DICCIONARIO MÉDICO
Rechazo
El rechazo es la respuesta del sistema inmunitario del receptor de un trasplante frente al órgano o tejido de otra persona, al que reconoce como extraño por diferir en sus antígenos de histocompatibilidad. Según el momento de aparición y el mecanismo implicado, se distinguen tres formas: hiperagudo, agudo y crónico. "Rechazar" no nació como palabra médica. Llegó al castellano desde el francés antiguo "rechacier", derivado de "chacier" —el verbo que dio también "chasser" y, en español, "cazar"—, ambos procedentes del latín vulgar "captiare" y, más atrás, del clásico "capere", "tomar". El primer diccionario que registra el verbo es el Tesoro de la lengua castellana o española, de Covarrubias, en 1611. El Diccionario de Autoridades de 1737 le atribuyó sin embargo un origen distinto, el verbo latino "rejectare"; la filología posterior descartó esa hipótesis en favor de la francesa, aunque circuló como explicación oficial durante más de un siglo. La Real Academia Española recoge hoy el sentido médico específico: fenómeno inmunológico por el que un organismo reconoce como extraño a un órgano o tejido procedente de otro individuo, aunque pertenezca a la misma especie. Esa definición encierra una condición necesaria. Solo hay rechazo cuando existe diferencia genética real entre donante y receptor, es decir, en el aloinjerto. En el autoinjerto, procedente del propio paciente, o en el isoinjerto entre gemelos monocigóticos, el sistema inmunitario no encuentra nada ajeno que reconocer. Conviene no confundirlo con la enfermedad del injerto contra huésped, un fenómeno de dirección inversa propio del trasplante de progenitores hematopoyéticos: en ella son las células inmunitarias del donante las que atacan los tejidos del receptor, no al contrario. El desencadenante es el reconocimiento de los antígenos HLA del donante —codificados en el complejo mayor de histocompatibilidad— como estructuras ajenas. A partir de ahí intervienen dos ramas del sistema inmunitario adaptativo. La celular, protagonizada por linfocitos T que reconocen los antígenos del injerto de forma directa o indirecta y desencadenan una respuesta citotóxica, domina los primeros meses tras el trasplante. La humoral corre a cargo de anticuerpos dirigidos contra antígenos específicos del donante, capaces de activar el complemento y dañar el endotelio vascular del injerto. Ambas vías pueden coexistir. Según el tiempo transcurrido desde el trasplante y el mecanismo predominante, se distinguen tres categorías. El hiperagudo se produce en minutos u horas, causado por anticuerpos preformados en el receptor —frente a antígenos del grupo sanguíneo ABO, por ejemplo—, y hoy es un episodio poco frecuente gracias a las pruebas de compatibilidad cruzada previas al trasplante. El agudo aparece con mayor frecuencia en los primeros meses, aunque puede manifestarse en cualquier momento posterior; puede estar mediado por células T, por anticuerpos, o por ambos mecanismos combinados. El crónico se instaura despacio, a lo largo de meses o años, y en su desarrollo intervienen además factores ajenos a la inmunidad —toxicidad farmacológica, isquemia, infecciones—, lo que lo distingue de los otros dos. En 1945, el biólogo Ray Owen describió algo que no encajaba con lo que se sabía entonces sobre el sistema inmunitario: los terneros mellizos no idénticos, al compartir circulación placentaria durante la gestación, toleraban de adultos los injertos de piel procedentes el uno del otro. Sus glóbulos rojos convivían mezclados sin conflicto, un fenómeno que hoy se conoce como quimerismo. Macfarlane Burnet y Frank Fenner recogieron esa observación en una monografía de 1949 y propusieron que el sistema inmunitario aprende a distinguir lo propio de lo ajeno durante una ventana crítica del desarrollo. Peter Medawar, Rupert Billingham y Leslie Brent lo confirmaron poco después en ratones: al inyectar células de un donante a un feto o a un recién nacido, lograron que el animal adulto tolerase después injertos de piel de ese mismo donante sin rechazarlos. El artículo se publicó en Nature en 1953, bajo el título "Actively Acquired Tolerance of Foreign Cells", y le valió a Burnet y Medawar el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1960. No. Al compartir idéntica dotación genética, el receptor no reconoce el injerto como ajeno; es el isoinjerto, y no genera respuesta inmunológica. No, aunque las dos son complicaciones inmunológicas del trasplante. En el rechazo, el sistema del receptor ataca al injerto; en la enfermedad del injerto contra huésped ocurre justo lo contrario, y son las células del donante —trasplantadas junto con la médula ósea o los progenitores hematopoyéticos— las que atacan los tejidos del receptor. Un mismo trasplante puede, en teoría, presentar ambos fenómenos, con dianas y mecanismos distintos. Desde 1953, cuando Billingham, Brent y Medawar lo demostraron experimentalmente en ratones recién nacidos. El hallazgo tardó siete años en traducirse en un Premio Nobel. No necesariamente. Muchos episodios revierten sin dejar secuelas relevantes para la función del injerto, sobre todo cuando se identifican de forma precoz.Qué es el rechazo
Mecanismo inmunológico
Tipos de rechazo
Historia del concepto
Preguntas frecuentes
¿Puede haber rechazo entre gemelos idénticos?
¿Es lo mismo el rechazo que la enfermedad del injerto contra huésped?
¿Desde cuándo se sabe que la tolerancia inmunológica puede inducirse?
¿Un episodio de rechazo agudo implica siempre la pérdida del órgano?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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