DICCIONARIO MÉDICO
Ricino
El ricino es una planta arbustiva de la familia de las euforbiáceas, de nombre científico Ricinus communis, cultivada desde la Antigüedad por el aceite que se extrae de sus semillas. Ese aceite, el conocido aceite de ricino, tiene un largo uso medicinal como purgante. Las mismas semillas albergan la ricina, una de las proteínas tóxicas de origen natural más potentes que se conocen. Su nombre científico, Ricinus communis, procede del latín ricinus, la palabra con que los romanos llamaban a la garrapata. Veían en sus semillas, jaspeadas, ovaladas y con un pequeño abultamiento en un extremo, un parecido con esos parásitos. El nombre quedó fijado así. Plinio el Viejo ya lo empleaba en el siglo I, y Carlos Linneo lo conservó al establecer la nomenclatura botánica moderna en su Species Plantarum de 1753; el epíteto communis alude a lo extendido y frecuente de la planta. Botánicamente, Ricinus communis es la única especie de su género y pertenece a las euforbiáceas (Euphorbiaceae), la familia de las lechetreznas. Es originaria del África tropical, en torno a Etiopía, aunque hoy crece asilvestrada en casi todas las regiones cálidas y templadas del planeta, donde a menudo se comporta como maleza invasora. Alcanza de tres a diez metros de altura, con hojas palmeadas de gran tamaño, tallos que viran del verde al rojizo y un fruto en cápsula espinosa que encierra las semillas. En español recibe además los nombres de higuera del diablo, higuera infernal, higuerilla, higuereta, tártago o palma de Cristo, entre otros muchos apelativos populares que reflejan a la vez su porte llamativo y su fama de planta peligrosa. Su cultivo es milenario: autores griegos como Teofrasto y Dioscórides lo describieron con el nombre de crotón, y se han hallado semillas en tumbas del antiguo Egipto. Del prensado de las semillas se obtiene el aceite de ricino, un líquido viscoso y amarillento cuyo empleo medicinal aparece ya en los papiros egipcios. Su componente característico es el ácido ricinoleico, un ácido graso que forma la mayor parte de los triglicéridos del aceite y explica su acción sobre el tubo digestivo. Una vez en el intestino delgado, el ácido ricinoleico se libera y actúa sobre la mucosa: aumenta la secreción de agua y electrolitos hacia el interior del intestino y estimula el movimiento de la musculatura lisa de su pared. De ahí su conocido efecto laxante o, en cantidades mayores, purgante, que fue durante siglos su principal aplicación. Fuera del aparato digestivo, el aceite tiene una larga historia en cosmética y en el cuidado de la piel y el cabello, y sigue presente en numerosos productos industriales, desde lubricantes hasta recubrimientos y pinturas. Conviene no confundir este aceite refinado con la semilla de la que procede. La diferencia importa, y tiene que ver con la ricina. Las semillas del ricino contienen la ricina, una proteína tóxica que el farmacólogo Peter Hermann Stillmark describió por primera vez en 1888 y con la que suele situarse el nacimiento del estudio de las lectinas. Se trata de una toxalbúmina, es decir, una toxina de naturaleza proteica de origen vegetal, y figura entre las más potentes que se conocen. Pertenece al grupo de las proteínas inactivadoras de ribosomas de tipo 2. Está formada por dos cadenas unidas por un puente disulfuro: una, de tipo lectina, se fija a la superficie de la célula y le franquea el paso; la otra, con actividad enzimática, inutiliza los ribosomas una vez dentro. Privada de ribosomas funcionales, la célula ya no fabrica proteínas y muere. Basta una cantidad diminuta para causar daño. El episodio que dio a la ricina su notoriedad pública fue el asesinato del escritor y disidente búlgaro Georgi Markov, ocurrido en Londres en 1978: un pequeño perdigón cargado con la toxina, disparado con un paraguas modificado, le causó la muerte pocos días después. Por su toxicidad, la ricina figura hoy entre las sustancias sometidas a control internacional como posible agente de guerra química y biológica. Conviene una precisión que genera confusión con frecuencia: el aceite de ricino de uso medicinal no contiene ricina. La toxina es una proteína que permanece en la pasta residual tras el prensado y, además, se desnaturaliza con el calor al que se somete el aceite durante su elaboración. El riesgo reside en la ingestión de semillas enteras masticadas, no en el aceite ya purificado. Por el parecido de sus semillas con una garrapata, que en latín se decía ricinus. Plinio el Viejo usaba ya ese nombre en el siglo I y Linneo lo mantuvo al clasificar la especie en 1753. No. El aceite purificado no contiene ricina, porque la toxina queda en la semilla y se destruye con el calor de la elaboración. La toxicidad se asocia a la ingestión de las semillas enteras, no al aceite. Su empleo más conocido es el de purgante, una aplicación que se remonta a la medicina del antiguo Egipto y que se mantuvo popular durante generaciones. También se ha utilizado desde antiguo en el cuidado de la piel y el cabello, y como ingrediente cosmético. Fuera del ámbito de la salud, tiene numerosos usos industriales, entre ellos como lubricante y como base de pinturas y recubrimientos. No exactamente. El ricino es la planta; la ricina es la proteína tóxica que producen sus semillas. Comparten raíz en el nombre, pero designan cosas distintas.Qué es el ricino
El aceite de ricino y su acción purgante
La ricina, toxina de las semillas
Preguntas frecuentes
¿Por qué la planta se llama ricino?
¿El aceite de ricino es venenoso?
¿Para qué se ha usado el aceite de ricino?
¿Es lo mismo el ricino que la ricina?
Referencias
Entradas relacionadas
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026