ambas dependen de receptores distintos de la membrana del linfocito B, el del complemento y el del fragmento Fc de las inmunoglobulinas, y no marcan siempre la misma población celular. No son intercambiables. El desarrollo de esta variante, la que emplea receptor Fc, se recoge en la entrada de la roseta B. El receptor implicado en la roseta E tardó más de una década en identificarse con precisión: hoy se sabe que corresponde a la molécula CD2, también llamada T11, presente en la práctica totalidad de los linfocitos T maduros y capaz, además, de transmitir señales de activación a la célula que la porta. Ninguna de estas pruebas se emplea ya en la práctica clínica habitual. La citometría de flujo, capaz de marcar con precisión decenas de receptores de superficie mediante anticuerpos monoclonales, la sustituyó a lo largo de los años ochenta. Sobrevive sobre todo como referencia histórica y, en algunos programas de inmunología, como ejercicio docente para ilustrar el fundamento de la unión célula-receptor antes de la era de los anticuerpos monoclonales. Conviene no confundir esta técnica con otros dos usos médicos de la misma palabra. En anatomía patológica se llama también roseta a un patrón de disposición celular en torno a una luz central o a un vaso sanguíneo, característico de ciertos tumores del sistema nervioso, como el que describió el patólogo James Homer Wright en el neuroblastoma; ese sentido, ajeno por completo a la inmunología, se desarrolla en las entradas específicas de cada tumor. Por otro lado, en la prueba clásica de la célula LE para el lupus eritematoso sistémico, descrita por Hargraves en 1948, se llamaba roseta a la fase intermedia en la que varios neutrófilos rodean, sin llegar todavía a fagocitarlo, un glóbulo de material nuclear liberado por una célula muerta. Del diminutivo de rosa, según la Real Academia Española: una rosa pequeña. El nombre pasó al laboratorio por pura semejanza visual, igual que ocurrió con la escarapela militar en dermatología. No, salvo en contextos docentes muy puntuales. La citometría de flujo la sustituyó hace décadas, porque identifica varias poblaciones de linfocitos a la vez y con mayor precisión. La roseta E se forma de manera espontánea, sin anticuerpo, y marca linfocitos T a través del receptor CD2. Las rosetas EA y EAC, en cambio, requieren hematíes recubiertos previamente con anticuerpo, en un caso, o con anticuerpo y complemento, en el otro, y detectan linfocitos B mediante dos receptores distintos: el del fragmento Fc de las inmunoglobulinas y el del complemento, respectivamente. Ninguna de las tres resultó jamás del todo específica, lo que fue durante años motivo de discusión en la literatura inmunológica. Comparten nombre y parecido visual, nada más. La primera es un fenómeno de laboratorio que se produce fuera del organismo; la segunda, un patrón de crecimiento que se observa directamente en el tejido tumoral.Qué es la roseta
Modalidades según el receptor implicado
Vigencia y diferenciación con otros usos del término
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene el nombre de roseta?
¿Sigue usándose la prueba de rosetas en los laboratorios actuales?
¿En qué se diferencian la roseta E, la EA y la EAC?
¿Es lo mismo la roseta inmunológica que la roseta de un tumor cerebral?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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